Todas por la patria

Noruega es el segundo país que implanta la mili obligatoria para la población femenina. En Israel son ya un tercio del ejército

BORJA OLAIZOLA
Una soldado noruega en Sarajevo. A partir de 2015 todas sus conciudadanas tendrán que hacer la "mili". / R.C./
Una soldado noruega en Sarajevo. A partir de 2015 todas sus conciudadanas tendrán que hacer la "mili". / R.C.

Los que consiguen que se rindan los ejércitos ajenos sin luchar son los mejores maestros del arte de la guerra». Es posible que Sun Tzu estuviese pensando en alguna mujer cuando escribió hace 2.500 años ese párrafo de su conocido "El Arte de la Guerra", el primer y más influyente tratado bélico que se ha publicado nunca. El supuesto sexo débil ha tenido siempre un protagonismo destacado en todos los conflictos aunque hasta ahora su papel, salvo excepciones, había estado lejos del frente de batalla. Digamos que los cañones han tenido históricamente una mayor querencia por el sabor de la carne masculina.

Las políticas de equiparación de derechos y obligaciones entre ambos sexos han abierto una brecha en una institución que era monopolio de los hombres. El salto de la mujer al ejército es un fenómeno relativamente reciente que se consolidó el siglo pasado en casi todos los países occidentales. Hasta ahora se trataba de una incorporación voluntaria -se presta un servicio a cambio de una remuneración- aunque los nuevos vientos que soplan en los países escandinavos plantean un paso más allá que consiste en la implantación del servicio militar obligatorio para la población femenina. La decisión fue adoptada el viernes por el Parlamento de Noruega, el primer país de la OTAN que obligará a hacer la mili a las mujeres

El Ejército noruego tiene un papel activo en conflictos internacionales y está presente en Afganistán, Bosnia-Herzegovina, Sudán o Eritrea. Se prevé que la primer leva de reclutas femeninas se produzca en 2015 en lo que la clase política de Oslo interpreta como una vía sin retorno hacia la equiparación de género. Actualmente ellas (las que han entrado por voluntad propia) son una décima parte del Ejército. Dado que Noruega suele marcar los tiempos en lo que se refiere a políticas de igualdad (fue pionero en la implantación de cuotas femeninas en los consejos de administración), es muy posible que la iniciativa se extienda allá donde la mili sigue siendo obligatoria.

Está por ver lo que piensan las noruegas de la iniciativa. Puede que lo de empuñar un rifle no forme parte de las aspiraciones vitales de muchas de ellas. En Israel, que fue el primer país que obligó a las mujeres a pasar por el ejército, es ya una costumbre que se asume con naturalidad aunque en Noruega no se respira esa atmósfera militar que impregna todos los rincones de la sociedad hebrea. «La mayoría de los israelíes laicos considera un orgullo servir en el ejército de su país y, además, hay que tener en cuenta que cumplir el servicio militar es un requisito imprescindible para hacer un montón de cosas, entre ellas trabajar en la Administración», cuenta desde Jerusalén Julio de la Guardia, periodista y colaborador del Instituto Elcano.

Dos años de mili

La mili femenina dura en Israel casi dos años (tres años la de los hombres). Las mujeres tienen la posibilidad de quedar exentas si se van a casar, están embarazadas o si alegan razones religiosas. Ese último pretexto, que también es válido para los varones, se va a restringir con la ley contra los privilegios de los ultraortodoxos que prepara el Gobierno de Tel Aviv. Según datos facilitados a este periódico por las propias Fuerzas de Defensa de Israel -Tzahal en su acrónimo hebreo-, el año pasado respondieron a la llamada a filas el 59% de las mujeres en edad de enrolarse.

Su mayor vulnerabilidad en caso de captura de prisioneros determinó que durante décadas las militares israelíes ocupasen puestos alejados de la primera línea de batalla. No eran exactamente "floreros" pero desempeñaban sobre todo funciones como administrativas, telefonistas, instructoras o enfermeras. Había excepciones como la de Yael Rom, que fue en 1956 la primera aviadora que participó en una acción bélica como copiloto. Todo cambió después de que Alice Miller, una inmigrante sudafricana, interpusiese en 1995 un recurso contra el veto que recibió su solicitud de ingreso en un curso de piloto de caza de combate. Pese a la oposición de las fuerzas aéreas, que alegaban que la presencia de mujeres iba a mermar la operatividad del servicio, la Corte Suprema falló a favor de la joven.

«Alice Miller no llegó a ser piloto porque no superó las pruebas, pero abrió la puerta a la incorporación de las mujeres a puestos clave de la estructura militar», repasa Julio de la Guardia. Cinco años después del fallo, en efecto, se desmanteló el paraguas que cobijaba al Chen, como era conocido el cuerpo femenino del ejército, y todos los militares quedaron sujetos a una única disciplina con independencia de su sexo. Eso ha traído consigo un considerable cambio que se traduce, por ejemplo, en que el 92% de los puestos del ejército puedan ser ocupados por mujeres. «El porcentaje que desempeñaba puestos como secretarias o telefonistas ha bajado un 50%, al tiempo que ha crecido el número de mujeres al frente de aviones o barcos de combate», indica un portavoz del ejército israelí.

La infiltración femenina del Tzahal se hace poco a poco y con sigilo, como casi todo entre los militares hebreos, aunque hay excepciones como el batallón de combate Caracal, convertido en un símbolo de la equiparación de género con un 70% de mujeres en sus filas. Adiestradas en el uso de armas de fuego y en técnicas de defensa personal como el Krav Marga (que significa en hebreo combate cuerpo a cuerpo), las militares de Caracal operan en las muy conflictivas áreas fronterizas. Una de ellas mató de un disparo el pasado septiembre a un yihadista que había tiroteado a una patrulla israelí que atendía a un grupo de inmigrantes.

72 horas sin moverse

Mujeres son también las integrantes de una red de vigilancia especial de las fronteras desplegada hace un par de años. Son militares capaces de permanecer hasta 72 horas sin moverse debajo de telas de camuflaje apostadas en el desierto y equipadas con avanzados sistemas de visión diurna y nocturna. Según los mandos del ejército, están mejor dotadas que los hombres para la tarea porque son capaces de mantener una mayor concentración. Todas esas misiones son desempeñadas por mujeres que se reenganchan después de cumplir sus dos años de servicio militar obligatorio. Muchas de ellas terminan quedándose en el ejército, donde acaparan cada vez más puestos. Hace un par de años Orna Barbivai fue nombrada comandante de recursos humanos, el segundo cargo en importancia en el escalafón militar hebreo.

La feminización de los ejércitos se antoja un fenómeno irreversible. Si en Israel las mujeres representan ya el 33% de todos los soldados, en otros países donde son profesionales han alcanzado porcentajes que van del 14% de EE UU y Francia al 12% de España o al 9% de Alemania y Reino Unido. El Pentágono dio en enero el visto bueno a la incorporación de las militares femeninas al frente de batalla, lo que abrirá la puerta a la posibilidad de ocupación de 230.000 plazas de las fuerzas armadas que antes les estaban vetadas, entre ellas las de cuerpos especiales como los Navy Seals, la unidad que mató a Bin Laden.

Pero no todo son luces en el proceso. La incorporación también ha sacado a la luz una vertiente escabrosa, la de los abusos sexuales. Un estudio del "American Journal of Industrial Medicine" a partir de 550 veteranas militares que empezaron a servir en Vietnam arrojó un resultado desolador: el 30% habían sido violadas y el 79%, víctimas de acoso sexual repetido. Los agresores, claro está, habían sido sus propios compañeros. Como para fiarse de ellos en el frente. Todavía tienen que cambiar mucho las cosas para que los ejércitos pierdan su aroma a testosterona.