Las rosas de Saturraran

Un balneario de Mutriku se convirtió en la mayor cárcel franquista de mujeres. En sus celdas fallecieron 170 presas y niños, un episodio olvidado demasiado tiempo

ITSASO ÁLVAREZ
Prisioneras de Saturraran con seis de las monjas guardianas. Las reclusas sólo podían fotografiarse con la ropa de los domingos./ Archivo de E. Piñero/
Prisioneras de Saturraran con seis de las monjas guardianas. Las reclusas sólo podían fotografiarse con la ropa de los domingos./ Archivo de E. Piñero

Entre Ondarroa y Mutriku, la playa de Saturraran forma parte de un bello entorno, antaño lugar de veraneo y descanso para turistas adinerados. Las olas llegan con fuerza hasta este arenal que destaca por el peculiar perfil de dos peñascos que, según cuenta la leyenda, adoptaron la forma de dos amantes, Satur y Aran. El lugar, sin embargo, guarda una historia cruenta real que conviene recordar pues incluso hoy son muchas las personas que desconocen que en esta playa hubo un presidio en el que miles de mujeres sufrieron persecución, hambre, enfermedad y muerte. Muchas de ellas vieron, además, cómo les arrebataban a sus hijos para darlos en adopción a familias falangistas.

Saturraran fue una Prisión Central para mujeres juzgadas y condenadas que funcionó como tal entre 1938 y 1944, es decir, durante la Guerra Civil y hasta cinco años después de finalizada la contienda. El conjunto de edificios que albergó la cárcel pertenecían a un antiguo hotel balneario de lujo, y sirvieron para diferenciar a las presas en pabellones: el de las madres, el de las ancianas y un tercero para las jóvenes. La investigadora y periodista María González Gorosarri, autora del libro 'No lloréis, lo que tenéis que hacer es no olvidarnos', calcula que cada una disponía de unos 45 centímetros de suelo para dormir, y lo hacían sobre jergones de hoja de maíz amontonados. En 1944, con la II Guerra Mundial terminada y ante el temor de que la victoria de los aliados pusiera fin a la dictadura fascista en España, el régimen decidió echar el cierre al penal y los edificios fueron cedidos a la Iglesia para su uso como seminario.

De aquellas construcciones no queda vestigio alguno, ya que las infraestructuras se demolieron en 1987. Tan sólo se ve una explanada de cemento que sirve de aparcamiento para los bañistas que acuden a la playa en verano. La única referencia a la situación que allí se vivió es una pequeña placa colocada en 2007 en homenaje a los cientos de mujeres y niños que estuvieron encarcelados en este precioso lugar y de donde algunas jamás llegaron a salir, así como un documental, una película basada en los trágicos hechos ocurridos en la cárcel y varios estudios y libros que recogen los testimonios de las supervivientes y que destacan la falta de humanidad y el despotismo con que fueron tratadas, aunque sus dramas fueron silenciados por el franquismo y la transición.

Por las celdas de Saturraran pasaron más de 4.000 reclusas de 16 a 80 años y de todos los puntos de España. Eran presas políticas, aunque no necesariamente habían pertenecido a algún partido o asociación o tenían determinado nivel de compromiso. Bastaba con ser madre, esposa o hija de algún republicano para ser detenidas como medida de chantaje o de castigo hacia sus familiares o incluso a veces bajo la acusación de no haber sabido "contener a sus hombres". La imputación más frecuente era haberse mantenido fieles al orden legal de la República, castigado con delito de rebelión. La justicia al revés. A sus vástagos se les consideraba "hijos de débiles mentales". Procedían sobre todo de Asturias y de Madrid y también había algunas pocas vascas. Todas fueron sometidas a la férrea disciplina impuesta por las monjas de la orden Mercedarias hasta negaban la leche a los niños pequeños-, quienes se encargaban del orden interior de la prisión junto con un sacerdote, un funcionario de prisiones y 50 militares.

Sor 'Pantera blanca'

Entre las guardianas se distinguía por su crueldad la superiora sor María Aranzazu Vélez de Mendizábal, un personaje siniestro. "La llamábamos sor 'Pantera blanca' porque tenía los hábitos blancos pero el corazón muy negro", apuntó una superviviente. Salvo alguna excepción, las religiosas se distinguían por su especial celo: "Casi todas las monjas eran como demonios; me acuerdo de muchas de ellas y en especial de sor Jesusa, que era de Arrasate, de sor Ángeles, de Usurbil, o de sor Ana, que a punto estuvo de encerrarme en el sótano", relataba otra mujer. Al parecer, también hubo una monja que, sin embargo, viendo las condiciones infrahumanas en que vivían las prisioneras, decidió abandonar los hábitos mercedarios.

María José Berenet destaca el gesto de los pescadores de Ondarroa, que "salían a pescar para las reclusas, sabedores del hambre que pasaban dentro de aquellas siniestras dependencias". Pero las monjas llegaron al extremo de confiscar los víveres que familias solidarias de Ondarroa, Mutriku y Deba hacían llegar a las presas para venderlos en el economato de la propia prisión e incluso fuera del recinto. Así, además de contribuir al estraperlo en beneficio del convento, incrementaban el hambre de las prisioneras y de sus criaturas hasta el punto de llevarlas a la muerte.

Santurraran tenía capacidad para 700 prisioneras, pero su población nunca bajó de las 1.500. Durante los seis años en los que se mantuvo operativo el penal fallecieron entre sus muros 116 mujeres y 56 niños y niñas, tanto por los malos tratos que les infligieron como por inanición, tifus, tuberculosis y otras enfermedades. A estos decesos hay que añadir los de presas que murieron tras ser trasladadas a un centro hospitalario o las que fallecieron al poco de recobrar la libertad, hasta el punto de que se planteó la necesidad de ampliar el cementerio de Mutriku. Indica la investigadora María José Berenet que pese a que no se formalizaron ejecuciones sumariales en Saturraran, hubo varias muertes sin justificar.

Un día, cuando las madres salieron al patio con sus hijos, vinieron unas monjas Teresianas en un autocar y mandaron a las mujeres a limpiar el río. Les dijeron que los niños mayores de 5, 6 y 7 años tenían que quedarse dentro, que iban a pasar un reconocimiento médico. Eran un centenar. Cuando las madres volvieron los pequeños ya no estaban. En el mejor de los casos, familias de localidades vecinas se hicieron cargo de las criaturas. Otros acabaron en la inclusa de las religiosas y fueron dados en adopción. Según el historiador Ricard Vynyes, "una serie de disposiciones legales propiciaba que los padres de los niños que integraban Auxilio Social perdieran la patria potestad, que pasaba al Estado o a una familia siempre que ésta fuera profundamente católica y adepta al Régimen". Paradójico, por cuanto desde el Nuevo Estado y la Iglesia exaltaba la maternidad y la protección a la infancia, mientas que a las mujeres republicanas encarceladas se las privaba de su derecho a ser madres en condiciones y a sus hijos e hijas de recibir los cuidados y atención necesarios.

A esta tortura cabía añadir, como relataba la maestra gallega Josefa García Segret en su libro 'Abajo las dictaduras', el acoso y las agresiones sexuales que sufrieron las prisioneras por parte de sus monjas guardianas. El estudio 'Situación penitenciaria de las mujeres presas en la cárcel de Saturraran' elaborado por Emakunde y el Instiuto vasco de Criminología de la Universidad del País Vasco señala asimismo que "si algo ha quedado en la memoria colectiva de las prisioneras es el frío y la humedad que se respiraban en las celdas de castigo. En los casos de marea alta, el agua del mar llegaba a penetrar en la celda, lo que obligaba a las reclusas a subirse a ciertos altillos para no mojarse. Así y todo, a veces el agua les llegaba hasta la cintura".

La revista 'Redención', órgano propagandístico del Patronato de Redención de Penas, dedicaba frecuentes y amplios reportajes a la Prisión Central de Saturraran, con parabienes al sistema y noticias de toda índole, indica el mismo informe. Por supuesto, las contradicciones entre la imagen que el régimen quería dar de la prisión y los testimonios orales y las evidencias recogidas de los expedientes son manifiestas. Son el blanco y el negro, sin lugar a matices. Lo que para algunas eran terribles vivencias, para otros eran unos números, una parte de un sistema carcelario singular.

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