Olmo: "Yo soy el esclavo de Don Celes"

Hijo de un panadero que combatió con la República, jugador de baloncesto, dibujante precoz y atleta juvenil, el creador de Don Celes es un hombre entregado a la tarea de la ilustración

JULIÁN MÉNDEZ

Luis Olmo Alonso (Bilbao, 24 de agosto de 1922) es hijo de Antonio y Hermesia. Su padre luchó en el bando republicano, desapareció durante la Guerra, volvió al hogar al cabo de los años y murió a consecuencia de la miseria y de las calamidades de la contienda con 50 años cumplidos, cuando trabajaba como panadero en Bilbao. La madre regentaba una casa de huéspedes en la 'quinta parroquia' donde el niño Luisito, con sus dibujos, era el entretenimiento de los pupilos. El progenitor de Don Celes es un hijo de la guerra que prefiere pasar de puntillas por aquellos días sombreados de horror. «Tuve mucho miedo. Y recuerdo el pánico cerval a los bombardeos. No tenía miedo a morir, temía a las explosiones, al ruido... Tocaba la sirena y corría al refugio como un 'desalao'. No fuí feliz como Chumy Chúmez. Mi padre desapareció en la primera batalla, en la ofensiva de Otxandiano, y la posguerra fue difícil».

Olmo habla de necesidad, de hambre, de carencias, del curso que perdieron en el instituto (al que borraron el nombre de Miguel de Unamuno con cincel) los que, como él, no tenían padres «afectos al Régimen». El pequeño Olmo llevó sus primeros duros a casa gracias a unas clases particulares y a los dibujos que hacía para una fábrica de lubricantes. Ya en el 'insti' (aún conserva amigos de entonces) cobró cierta fama con sus monigotes a lápiz (en tonos azul y rojo de un imborrable lapicero alemán) y con su guía de Electrotecnia, en la que mostraba al culombio como un señor de trasero imponente. «Aquella vida tan difícil me hizo madurar pronto. Me dio una visión más práctica y seria. ¿Pesimista yo? Qué va. No lo he sido nunca. La niñez y la juventud no lo son. Y, de mayor, trabajo para vivir bien».

La biografía de Luis Olmo presenta muchas caras veladas. Como que dejó sus estudios de Perito Industrial para dedicarse al dibujo porque recibió una oferta irresistible y que fue uno de los introductores del baloncesto en Bilbao con su militancia en el equipo San Fernando, del Frente de Juventudes, encarnizado enemigo del Santiago Apóstol. También fue atleta. Muestra Olmo en su domicilio la fotografía de un esbelto joven en camiseta de tirantes y calzón oscuro con las punteras de los borceguís hundidas en los agujeros practicados por él mismo con una palita en la pista de ceniza del estadio de Montjuich. Tras el humo del pistoletazo se adivinan los ocho jueces sentados en una grada, como búhos en una escalera, cada uno con su cronómetro en la mano. «Fuí campeón de España del relevo 4 por 400», dice con indisimulado orgullo. También fue un nadador potable y, sobre todo, constante.

Una pareja muy moderna

Luis Olmo ha tenido dos matrimonios y 5 hijos. Don Celes, precisa, es su «hijo de soltero» porque vio la luz el 19 de octubre de 1945 en 'La Gaceta del Norte'. A su primera esposa, María Victoria Álvarez, la conoció en el instituto, origen de tantas cosas importantes en la vida de este bilbaíno. Victoria murió en 1979. La segunda, que enviudó antes que él, también era compañera de las clases, pero empezaron a intimar en las comidas de veteranos. Ella, Aurora, una mujer muy popular, propietaria de 'Dover', boutique de la calle Ercilla, y el dibujante conforman una de esas parejas modernas, que tanto se llevan ahora entre actores y empresarios de moda. Cada uno vive en su casa. Primero, paz y, después, gloria. Viajero, (antes le gustaba pasar 15 días en Venecia o en Capri, «para conocer los sitios»), ahora se instala cada año durante un mes en un apartamento de Santa Cruz de Tenerife.

Es el ilustrador un hombre singular. De esos que huye de novedades y de los gorjeos del moderno gay-trinar. En la cabecera de su cama, un puñado de libros, apenas 50, cubre todos sus requerimientos literarios. «Para qué voy a leer un libro nuevo si no me interesa lo que pasa, si no cómo está escrito». Por eso vuelve una y otra vez sobre Pío Baroja, Valle Inclán, Palacio Valdés, Cela, Delibes, Papini, Daudet, Hemingway... La Biblia, de la que tiene 30 folios de comentarios, y 'El Quijote' son de consulta diaria. También señala el Lazarillo de Tormes y 'El buscón' de Quevedo como obras fundamentales. «De García Márquez empecé una novela y no la terminé. Reconozco su valía, pero los sudamericanos no me van», sentencia. «Mi mujer me obligó a leer 'El Código da Vinci' porque decían que era bueno. Resultó lo que había pensado, un bluf».

De vida regular, metódico, caminante por obligaciones de salud, Olmo es fiel seguidor del lema «mucho trato, poco plato y mucha suela de zapato». Pasa también horas en hemerotecas y archivos para documentar su columna diaria, ya que se considera, ante todo, periodista. Como tal ejerció hasta su jubilación, en 1987, en esta casa. En su mejor época, de redactor de calle para 'La Gaceta', le tocó cubrir como enviado especial el accidente de aviación de Guadarrama: 22 muertos al precipitarse al suelo un 'Bristol'. También vivió el secuestro de Bollain, en Balmaseda, por una pareja de delincuentes. La historia, misteriosa y truculenta, como de 'El Caso' de Margarita Landi, no se pudo publicar por imposiciones de la censura. Dejó Olmo el reporterismo por las tareas de mesa cuando entendió que ir por el mundo dando saltos armado con libreta y boli acaba «por esclavizar» a la familia. Así que pasó a ser «un escritor que dibuja». Era otra época. Olmo hasta conserva las tijeras que le cedió Jesús Mari Zuluaga, antes de su marcha a Madrid, con las que entonces se 'componían' crónicas y teletipos a tijeretazo limpio. «Empecé haciendo la cartelera, los espectáculos y tomando las conferencias de los corresponsales de Vitoria, San Sebastián, Pamplona...». Al tiempo, dibujaba a Don Celes, el gran perdedor.

«Hay días buenos y malos/ pero no es justo, señores/ que él se lleve los honores/ y yo me lleve los palos». Usted inventó esa redondilla como muestra de protesta de su personaje.

Creo que Don Celes tiene razón. No es justo que el hijo de mi lápiz se lleve la peor parte y sea yo quien coseche los parabienes. Pero no se equivoquen.

¿Por qué lo dice?

Porque yo soy el esclavo de Don Celes. La gente me dice 'Don Celes, pobre, las cosas que le haces'. Ya. Lo que me hace él a mí. Él es feliz esperando lo que yo decida: que le mande a trabajar, a correr o a cazar. Soy yo el que tiene que sudar y vivir obsesionado con dar vida a Don Celes. Nadie sabe lo que sufro cuando pasa el tiempo y no se me ocurre nada.

¿No falla nunca?

No puedo. Si fallo un día a la semana, son 52 al año. En cuatro años me quedo sin depósito. Ese es otro secreto de Olmo. Los días de inspiración crea una tira de más. Ya tiene más de 400, repartidas por la casa, en cuatro paquetes «por si hay un fuego». En su estudio, una notita indica los números de los tacos y donde encontrarlos en caso de necesidad: «En el tocador de mi habitación. En el armario del salón... Éste depósito regular suspira.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos