Comer de cine

Cine y comida, mal que le pese a Hollywood, mantienen un idilio que dura ya décadas

JAVIER REINO
El pobre Charlot comiéndose una bota en 'La quimera del oro'./
El pobre Charlot comiéndose una bota en 'La quimera del oro'.

Contaba Rafael Azcona que él siempre sacaba a gente comiendo porque había pasado la posguerra y porque la gente come. Al genial guionista riojano no le parecía natural que en las películas del Hollywood dorado no se viese a nadie comiendo. Ciertamente, todos hemos visto mil veces a Cary Grant (un suponer) entrando en el restaurante del brazo de una bella acompañante. Le he reservado su mesa favorita, señor, le dice un atento y servicial maître. ¿Qué van a tomar?, les pregunta una vez que la pareja ocupa ya su mesa. Dos martinis. Por supuesto, ahora mismo, señor. Fin de la escena. A lo que se ve, a las estrellas de Hollywood no se les puede ver comiendo, como a los reyes. Quizá algunos no se hayan fijado, pero nunca se publican imágenes de la realeza (ni la de aquí ni la de ninguna parte) mientras come. Son las normas.

En contraposición a esa pudibundez hollywoodense y regia, que por lo visto asimila la alimentación a otras funciones fisiológicas (y por tanto debe quedar oculta a los ojos del público) está la exuberancia gastronómica del cine italiano, donde es fácil -casi inevitable- ver a los protagonistas comer con ganas cualquier cosa, pero especialmente pasta. Inolvidables escenas de Fellini (y de otros paisanos suyos) muestran a una numerosa familia comiendo y gritando, todo al mismo tiempo y todos al mismo tiempo. Azcona siempre se sintió más cerca del cine italiano, al que por cierto prestó su pluma y su talento durante una época.

A la 'famiglia' le ganaban por mucho en zafiedad los caballeros medievales, que aparecen siempre en el cine sin quitarse las armadura y devorando a dentelladas unos muslos ¿de ave? Siempre me he preguntado qué raza de pollo era esa, en unos tiempos en que el pavo no había llegado a Europa.

En el polo opuesto se sitúan las delicias de 'El festín de Babette' (de Gabriel Axel), la joven francesa que irrumpe en una puritana aldea danesa y rompe con su exquisita 'cuisine' la coraza que impedía a los parroquianos disfrutar de los placeres de la vida. Placeres que pueden llegar a causar estragos si se llevan al extremo, como ocurre en 'La grande bouffe', de Marco Ferreri, en la que asistimos a un verdadero suicidio gastronómico, al que se someten cuatro amigos de gustos exquisitos y mentes destartaladas. Magnífica lección actoral de cuatro 'monstruos', Noiret, Piccoli, Mastroianni y Tognazzi, el último de los cuales era un consumado 'gourmet' y más que regular cocinero.

La pantalla nos ha regalado escenas inclasificables como la del pobre Charlot comiéndose una bota ('La quimera del oro'), cocinando los cordones como espaguetis y rebañando los clavos como si fueran los huesos. Recuerdos envueltos en la neblinosa atmósfera del realismo mágico en 'Como agua para chocolate', en la que Alfonso Aráu traslada al celuloide el suculento relato de Laura Esquivel, que salpica las peripecias de sus protagonistas (terribles algunas de ellas) con laboriosas y logradísimas recetas.

Cine y comida, mal que le pese a Hollywood, mantienen un idilio que dura ya décadas. Y el festival Cinegourland, que hoy se clausura en Getxo, ha dedicado sus seis ediciones a esa tan compleja pero fértil relación. Se abrió el jueves con 'Mugaritz BSO', el premiado documental que une la cocina de Andoni Luis Aduriz y la música de Felipe Ugarte, y ha alternado proyecciones y degustaciones, como era obligado. No han faltado la obras destinadas al público infantil; eso es saber sembrar. Y ha concedido un premio de honor a Bigas Luna, cineasta dueño de una filmografía personalísima tocada siempre con algún tipo de suculencia. No en vano uno de sus títulos más conocidos fue 'Jamón, jamón', que unió en el plató a Javier Bardem y Penélope Cruz antes de que lo hiciera la vida. La naturaleza imita al arte.

Buena idea, sin duda, la de este festival de Getxo, pionero en su clase y que marida dos grandes placeres para las almas cultivadas. Cuánto mejor una buena película sobre gastronomía que una sobre la prima de riesgo, digo por poner un ejemplo. Y eso que, si uno se para a pensar, ¡qué gran prima de riesgo hubiera hecho Barbara Stanwyck!