El arte de Eskorbuto

Santurtzi recuerda al grupo punk con una exposición de jóvenes creadores. En mayo y octubre se cumplirán veinte años de las muertes de Iosu y Jualma

CARLOS BENITO
Concierto de Eskorbuto (1986)/
Concierto de Eskorbuto (1986)

Eskorbuto son leyenda. Dejaron una colección irregular de canciones en la que destaca un buen número de joyas, con una lírica macabra y oscurísima en la que se acaban confundiendo el horror y el humor, pero su legado va mucho más allá de su música e ingresa directamente en el terreno de la mitología: el grupo punk de Santurtzi es el símbolo de la rebeldía «antitodo», ese afortunado término que ellos mismos acuñaron, aunque sus correrías y su inagotable anecdotario también delatan un fondo entrañable, desvalido y a menudo conmovedor, sacudido por golpes de mala suerte y decisiones disparatadas. Este año se cumplirán dos décadas de las muertes de Iosu Expósito y Jualma Suárez, ocurridas en un plazo de poco más de cuatro meses (el único superviviente, el batería Paco Galán, era el raro del trío, con su trabajo de ajustador y su vida ordenada), y su pueblo les homenajea con una exposición de jóvenes artistas inspirados por su trayectoria.

«El gran drama de Eskorbuto es que no valían para malos. Lo intentaron con tesón pero no les salía», escribió su amigo Roberto Moso en el libro 'Flores en la basura'. Iosu y Jualma representan a la juventud de aquella margen izquierda de los primeros 80, estrangulada por el desmantelamiento industrial y la brutal irrupción de la heroína, pero lo hacen de forma hiperbólica, como exagerados personajes de tragicomedia. Quienes los trataron y, muy a menudo, los sufrieron en aquellos años recuerdan, por ejemplo, sus mil peripecias en los cercanías de Renfe que llevan a Santurtzi, siempre sin billete, enzarzados en una eterna batalla con los 'picas' y cubriendo los vagones de pintadas con el nombre de su grupo. En un viaje a Madrid, con ese empeño cabezón por no pagar, Iosu se pasó siete horas tirado debajo del asiento, para que no le viese el revisor. Apresados en el círculo vicioso por excelencia, el de la adicción y la delincuencia, Iosu y Jualma trapicheaban, paleaban lo que podían llegaron a robar un máster y vender el mismo disco a dos sellos y pasaban por alto pequeñas obligaciones como la de llevar amplificadores a los conciertos.

Su historia incluye momentos determinantes como el robo de una guitarra de La Polla Records, que les enemistó con el grupo alavés, o su detención en Madrid, cuando la Policía receló de su pinturero aspecto punk, se mosqueó aún más al ver la maqueta que llevaban con títulos como 'ETA' o 'La calavera del Rey' y acabó aplicándoles la ley antiterrorista. Al ver que nadie en Euskadi movía un dedo por ellos, se volvieron más descreídos y se distanciaron aún más de la politización del llamado Rock Radical Vasco: «Realmente explicaban a este periódico en marzo de 1984, lo único que pretendemos es provocar reacciones en el personal. Si todo el mundo vistiera como nosotros, con cuero negro e imperdibles, Eskorbuto se pondría de etiqueta». En la misma entrevista, insistían en que el RRV era «un nuevo invento, un negocio: ellos serán vascos pero desde luego no son radicales».

Se han convertido en leyenda, aquí y al otro lado del Atlántico, y no hay más que darse un paseo por Internet para comprobarlo. Los fans se pasan fotos de sus sepulturas y una campaña trata de conseguir que el Ayuntamiento de Santurtzi les dedique una calle, una plaza, algo. Y, mientras tanto, la realidad devuelve la vigencia a su amarga desesperanza: «¿Dónde está el porvenir que forjaron nuestros viejos? cantaban entonces y podrían cantar ahora. ¿O es acaso esta mierda en la cual vivimos?».

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