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«La ilusión y la esperanza ayudaron a recuperarme»

ENTREVISTA A SANDRA IBARRA

«La ilusión y la esperanza ayudaron a recuperarme»

Ha superado dos leucemias que la obligaron a bajarse de la pasarela. Empujada por su actitud vitalista y tenaz, ha rehecho por completo su vida y hoy, con 37 años, dirige su propia Fundación de ayuda a pacientes oncológicos

23.02.12 - 02:08 -
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Llegó a Madrid con 18 años, una maleta cargada de sueños y esa cálida sonrisa que corona sus casi 180 centímetros de altura. De padre dominicano y madre vallisoletana, su esbelta figura de modelo se adorna de jovialidad y tenacidad. Todo en uno. Pero el destino, siempre veleidoso, pronto la haría desfilar por la pasarela más importante. Aquella sangre llena de vitalidad y de tesón se volvió contra ella a los 20 años. Sandra Ibarra tenía leucemia. E iba a tropezar dos veces con la misma piedra.
«Llevaba mucho tiempo con molestias y dolores. Tenía un cansancio alarmante, me acatarraba con frecuencia, sufría fiebres intermitentes, muchos dolores óseos… Para que te hagas una idea, los de primero de la Facultad de Ciencias de la Información (estudiaba Publicidad y Relaciones Públicas) teníamos clase en la última planta. No podía subir andando hasta ella. Me ahogaba. Me faltaba el aire. Siempre cogía el ascensor. O me duchaba y me secaba el pelo por la noche, porque por la mañana, cuando me levantaba, estaba tan cansada que no tenía fuerzas ni para coger el secador. Pero yo siempre justificaba estos malestares porque estudiaba y trabajaba. Vamos, que no paraba. Entonces, de repente, me vino un dolor en la mandíbula y en el oído que ya me asustó de verdad. Recuerdo días enteros llorando y tomara lo que tomara no se me iba el dolor. Iba a visitar a médicos maxilofaciales y me decían que sufría estrés con un trasfondo emocional. Ojalá hubiese sido eso».
No lo era. El 10 de marzo de 1995, tras una interminable procesión por unas cuantas consultas, acudió a una clínica: «Me dijeron que tenía una infección en la sangre. Pero claro, con 20 años qué sabía yo lo que era una infección en la sangre. A continuación, me intentaron hacer una extracción de médula, pero no fue posible porque estaba muy colapsada. Así que decidieron practicarme una biopsia en la cadera». Y la fatalidad se hizo realidad: el 98% de su médula ósea estaba dañada. Sandra tenía leucemia. Esa misma tarde de viernes ingresó de urgencia.
Aquella joven que ya hacía sus primeros pinitos como modelo desfilaba entre la vida y la muerte: «El sábado me pusieron un catéter y comencé a recibir un tratamiento de choque con quimioterapia. Esa misma mañana, a mi madre le comentaron que, si superaba el fin de semana, se empezaría a hablar del tratamiento a seguir. Afortunadamente, todo fue bien. Estuve ingresada un mes recibiendo quimio y salí limpia. El tratamiento fue exitoso y el 7 de abril me dieron el alta. Luego comencé con los ciclos de quimioterapia ambulantes hasta que se planteó la posibilidad de un trasplante de médula».
Esta idea, no compartida por todos los médicos, supuso un momento muy delicado: «No sabemos qué habría pasado si no hubiera llevado a cabo el trasplante, pero en el cáncer hay opciones, no respuestas. Y se tomó esa opción». Aunque tampoco era fácil llevarla a cabo.
Donación complicada
En España, entre el 40% y el 50% de los pacientes que necesitan un trasplante de médula ósea no encuentran un donante compatible. Sandra lo tenía en casa, era César Antonio, su hermano pequeño: «Esto es una posibilidad entre 40.000. Tuve la suerte de que mi hermano pequeño era compatible al 99%. Unido a que tenía 21 años y a que la enfermedad estaba en recesión, los médicos apostaron por el trasplante. Me lo hicieron el 1 de diciembre de 1995. El día de Nochebuena me dejaron cenar en casa. Y el día de Navidad me dieron el alta. A los tres meses ya estaba haciendo mi primer desfile a beneficio de la Asociación Española contra el Cáncer».
La gallardía de esta modelo fue admirable. Volvió a matricularse en la Universidad y volvió a pelear por sus metas: «En mi caso, siempre pudo más la cabeza que el cuerpo. La ilusión y las ganas de vivir son las que me hicieron recuperarme». Entre esas metas, ahora irrumpía con fuerza su compromiso de ayuda contra el cáncer y contra todos lo estereotipos que le rodea: «El peor cáncer es el que no se cura. Siempre hablan de coger a tiempo la enfermedad. Yo creo que es mejor hablar de prevención. Hay que tener cuidado con el mensaje que se transmite. Si se insiste en que lo importante es coger el cáncer a tiempo, qué pensará el que está en un hospital con metástasis. El mío no se cogió a tiempo y aquí estoy».
El mensaje a un paciente oncológico debe transmitirse con mucho cuidado y responsabilidad. Ante un diagnóstico de cáncer, optimismo y esperanza siempre. Se coja o no a tiempo. Puestos a no conocer el futuro, es mejor inclinar la balanza hacia el lado positivo». Así se lo transmitía a los enfermos, cuando, allá por 2002, el de Sandra Ibarra se volvió negativo otra vez. «Hacia un tiempo que tenía síntomas que me eran familiares. Otra vez volvía a estar cansada de modo habitual, me sangraban las encías, se me caía el pelo. Pero por otro lado, me decía lo que yo le suelo decir a los pacientes. Que no todo lo que tienes es cáncer. No puedes vivir con la espada de Damocles perennemente. Pero los síntomas eran sospechosos. Así que una mañana de septiembre, tras regresar de vacaciones, fui al hospital y se confirmaron mis sospechas. Tenía el 25% de la médula dañada». Aquella recaída, con 27 años, ya no la sorprendía tan joven. Su inocencia e ignorancia de la primera vez había pasado a mejor vida. Esta vez «sí que sentí el miedo de verdad».
La tarea de salir adelante
De nuevo pasó por un trasplante de médula de su hermano. Aunque algo falló: «Me diagnosticaron enfermedad injerto contra huésped. Rechazo. Es decir, el órgano trasplantado, en este caso la médula de mi hermano, no reconoce como suyos los órganos del cuerpo nuevo donde está y los ataca. En mi caso, a mis ojos y mi hígado. Después del trasplante, estuve 47 días ingresada recibiendo quimioterapia. Y, además, tenía neumonías, herpes, me quedé sin saliva, sin lágrima, se me secaron todas las mucosas del cuerpo. Una barbaridad».
Pero, como en 1995, Sandra salió adelante. Se recuperó de nuevo y desde entonces se dedicó de lleno a ayudar a otros pacientes oncológicos. En 2008, creó la Fundación Sandra Ibarra de Solidaridad Frente al Cáncer y encontró, además, el bienestar que da el sentirse querida y, a la vez, ayudar a otras personas.
«El amor también cura. Mi pareja —el periodista Juan Ramón Lucas— lo es todo para mí. Hoy tengo salud, amor y trabajo. Los problemas son la mitad y las alegrías, el doble. Soy una privilegiada».
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Sandra Ibarra. / J. R Ladra | Virginia Carrasco
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