Educar, una empresa en común

Educar, una empresa en común

La falta de tiempo es excusa habitual para no compartir el aprendizaje de los hijos. Pero es falso: no hay nada más desestresante que implicarse en ello

JOAN CORBELLA

Me atrevo a asegurar que no existe una dedicación más importante y, a la vez, más enriquecedora que la tarea de educar. Y entrecomillo tarea porque me parece un término limitador, posiblemente sería más adecuado haber puesto misión, actividad, dedicación, incluso ministerio. Estos términos y muchos más servirían para calificar la acción educativa.

Todo ser humano en convivencia educa y a la vez es educado. Entre adultos se aprende del otro a hacer cosas y a la vez se transmiten actitudes que se incorporan en forma imitativa o, por el contrario, actúan como elemento repulsivo. Conviviendo se aprende a vivir. Creo que es bueno, y notablemente sano, pensar que de todo ser humano es posible aprender algo positivo, incluso de quien pueda sospecharse lo contrario.

Esta premisa nos sirve de referencia a la hora de hablar de la educación entre adultos y niños, entre adultos y jóvenes. Hay un marco de referencia incuestionable: una mayoría de niños y adolescentes en nuestro entorno reciben educación, fundamentalmente, en la escuela y en la familia. Ellos actúan como referentes más significativos. Existen además agentes complementarios que tienen también un papel relevante, como son los monitores de las actividades extraescolares, los profesores de materias complementarias, los entrenadores de distintos deportes, en definitiva, adultos que conviven con los niños y jóvenes con posibilidades de convertirse en referentes para ellos.

Nos centraremos en primer lugar en el binomio escuela-familia. Sobre todo desde la primera infancia hasta el bachillerato. En esta etapa se construye el pilar fundamental de la estructura de los valores que se van a instaurar. La cantidad de materia que debe impartir un profesor y el escaso tiempo que pasa con el alumno en relación al temario que debe desarrollar hacen del mismo un elemento fundamentalmente instructor.

Ello es menos evidente en los alumnos de preescolar y lo es mucho más a medida que avanza la edad y con ella la necesidad de cumplir un programa que se supone y es imprescindible cumplir. El profesor, en la clase, instruye, informa, proporciona datos, imparte conocimientos. Es su trabajo primordial, si valoramos solamente lo que hace, si nos fijamos en cómo lo hace el profesor, además de enseñar matemáticas o inglés, convive con los alumnos transmite entusiasmo o desidia, capacidad para el esfuerzo, vivido como gratificante o como un fastidio.

El alumno se mira en el espejo del profesor y, para bien o no tan bien, capta muchos aspectos de la manera de vivir del mismo. Ello educa tanto como el vocabulario de inglés o la corrección de una formula matemática.

La profesión de profesor supone un riesgo pocas veces reconocido. Los alumnos le ven desnudo aunque sea detrás de la pantalla de sus conocimientos. Quien se atreve con esta profesión debe ser consciente que transite su ser y, a veces su no ser a los alumnos que pueblan su clase.

Escuelas con ideario

Sin renegar de esta afirmación, no debemos dramatizarla: los alumnos son benevolentes y, además son muchos los adultos que intervienen en la formación de la estructura de su personalidad, en sus valores personales y en su manera de ser futura, la influencia de un profesor, siendo importante, se diluye con la de los demás profesores. Es fundamental que la escuela tenga un ideario que sea un referente de todos los profesores que, respetando su lógica diversidad, tengan puntos básicos en común.

Igual sucede con los padres. En una escuela, incluso en el reducido espacio de un aula, conviven alumnos de procedencias diversas, de padres con idearios, valores, estilos de vida, estrato social, cultura distinta. Comunicar estas circunstancias al profesor es tarea obligada de los padres.

Más allá de las formas de vida, es preciso que padres y profesores se den a conocer y hablen de cómo ven al alumno, de cómo educan al mismo, de qué valores se nutre la familia. Solo así podrá aprovechar el potencial del alumno. El conocimiento es el inicio de una relación que debería durar todo el curso, con entrevistas periódicas que tuviesen como finalidad, para ambos, conocer el progreso, los posibles conflictos, las aptitudes más desarrolladas y aquellas que requerirían ser estimuladas del alumno.

Una relación duradera

Educando, todos aprenden de todos. Y ello es posible si se vive la relación desde un espíritu de colaboración, de sentimiento de misión en común y no como una confrontación. Cuando esto último sucede es que se ha perdido el sentido que tiene educar aprender de los demás para vivir emocionalmente mejor.

De la relación con los profesores se obtiene una información que los padres pueden y deben utilizar para poder seguir las actividades escolares de sus hijos. Nada estimula más a desarrollar una actividad que percibir el interés del entorno por la misma. No se trata solo de controlar si hacen los deberes. Se trata de seguir su evolución, hablar, aprender con ellos y vivir sus actividades, estimulándoles a seguirlas.

Se podrá argumentar que una mayoría de padres y madres tienen múltiples actividades que no les dejan tiempo para dedicarlo a los estudios de sus hijos. Salvo casos extremos, puedo asegurar que resulta mucho más eficaz para el alivio del estrés del trabajo cotidiano, dedicar tiempo a los hipos que ver televisión o leer prensa. Muchos padres y madres, cuando sus hijos son mayores y ya no les reclaman a su lado, lamentan no haberlo hecho cuando podían hacerlo.

Invito a todos los padres a disfrutras de sus hijos porque, aunque cansen, aunque no sean obedientes ni ordenados, hacerlo es una de las experiencias vitales más gozosas y, por supuesto, irrepetibles.