«Sueño que Mikel sale del agua y me dice: 'mamá, ya estoy aquí'»

Familiares y amigos recuerdan al joven que cayó con su coche del Puente Colgante un año después de su muerte

IVÁN ALONSOPORTUGALETE
La madre de Mikel, acompañada de su marido, deposita una vela ante la foto de su hijo esta pasada medianoche en Portugalete. :: MITXEL ATRIO/
La madre de Mikel, acompañada de su marido, deposita una vela ante la foto de su hijo esta pasada medianoche en Portugalete. :: MITXEL ATRIO

El sueño de Cheli González, la madre de Mikel Uriarte, el joven que hace un año perdió la vida tras caer de la barquilla del Puente Colgante con su coche, es recurrente y así lo cuenta una y otra vez a sus conocidos y en cuanto se habla con ella. «A veces sueño que Mikel sale del agua y me dice: mamá, ya estoy aquí». También nota cuando está en casa una extraña sensación, como si de repente el chico fuera a entrar por la puerta con su mochila a la espalda y a preguntarle: «¿Qué hay para comer?».

Con estas frases de absoluta tortura psicológica describe Cheli su día a día desde que en la madrugada del 8 de septiembre de 2010 la Ertzaintza le comunicara que a Mikel le había sucedido una desgracia. Desde entonces, su vida y la de su marido, Miguel Uriarte, no es más que un continuo pensar en su único hijo muerto y una lucha para que él haya sido el último en sufrir un accidente en esta centenaria estructura declarada Patrimonio de la Humanidad. «¡Pero si nosotros no tenemos nada en contra del Puente Colgante!», exclama cansada. «Lo único que decimos es que la barquilla carece de medidas de seguridad desde su última restauración hace 12 años», asegura mientras repasa la lista de heridos y muertos que, según sus investigaciones, han ocurrido en el transbordador a lo largo de su historia.

En medio de un mar de tranquilizantes y ayuda psicológica para poder levantarse cada mañana de la cama, Cheli ha estado al frente de una campaña que ya ha recabado unos 45.000 apoyos en forma de firmas para que se incrementen las medidas de seguridad en el Puente. Personas cercanas al matrimonio Uriarte aseguran que han llegado a un punto en el que «toman pastillas para dormir a las ocho de la tarde para que les hagan efecto a las doce de la noche», pero ni aún así parece suficiente. La mujer sigue despertándose de madrugada embargada por la pena, incapaz de contener el llanto.

El pasado 26 de agosto Cheli consintió por fin que las cenizas de su hija abandonaran la estantería de su cuarto donde todo sigue como él lo dejó para ser arrojadas en un lugar especial: la orilla del mar en la playa de Laredo. «En un sitio concreto donde a él le gustaba estar en verano», explica Natxo Ugarte, uno de sus más íntimos amigos.

«El hermano mayor»

Y es que no sólo los padres han sentido su pérdida. Su cuadrilla de Laredo, donde la familia tiene un chalet desde hace muchos años, también se ha visto tocada por la repentina desaparición «del hermano mayor de todos nosotros», recuerdan. «La persona que siempre mediaba en peleas, ofrecía su casa para alojar a cualquiera o adelantaba el dinero el primero», contaban ayer.

Pero uno de los más afectados ha sido Joseba Larrea, el chico que este pasado curso hubiera compartido piso con Mikel en Madrid y la última persona que le vio con vida, ya que aquel 7 de septiembre viajaba con él en su coche apenas unos minutos antes de que ocurriera el fatal accidente. El chico ha pasado un año muy malo. Una y otra vez vuelve a su mente aquel día y no puede contener la «rabia» al pensar por qué aquella noche pararon en Portugalete, cuando la costumbre era que él se bajara en Getxo y luego tomara el Puente Colgante como un peatón más.

María José Ansede, amiga íntima de la familia, admite que ha llegado incluso a pensar «por qué con toda la gente malvada que hay en el mundo no se los llevan a ellos. Pero me digo que en el cielo también quieren a los buenos», contaba ayer. «Con él se ha ido el eje de todo», decían sus amigos, que ayer a medianoche se reunieron con la familia para recordar al joven en el mismo lugar donde perdió la vida de la forma más triste, junto a la torre del transbordador en Portugalete. Una gran fotografía suya y un ramo de flores en forma de corazón presidieron un emotivo acto en el que se guardaron unos minutos de silencio. Luego decenas de pétalos llovieron sobre las mismas aguas que ayer hace justo un año se tragaron su vida y su juventud. Por la tarde, una avioneta sobrevoló el Puente Colgante con una pancarta en la que podía leerse: Mikel, no te olvidaremos.

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