"Son tres años muriendo"

El pederasta Santiago del Valle responde esta semana por el asesinato de la niña Mari Luz

ARTURO CHECA
"Son tres años muriendo"

Hay dos puertas que los Cortés jamás abren. La de la habitación de la niña de sus ojos y la de sus corazones. Cerradas hace tres años. Los padres de Mari Luz guardan celosos el cuarto de su pequeña. Allí siguen el cerdito de peluche que le trajeron los Reyes y que sólo acarició una semana. La muñeca de coletas trenzadas y carrito clásico. La película de la 'Cenicienta' que de tanto ver casi había rayado. Su bolsito rojo. Sus pinturas. Los cuadernos con números que ya había aprendido a trazar entre risillas infantiles y pulso tembloroso. La puerta no se abre. «Nuestro corazón también está cerrado, como celosos guardianes de la memoria de nuestra pequeña». Diego Cortés se confiesa. Es el tío de la niña, el mismo que cuando caía la noche del domingo 13 de enero de 2008 abrió de una patada la puerta de la casa de Santiago del Valle. El cuerpo de Mari Luz yacía ya en el fondo de la ría de Huelva.

Ese día maldito, tres años después, sigue siendo un infierno para los Cortés. «Los domingos son terribles para nosotros. Repetimos cada escena, contamos cada hora», lamenta Diego. Juan José Cortés, el padre, se pregunta por qué tuvo que ir ese maldito día a vender ropa al mercadillo. Irene Suárez, la madre, revive la última vez que tocó a su hija, el contacto de sus manos cuando le dio los 50 céntimos para comprar ruedas de patata y tres chuches. Una madre que se ha echado dos décadas encima desde que la vio desaparecer corriendo hacia el quiosco de Fernando. El pequeño de la casa, Dani, también vive atormentado: no acompañó a su hermana 'Mari' como había hecho tantas veces.

El miércoles, los Cortés tendrán que volver a abrir muchas puertas. El pederasta Santiago del Valle y su hermana Rosa se sientan en el banquillo de los acusados de la Audiencia de Huelva. Llega su hora de rendir cuentas ante la Justicia por el crimen de Mari Luz Cortés. En un plato de la balanza, más de 30 años de cárcel por abusar sexualmente de la pequeña y asesinarla. En el otro, su inocencia. La que Rosa y Santiago del Valle mantienen. Él ha dado tantas versiones como años han pasado. Primero confesó. Luego, se asustó y dijo que fue un accidente. Más tarde rechazó incluso haberse cruzado aquella tarde en el camino de Mari Luz cuando regresaba feliz con sus chuches. Negó haberla espiado libidinoso tras los celofanes azules y amarillos con los que camuflaba la ventana de su casa. Su caleidoscopio de perversión. Negó haber engatusado a la niña de cinco años con un peluche (también habló de un chupachús) para atraerla a su cueva. Negó haberla golpeado en la nuca mientras la manoseaba. Negó tantas veces como delitos sexuales sobre menores acumula ya a sus espaldas: tres sentencias y nueve años de prisión.

Juan José Cortés (Huelva, 1969) parece cansado de ser un padre-coraje. Su voz suena tenue al otro lado del teléfono. Casi susurra. Habla con un hilo débil, nada que ver con el discurso inquisitorio, potente, seguro y templado con el que habló a toda España en 2008. «Son ya tres años muriendo. Desde aquel día no vivimos, solo sobrevivimos. Y lo hacemos por sacar a nuestros otros dos chiquillos adelante». Juan José sabe bien que el miércoles será el primero de diez días eternos, tres semanas de juicio agrio, lacerante. Sal sobre las llagas. «Se nos van a reabrir las heridas. Va a ser muy duro, pero más para Santiago del Valle». El pastor evangelista de la deprimida barriada onubense del Torrejón no cesará de levantarse de la lona. Mantendrá el pulso hasta que se haga Justicia por su niña. Aunque se quede corta. «Cualquier pena será poca para toda una vida sin nuestra hija. Es hora de que en España haya cadena perpetua revisable».

Sin paga de la Junta

Ni Juan José ni su esposa han podido regresar a los mercadillos en los que vendían ropa con su gente. Demasiados recuerdos de alegría. El pastor evangelista jamás se ha vuelto a enfundar el chándal azul junto al campo de fútbol en el que formaba a los zagales del Recreativo. «Lo ha dejado todo para conseguir Justicia para la 'Mari'», dice Diego. Viven apenas con la pensión de invalidez (por depresión) que percibe Irene. Los Cortés no se amilanan. Y Diego también acusa: «La Junta de Andalucía le acaba de quitar misteriosamente a mi hermano la pensión que tenía por depresión y cinco hernias discales». Fue poco después de ser fichado como asesor de Justicia por el PP. Algo por lo que no recibe ni un euro.

Santiago y Rosadel Valle aguardan el juicio a la sombra. Desde que el 25 de marzo de 2008 fueran detenidos en Pajaroncillo (Cuenca), con un billete de avión listo para Cuba, los hermanos no han vuelto a pisar la calle. Juan López Rueda anda estos días esquivo, incómodo, reacio a hablar. Es su abogado. No es tarea fácil. El jueves se entrevistó con él en la cárcel de Huelva. Pero el letrado regatea una y otra vez las preguntas sobre cuál va a ser su estrategia de defensa o si Del Valle muestra arrepentimiento. «'Yo soy inocente', es la frase que me repite Santiago. Y en el juicio va a mantener su versión de siempre». Pero no hay forma de que López Rueda concrete cuál de las múltiples versiones mantendrá ante los magistrados, cuál será el clavo ardiendo al que se aferre esta vez el pederasta.

«Estamos muy preocupados por el resultado del juicio». Juan José Cortés no lo oculta. La confesión inicial del detenido es la prueba más contundente ante el tribunal. Aunque lo que pesará finalmente es lo que declare a partir del miércoles. Y la ley le permite mentir. Pero en la manga del fiscal y la acusación particular hay más cartas. Las evidencias forenses. La tierra hallada en los bajos del coche de Rosa del Valle coincide con la que rodea al punto de la ría de Huelva en el que apareció la niña. Y en el maletero del vehículo se encontró un cabello de la menor. Dos pruebas que aprietan la soga de la culpabilidad en torno al cuello de los siniestros hermanos, dos vestigios que los señalan cuchicheando entre las calles con nombre de flores del Torrejón y empujando el carrito de la compra en el que se apretujaba el cuerpecito de Mari Luz.

Hay dos nombres propios que se han bajado de la palestra del caso. El juez Rafael Tirado ya no persigue a asesinos ni violadores. Ahora dirime conflictos entre particulares y la Administración en un juzgado de lo contencioso de Sevilla. Dejó atrás su saturado juzgado de lo penal, el mismo que durante 26 meses no ejecutó el ingreso en prisión que pesaba sobre Del Valle, un depredador libre, una concatenación de errores judiciales que le costó la vida a la pequeña de los Cortés. Los que le conocen saben que a este padre de cinco hijos y familia de juristas eso le pesa como una losa. Mucho más que la multa de 1.500 euros que el Poder Judicial le impuso por el trágico retraso. Tampoco se sentará en el banquillo de los acusados Isabel García, la esposa de Santiago. «Sumisa, con reverencia obsesiva hacia su marido», según los psiquiatras, ella fue testigo de todo aquella tarde del 13 de enero. Calló. Igual que lo hizo años atrás ante los abusos a los que Del Valle sometió a la hija de ambos. Tenía 5 años, como Mari Luz. Pero la ley no permite castigar a un cónyuge por encubrimiento de su pareja.

Los Cortés ya tienen listas sus ropas más blancas para el miércoles. Es el luto de los gitanos por los niños. Su tradición no admite prendas negras por los niños muertos. Son seres inocentes, sin mancha. Ángeles que regresan temprano al cielo. Aunque el pastor evangelista y los suyos lo saben: allí arriba, Mari Luz, la niña de sus ojos, aún pinta, aún juega, aún ve la 'Cenicienta'. Y la puerta de su cuarto jamás se cierra.