La euforia y los incidentes por el triunfo argelino llegan a Bilbao

Tras batir a Egipto, varios hinchas magrebíes lo celebraron en San Francisco y la Ertzaintza tuvo que intervenir

J. G. P. BILBAO
Celebran el triunfo de Argelia./LUIS CALABOR/
Celebran el triunfo de Argelia./LUIS CALABOR

Tal es la fuerza del fútbol. El pasado sábado, la televisión argelina no se atrevió a cortar la emisión del Egipto-Argelia a la hora de la oración de tarde. Una 'herejía' así no se había visto. El fútbol es todopoderoso, incluso allí. Aquel partido provocó mil incidentes y el desempate disputado ayer en terreno neutral, en Sudán. Ganó (1-0) Argelia, recogió el billete para el Mundial de Sudáfrica y hundió en la depresión a su rival. Las calles de Argel reventaron de euforia; las de El Cairo, de frustración. Ese fue el resultado final de la 'batalla de Jartum'.

El eco del triunfo argelino cruzó fronteras. Inundó de bengalas y banderas con media luna ciudades como París y Marsella. Hasta en la calle San Francisco, en Bilbao, se escucharon las voces de los hinchas norteafricanos y su violenta celebración. La Ertzaintza, que fue recibida con lanzamiento de objetos, tuvo que emplear material antidisturbios. También en el centro de Vitoria aficionados mabrebíes cruzaron varios contenedores.

El fútbol no sabe de aduanas. Desde el Mundial de México 1986, la selección argelina no lograba el pase. Y lo hizo ayer ante su rival más enconado: Egipto. La suya es una vieja guerra: en 1989, Egipto batió a Argelia y se clasificó para el Mundial de Italia. La venganza esperó hasta 2001, cuando el equipo del Magreb, que no se jugaba nada, dejó fuera a los faraones de Corea 2002.

A esas cuentas pendientes se juntaron las peleas, apedreamientos y saqueos registrados tras la victoria de Egipto el pasado sábado. Ese 2-0 igualó la clasificación del grupo y provocó la celebración del partido de desempate. El de ayer en Omdurman, con Jartum -la capital sudanesa-a la otra orilla del Nilo. Ante 40.000 espectadores en el viejo estadio de Al-Merrikh. Todos de pie. Por la emoción y porque sólo hay asientos en el palco. Algo más de 9.000 hinchas por bando. A los argelinos, su Gobierno les había pagado el viaje. Hicieron cola en la embajada para recoger la entrada y acudieron al estadio, vigilado por 15.000 policías. En la ciudad habían otros 7.000. Por si acaso. Aun así, hubo enfrentamientos entre hinchas.

Partido bronco

Calor en Jartum: 29 grados. En el campo, seco y botón, sudaba todo el mundo. Cualquier chispa podía provocar una explosión. Nadie parecía haber escuchado las llamadas de los muecines, empeñados en recordar que Argelia y Egipto son «países hermanos». Unidos por la religión; irreconciliables en el fútbol. Apenas 20 segundos después de que el colegiado de las Islas Seychelles Eddy Maillet pitara el inicio, ya tuvo que sacar la primera tarjeta amarilla: al argelino Belhadj. Alta tensión. La primera tangana sólo esperó hasta el minuto 3. Pintaba mal.

Luego se calmó, aunque siempre salpicado con entradas a destiempo. Y se partió en el minuto 40, cuando Yahia anotó un tremendo gol: el 1-0 para Argelia. El único del encuentro. El físico de Argelia pudo después con la técnica de Egipto. La grada argelina bullía. Los policías sudaneses, con la metralleta en la barbilla, resoplaban. Había aficionados colgados de los tejados del estadio. Corrían las bengalas. Argelia, al fin, celebró su victoria más esperada. Y en su país y en las calles de media Europa comenzaron la fiesta y los incidentes.

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