El negociador con carta blanca

El embajador Nicolás Martín Cinto recurrió a la red de contactos que había tejido en Somalia desde 2006 para liberar el atunero

MATEO BALÍNCOLPISA. MADRID
El negociador con carta blanca

Los 47 días de negociación para liberar al 'Alakrana' han corroborado que Nicolás Martín Cinto es el hombre clave sobre el terreno. El embajador español en Kenia, adonde llegó en 2006 para tutelar los intereses españoles en el Cuerno de África, se ha valido de su red de contactos en Somalia para solucionar el rescate. Viajó desde Nairobi a Mogadiscio al día siguiente del secuestro; negoció en persona con los clanes locales, los amos de la piratería; atrajo al débil Gobierno provisional somalí para que intercediese en el momento oportuno; y llamó a los piratas para instaurar la calma cuando amenazaron «con matar de tres en tres» a los marineros.

A 6.000 kilómetros de Madrid y ajeno a la presión política y mediática que exigía premura, el diplomático supo medir los tiempos de la negociación y fijar un único objetivo: no importa el cuándo, sino el cómo. El objetivo no era otro que liberar «sanos y salvos» a los 36 marineros del 'Alakrana' y llevarlos de vuelta a casa, como reconoció ayer José Luis Rodríguez Zapatero.

En este mes y medio de intenso trajín, Nicolás -como el embajador nacido en Madrid hace 65 años prefiere que le llamen- empleó la estrategia que ya utilizó en la liberación del 'Playa de Bakio'. Entonces se crearon dos frentes diplomáticos: uno en Londres, encargado de tratar la cuantía del rescate, con el armador y la aseguradora a la cabeza, y otro en Somalia, para garantizar una salida sin violencia.

Nada más conocer el asalto del 'Alakrana', el 2 de octubre, el diplomático advirtió de las complicaciones que surgirían si los piratas acercaban el atunero a la costa somalí pues ralentizaría la negociación, como al final ocurrió. El intento de la fragata 'Canarias' de averiar el pesquero en alta mar resultó fallido. No llegó a tiempo a su paso.

Experiencia

El embajador no tuvo más remedio que echar mano de su red de contactos en Somalia, mallada en las tres crisis anteriores en la zona, en las que también actuó como mediador: el secuestro de dos cooperantes de Médicos Sin Fronteras en las navidades de 2007, que duró diez días; el del 'Playa de Bakio' en abril de 2008; y el cautiverio durante 38 días del fotógrafo José Cendón en enero pasado.

En el caso de las cooperantes llegó a meterse en la boca del lobo y se reunió varias veces con Adde Muse, un 'señor de la guerra' que se ha adueñado de Puntlandia, la región semiautónoma de Somalia que se ha convertido en el principal bastión de la piratería, un negocio del que viven decenas de clanes y subclanes locales.

La del 'Alakrana', por lo tanto, es la cuarta crisis con final feliz, aunque llena de contratiempos para este experto en secuestros. Hace once días, cuando los piratas dijeron que habían bajado a tierra a tres marineros y amenazaron a la tripulación, Martín Cinto cogió el teléfono y habló con el atunero. Calmó a los cabecillas, logró encauzar el diálogo y posibilitó que los marineros llamasen a sus familiares para tranquilizarles, aunque en realidad aquello sólo sirvió para que los temores se dispararan.

Las habilidades mediadoras de 'Jacinto', 'Ceaucescu' o 'Botijero', alguno de los alias del embajador en su amplia hoja de servicios, que se remonta a principios de los noventa como negociador con ETA en el Gobierno de Felipe González, fueron reconocidas el 9 de enero con la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, un distintivo que pocos diplomáticos ostentan. Formó parte de las conversaciones con miembros de ETA en la República Dominicana, después de que estos fueran expulsados de Argelia. Allí se reunió varias veces en balde con Eugenio Etxebeste, 'Antxon'. Fueron estos miembros de ETA confinados en la isla caribeña los que pusieron al diplomático el sobrenombre del 'Botijero'.

Pero el gran mérito profesional de Martín Cinto, según reconocen sus allegados, fue aceptar el encargo de Miguel Ángel Moratinos para irse a la caótica Nairobi y dejar su cómodo cargo en la Casa de América, un centro cultural del Ministerio de Asuntos Exteriores. Lo hizo encantado.

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