«Esta noche he abierto el Muro»

La RDA, acuciada por la deriva del régimen y la necesidad de buscar ayuda en Occidente, tomó decisiones que, lejos de su intención, acabaron por derribar el sistema comunista

ENRIQUE MÜLLERCORRESPONSAL. BERLÍN
Berlineses orientales comienzan a derribar el muro dos días después de que fuera abierto en el Este. / REUTERS/
Berlineses orientales comienzan a derribar el muro dos días después de que fuera abierto en el Este. / REUTERS

Cuando Harald Jäger se ve obligado a recordar la noche que cambió su vida y que marcó el comienzo de la desaparición de su país, el fin de la división de Europa y de la guerra fría, admite con humildad que sintió una rara mezcla de alegría y tristeza al contemplar cómo una multitud cruzaba el paso fronterizo ubicado en la calle Bornholmerstr, en aquella época una fortaleza casi inexpugnable para la gente que vivía en el sector oriental de Berlín.

«Cuando regresé a casa me sentía alegre y satisfecho porque el Muro se abrió sin derramamiento de sangre», dijo el ex miembro de la Stasi, que en la noche del 9 de noviembre de 1989 tuvo el raro honor de ser el primer oficial responsable de un paso fronterizo que abrió de par en par las barreras que dividían la ciudad. «Pero esa noche también sentí una gran tristeza porque me di cuenta de que mis compatriotas habían decidido marcharse. Le dije a mi mujer: 'He abierto el Muro'».

Jäger vestía esa noche el uniforme de teniente coronel de la Stasi, la odiada Policía secreta de la ex RDA, a la que había servido con pasión y fidelidad durante veinticinco años. Pero su misión no era la de espiar a sus compatriotas, sino defender, incluso con las armas, la inviolabilidad de la frontera y la soberanía de la RDA. «Cenaba cuando se inició la famosa rueda de prensa de Schabowsky y se me atragantó la comida cuando oí las dos palabras que cambiaron mi vida», recuerda. Después de escuchar 'ab sofort' (de inmediato) pronunciadas por el portavoz del Comité Central, Jäger dejó a un lado los cubiertos, se levantó de su silla y gritó en el comedor: «¿Qué tonterías dice este hombre?».

«Nadie nos había avisado y aún me pregunto por qué no se tomaron medidas adecuadas para hacer frente a las consecuencias que tuvo ese anuncio. Creo que lo hicieron porque no sabían cómo reaccionarían las masas», sostiene Jäger. Durante las siguientes tres horas, el oficial vio llenarse el paso de la Bornholmerstr de gente que exigía que se abrieran las barreras.

La presión era insoportable y Jäger temía que uno de sus soldados abriera fuego. ¿Acaso no tenían órdenes de disparar a matar si alguien intentaba cruzar el Muro sin una autorización oficial? «Creo que eran las 23.30 horas cuando tomé la decisión. Le dije a mi gente que levantaran las barreras. Cuando la multitud comenzó a cruzar la frontera me temblaban las rodillas, pero no tenía otra alternativa. Esa noche me di cuenta de que Alemania Oriental estaba condenada a desaparecer y que el Muro ya no se podía defender, ni siquiera con las armas», cuenta.

En vísperas del vigésimo aniversario de la caída de la barrera, la prensa germana ha vuelto a recordar la gesta de Harald Jäger, pero él aún sigue siendo un apestado para las instituciones. No ha sido invitado a ningún acto oficial y en las últimas dos décadas tampoco nunca recibió un reconocimiento de parte del Gobierno. «Trabajé durante veinticinco años para la Stasi y por eso tengo una mala reputación», mantiene el ex oficial de 66 años. «Pero no me importa. Ahora estoy contento de que la RDA dejara de existir y satisfecho por haber abierto el Muro».

Su decisión solitaria hizo posible que sus compatriotas recuperaran la libertad. Pero cuando las dos Alemanias se unieron, Jäger perdió su empleo y vivió dos años gracias a la ayuda del paro. Después de trabajar como vendedor de periódicos y vigilante nocturno, se jubiló y recibe ahora 750 euros mensuales de pensión. «No es mucho dinero, pero alcanza para comer», afirma.

Sin empleo

Günter Schabowsky también se quedó sin su empleo de portavoz y sin su elegante casa en Wandlitz, donde vivían los jerarcas de la República Democrática, cuando fue obligado a renunciar el último Gobierno comunista presidido por Egon Krenz. A pesar de haber sido el protagonista de una rueda de prensa histórica, Schabowsky rápidamente cayó en desgracia e incluso fue condenado en 1999 a cuatro años de cárcel por haber participado en una reunión del buró político de la RDA en el que se autorizó a la Policía de Fronteras disparar contra los alemanes que intentaran huir del 'paraíso' socialista.

Aunque Schabowsky era un hombre público, en los días previos a la caída del Muro su fama alcanzó una dimensión mundial, sobre todo cuando dio a conocer durante una concurrida rueda de prensa realizada en Berlín Este los detalles de la nueva ley aprobada en la tarde del 9 de noviembre por el Comité Central del Partido Comunista. «Viajes privados hacia el extranjero pueden ser solicitados y serán autorizados a la brevedad», señalaba el documento que debía entrar en vigor a las cuatro de la madrugada del 10 de noviembre. «Dalo a conocer a la prensa», ordenó Egon Krenz a Schabowsky.

La sala de prensa del Centro Internacional de Berlín Este, una pequeña habitación sin ventanas, estaba repleta cuando llegó el portavoz del Comité Central. En la primera fila se había ubicado Peter Brinkmann, un periodista del 'Bild' que había sido advertido con dos días de antelación de que el Gobierno comunista preparaba medidas aperturistas. «Desean autorizar a la población, bajo ciertas condiciones, para que puedan viajar al extranjero», le dijo un alto funcionario de Berlín Occidental el 7 de noviembre. «Es posible que puedan hacerlo a partir del 10 de noviembre», añadió.

Brinkmann, que ocupaba ese día su escritorio en la redacción central del 'Bild' en Hamburgo, se sobresaltó y formuló una pregunta inquietante a su interlocutor: «¿Esa medida podría abrir el Muro?». No obtuvo respuesta. Pero el 9 de noviembre cogió su coche y viajó a Berlín Este. «La ciudad ardía en rumores y para no perder ningún detalle de la rueda de prensa reservé un asiento en la primera fila, justo frente a la tribuna».

Un error histórico

Durante más de cincuenta minutos, Schabowsky aburrió con detalles sin importancia de la reunión del Comité Central y, cuando faltaban pocos minutos para su intervención llegara a su fin, el portavoz recordó que debía dar a conocer el contenido de la nueva ley que permitía a todos los ciudadanos de la RDA en posesión de un pasaporte viajar al extranjero. Pero cometió un error histórico: no leyó la segunda página del documento, en la que se establecía que la medida tenía efecto desde el día siguiente.

El contenido del documento electrizó a Brinkmann, quien interrumpió la lectura con una pregunta: «¿Cuándo entra en vigor?». «A partir de ese momento se produjo un caos en la sala y todos querían saber más cosas. Pero yo estaba en la primera fila frente a Schabowsky y repetí mi demanda varias veces», rememora el periodista.

Visiblemente irritado, el portavoz buscó entre sus papeles algún detalle que pudiera ayudarle a dar una nueva respuesta, pero nunca encontró la segunda página de la nueva ley. El suspenso y la andanada de preguntas duró ocho eternos minutos. Al final, Schabowsky cedió a la presión y pronunció las dos palabras que sobresaltaron a Harald Jäger: «Ab sofort» (De inmediato), dijo el portavoz sin sospechar que su breve respuesta acabaría esa misma noche con el Muro y pondría en marcha un delicado proceso político que culminó con la reunificación del país, el 3 de octubre de 1990.

«Esa noche me fui a la cama con la sensación de que nos habíamos transformado en un país civilizado y que un futuro mejor se abría ante nosotros», dijo Schabowsky durante un encuentro con un grupo de corresponsales extranjeros realizado en Berlín. «Abrir el Muro fue una decisión táctica y no humanitaria, que debía acabar con la presión popular y mantener con vida al régimen. Por eso, yo no me considero el héroe que abrió las fronteras. Actué para tratar de salvar a la RDA».

Egon Krenz, que había tenido éxito en el golpe que acabó con la carrera del anciano y enfermo Erich Honecker, también creía que la única forma de impedir que el comunismo se hundiera en un caos total era abrir, poco a poco, las fronteras con Occidente, una medida que ayudaría a poner fin al éxodo de los compatriotas que huían a través de Hungría y Checoslovaquia y, al mismo tiempo, serviría para recibir un multimillonario crédito de Bonn.

Cuando Krenz recibió el borrador final de la ley que permitía el viaje al extranjero de sus compatriotas, siempre y cuando poseyeran un pasaporte válido y contaran con las visas correspondientes, no vaciló en presentarlo al Comité Central como un documento histórico que obraría el milagro de reconciliar a la población con el régimen. Pero el efímero secretario general del Partido Comunista y sus colegas también cometieron un error histórico la tarde del 9 de noviembre de 1989. Nadie se preocupó de ver la rueda de prensa de Schabowsky por televisión y siguieron discutiendo hasta casi las nueve de la noche. «Todos nos fuimos a casa sin saber lo que había dicho», recordó durante un encuentro con la prensa.

¿Fue ésta la razón por la cual Jäger decidió abrir el muro sin haber recibido la autorización de sus superiores? «Es posible», admitió el ex oficial de la Stasi. «Esa noche hablé en varias ocasiones con mi superior, el coronel Rudi Ziegenhorn, para recibir órdenes, pero siempre me dijo que había que respetar la ley. En realidad, nadie sabía lo que se podía hacer y por eso tuve que actuar en solitario».

Poco después de la medianoche, Jäger volvió a coger el teléfono para comunicarle al coronel Ziegenhorn lo ocurrido. «Me temblaban las rodillas cuando marqué el número, pero su respuesta me tranquilizó y me sorprendió». Al otro lado de la línea, el mando pronunció una breve frase y colgó: «Das ist gut, mein Junge» (Bien hecho, joven).

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