Hartos de los políticos

L os ciudadanos están más que hartos de la serie de corrupciones protagonizadas por algunos personajillos, denominados políticos por error y nominados a salir rápidamente de escena. La arena pública no es el lugar idóneo para las fechorías ni para los delincuentes.

Vía prensa, radio o televisión asistimos cada día a un espectáculo corrupto que no es fácil de soportar. En el ámbito local, algunos funcionarios han denunciado un «concurso tramposo para altos cargos forales», en el que parece ser que un cursillo interno de veinte horas (para dibujar un perfil a la carta y perpetuar los puestos de trabajo) tiene más validez que un doctorado. En el ámbito nacional, una casta de 'chorizos' que carecen de credibilidad airean sus penas en público sin ningún atisbo de vergüenza y derraman lágrimas de sudor por la pérdida del 'estatus quo' adquirido. Y lo peor es que los casos Gürtel, Can Domenge, Palma Arena, El Egido, Matas o Palau generan un enorme malestar, desconfianza y hartazgo por la incoherencia existente entre el discurso y el acto del político.

Aún así, no está bien que paguen justos por pecadores, ni que se aprovechen de esta situación aquéllos que desde una posición escéptico-cínica sentencian desde su poltrona que 'todos los políticos son iguales y quieren lo» mismo'. Este tipo de enunciados no hacen más que desvirtuar los principios éticos democráticos, y servir de excusa para justificar determinadas actitudes y actos a quienes desde una posición relativista defienden el 'todo vale' .

Los individuos implicados en los casos de corrupción tienen en común que, con el fin de medrar, hacerse un patrimonio de manera ilícita o compensar un ego debilitado, actúan como si no estuvieran sujetos a los dictámenes de la ley y proceden de un modo similar al sujeto de estructura perversa, desencadenando angustia e impotencia en los ciudadanos.

El mismo malestar que produce el repetido perfil de político mediocre, sin currículum, con tendencia al amiguismo e intercambio de favores. Individuos de escaso talento que han realizado 'oposiciones laborales' a político en pasillos, reuniones o agrupaciones de partido; que se han metamorfoseado en candidatos a la estupidez y que se identifican como personas con el supuesto poder que les otorga su cargo para lo peor; es decir, para su propio beneficio, en detrimento del bien público. Entre los requisitos previos para aprobar estas 'oposiciones' están los de carecer de criterio propio, poseer una buena dosis de sumisión con los altos mandos y disponer de un ego insaciable de grandeza, así como blindarse contra la vergüenza, la autocrítica y las críticas ajenas.

No estaría de más que se revisaran y actualizaran las condiciones de quienes van a desempeñar cargos públicos, erradicando de raíz este tipo de postulaciones decimonónicas estructuradas en torno al amiguismo y a unas señas de identidad. Asimismo, conviene crear las condiciones oportunas para que se produzca en los partidos políticos un marco de reflexión en torno al lugar que debería ocupar la ética en la formación de los sujetos que desempeñan una función política por su indudable repercusión en la salud de la democracia.

Y como no conviene confundir la parte con el todo, aunque sí evitar el efecto perverso y desestabilizador que generan los actos corruptos, es necesario dignificar la tarea que realizan muchas mujeres y hombres honestos en el contexto político, defensores a ultranza de los valores e ideales democráticos. Precisamente por eso, para restituir la credibilidad en la clase política y la moral del ciudadano, es oportuno, entre otras cuestiones, que se produzca una mayor transparencia, diligencia y endurecimiento de las penas en los casos de corrupción y tráfico de influencias.