«A Gorliz no se viene sólo a morir»

El hospital se ha transformado en casi un siglo de sanatorio infantil en centro puntero de rehabilitación y cuidados paliativos

EVA MOLANOGORLIZ
La directora posa junto a la entrada del hospital. / PEDRO URRESTI/
La directora posa junto a la entrada del hospital. / PEDRO URRESTI

El Hospital de Gorliz se asoma a la bahía como un palacio de cal. El alma primitiva del centro aún se conserva en los cristales tintados, los libros centenarios y los muebles restaurados. El antiguo sanatorio ha sabido renovarse, pero aún guarda recuerdos de su primera época, cuando niños enfermos correteaban por los amplios pasillos y terrazas con vistas al mar. Ha pasado un siglo desde que el Doctor Enrique Areilza, junto con el también médico Luis Larrinaga, consiguieran que la Diputación aprobase un proyecto para la construcción de un sanatorio para el tratamiento de las tuberculosis ósea infantil. Y 90 años desde que entrara en funcionamiento. En este tiempo, Gorliz se ha convertido en referente para la rehabilitación física y neurológica, así como en cuidados paliativos. El año pasado, acogió 2.054 ingresos, de los cuales 822 se inscribieron en este área. Pero, además, 2.270 pacientes se rehabilitaron en las instalaciones específicas del centro.

Esta realidad se opone a la percepción del recinto como un «lugar a donde se va a morir», aunque, desde luego, sea un sitio privilegiado para despedirse del mundo. «Queremos que se nos conozca por lo que somos, no sólo por una parte de lo que hacemos. Hacemos muchas cosas. Estamos orgullosos de tener una unidad de cuidados paliativos, aunque no todos los pacientes de paliativos están en la fase terminal de su enfermedad. La parte final de la vida forma parte de la misma, porque la vida es todo. De 149 camas, los pacientes de cuidados paliativos solo ocupan 24. Es, además, una unidad con altísimo grado de satisfacción por parte de los ciudadanos y de los trabajadores», se enorgullece la directora gerente de Gorliz, Carmen Rodríguez.

El pueblo más soleado

Los planos del hospital se aprobaron el 15 de abril de 1910 y las obras comenzaron el 29 de abril del año siguiente. El centro fue inaugurado en junio de 1919. Su arquitectura es similar a la de otros sanatorios marinos que también pueden encontrarse en Francia. Se escogió este emplazamiento porque Gorliz es el municipio vizcaíno de la costa vasca con más horas del sol al año. A finales de 1935, contaba con 240 pacientes. Todos fueron evacuados al inicio de la Guerra Civil. En los años 60, y con las mejoras socioeconómicas, la tuberculosis casi desapareció entre la población. Entonces, se barajó hacer de Gorliz un hospital pediátrico, aunque finalmente se optó por readecuarlo para la función de rehabilitación, con la construcción de una piscina terapéutica.

Allí comenzaron a tratarse las enfermedades infantiles, que recogieron el testigo de la tuberculosis, como la parálisis cerebral, las alteraciones del crecimiento o las enfermedades neurológicas. Pero el paso del tiempo también cambió las necesidades asistenciales y, en 1985, cuando el centro se integró en la red de Osakidetza, no estaban ocupadas más que 250 de las 400 camas existentes. Ya en 1989, los cirujanos ortopédicos se distribuyeron por los hospitales de agudos de Euskadi. «La ortopedia infantil era muy potente. Aquí ya no se opera, porque, cuando nos incorporamos a la red vasca, la cirugía ya estaba integrada dentro de los centros de agudos», indica Rodríguez. Entonces, el hospital se abrió a las necesidades de Osakidetza y comenzó a tratar a adultos que requerían de rehabilitación neurológica y de traumas. «La plantilla va cambiando. Se incorporan enfermeras, fisioterapeutas, auxiliares y el resto de perfiles profesionales, y las monjas de la Caridad abandonaron el centro. El Hospital ha estado virando para buscar el rumbo, en continuo proceso de adaptación, pero aprendiendo de nuestra historia. Hacemos lo que hacemos porque es lo que en este momento se necesita», explica.

Desde 1994 hasta ahora, se ha consolidado la Unidad de Cuidados Paliativos y se ha creado la Unidad de Estabilización y Convalecencia. Pero la rehabilitación sigue siendo su punto fuerte, haciendo honor a sus orígenes. El aire puro y la brisa del mar constituyen también hoy «un valor añadido» para los pacientes.

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