Venecia con nocturnidad

En la víspera de embarcar, un paseo de noche por la ciudad flotante es una experiencia capaz de sobrecogerte y muy distinta de la visita diurna

POR ÍÑIGO DOMÍNGUEZ
El Gran Canal/
El Gran Canal

El viajero suda en el tren de la estación Termini de Roma que parte rumbo a Venecia dentro de un minuto. Casi lo pierde, pero eso no es nada si piensa que sólo en el último momento se percató de que el crucero salía un día antes de lo que creía. Zarpa al día siguiente por la tarde. Siempre corriendo, cometiendo los mismos errores, el viajero se sorprende de que le salgan las cosas. Sus partidas siempre son agónicas y sabe que durante todo el viaje le perseguirá la obsesión de perder el barco en un puerto remoto. Y siempre antes de salir, un cansancio repentino, una pereza monstruosa por el viaje. Le anima el pensar que cenará en el vagón restaurante, como en las películas.

Tiene que reponer fuerzas porque para ajustar los gastos, por la crisis, y empezar la aventura ha decidido hacer algo suicida, pero interesante: ir al hotel más barato posible en Venecia, la ciudad de los precios inhumanos. Ha encontrado un hotel de una estrella por 82 euros, que ya está bien, el más barato en Internet. Había uno de 60 euros, pero con baño compartido. Le parecía demasiado, sobre todo para los otros huéspedes. Si muchos hoteles venecianos de tres estrellas parecen de una no quiere ni imaginar cómo serán los auténticos de una. Quizá le den una manta y una góndola.

El tren sale de Roma como de todas las ciudades, a escondidas y por detrás del decorado. Pocas ciudades son bonitas llegando en tren, pero Venecia es una de ellas. En Mestre el vagón se vacía, se acaba el mundo real y se entra en la laguna. Es una transición mágica hasta que al fondo aparece una línea extraña, con torres en medio del agua. La ciudad imposible. Pero al viajero aún le quedan cuatro horas de viaje. El viajero es muy de trenes, aunque en España, no sabe por qué, siempre le acaba tocando hacer transbordo en Miranda de Ebro y cosas así, de los cincuenta. De todos modos le gustan los bares de las estaciones perdidas para mirar las cintas de El Fary y de Porritas de Badajoz. Últimamente ha visto que los trenes van perdiendo los compartimentos, el último intento industrial de promover conversaciones. Muy a su pesar, la gente terminaba hablando y hasta comparando las tortillas. Ahora todo se dirige al relax individual.

No podré casarme a bordo

Para hacer tiempo el viajero da un paseo por los vagones. Hay muchos pasajeros absortos ante sus ordenadores. Esto ya es normal. El viajero recuerda cuando se miraba mal al que iba por la calle con un móvil, no hace ni diez años. Se diría que hay un gran ambiente de trabajo, pero se fija y ve que la gente hace solitarios o juegos de memoria con manzanas. Cualquier cosa con tal de no leer. El viajero decide, para familiarizarse con su crucero, ojear la 'Guía del crucerista', neologismo que sugiere, o quiere sugerir, que hay gente que se dedica a esto. «Nadie se aburre en un barco. Ud. encontrará un casino, teatro, discoteca, gimnasio, clases de aerobic, piscina, karaoke... Cada barco suele contar con un equipo de animadores que se dedica las 24 horas al entretenimiento de los clientes». El viajero empieza a preocuparse: ¿será que los pasajeros estarán desanimados? Desde luego él va muy motivado.

Luego pasa a las preguntas: «¿Qué personas encontraré a bordo? Personas que vienen de todo el mundo y que tienen en común las ganas de divertirse». «¿Qué pasa en caso de mal tiempo? Nuestros itinerarios están estudiados para ofrecer los mares más bellos y calmos del mundo». Hombre, garantizan el dominio de los mares, como la Serenísima República de Venecia. Se queda uno más tranquilo. Hay muchas preguntas extrañas: ¿Dónde está la pantalla gigante? ¿Cómo puedo orientarme en la nave? ¿Puedo casarme a bordo? «No es posible, ni con el rito civil ni religioso». Eso está bien, que luego uno se pasa con las copas y no se sabe cómo amanece. Tras comprobar que hay incluso té de las cinco, el viajero se asoma al vagón-cocina y ve que echan la pasta en la cazuela. En Italia están cosas son sagradas y quiere decir que en cinco minutos se cena. Hala, a ver a los camareros haciendo equilibrios con la bandeja.

Tras la cena se queda frito. Cuando se despierta el vagón está medio vacío y los pocos pasajeros se mueven a las ventanas de la izquierda. Están llegando a Venecia por la vía por donde entró el primer artefacto de motor, una locomotora, en 1846. Fue la primera violación contemporánea. Ahora con los cruceros es como un abuso en grupo. Ya se ven las luces solitarias de las islas, la sombra oscura de San Michele, la isla de los muertos, los destellos naranjas de los postes en el agua. El tren entra a medianoche en la estación y hay una muchedumbre de mochileros y turistas en el andén. Escapan de Venecia para dormir en tierra firme y evitar sus precios. Como más de la mitad de los 20 millones de visitantes que recibe la ciudad al año. Sale el Intercity nocturno a Nápoles, miles de paradas y diez horas de viaje. Eso sí que es una odisea.

En el escenario teatral

El viajero sale de la estación y aparece en el escenario irreal y teatral del Gran Canal. Nunca se olvida la primera impresión al verlo. El hotel está al lado de la estación, en la calle Misericordia. Con ese nombre espera que se apiaden de él. Los alrededores de las estaciones siempre tienen un ambiente delictivo, fronterizo. En el hotel le recibe un dependiente eslavo.

Al abrir la habitación el viajero es todo suspense, pero ve que no está mal. Tom Waits lo rechazaría, pues parece que iba adrede a sitios cutrones. A veces el malditismo hay que currárselo mucho. Fiel al estilo hotelero veneciano, la habitación no renuncia al aspecto palaciego con floripondios y listas de colores. Lo que sospechaba: los hoteles de tres estrellas y los de una son iguales. De hecho, en la lista de precios está escrito 60-230 euros. Lo que se llama una horquilla de posibilidades. La astronomía se vería impotente para averiguar el criterio de colocación de las estrellas de los hoteles en Italia.

Animado, el viajero sale a dar un paseo. Venecia, que toda persona afronta como un laberinto, de noche es otra ciudad, aún más misteriosa. Se adentra en las callejuelas en busca de lo más difícil de ver en Venecia: venecianos. Vaga por Cannareggio hacia las zonas menos frecuentadas. Al cabo de un rato ve ropa colgada y gente paseando al perro. Pasa una lancha con música a todo volumen, Chris de Burg. El viajero siempre se sorprende de que en Venecia tengan las cosas más normales del mundo, hasta las peores, como Chris de Burg, pues parece otro planeta. Como cuando se va a otro país y se descubre que conocen a Chiquito de la Calzada. Al viajero le pasó con un albanokosovar, cuyo único conocimiento del español era 'No puedo', 'Por la gloria de mi madre' y 'Pecador'. Sólo podían hablar en inglés o con diálogos de frases de Chiquito. «¿Comoor?», etcétera. Se reían pero no se avanzaba nada. En Venecia lo normal parece raro. Hasta que se ven los interfonos y se comprende que también allí viven personas reales, con dirección postal. Pero con numeraciones recónditas e infinitas, hasta el seis mil y pico. Venecia, en realidad, es vecinal, de patios y rincones, pero con aire de logia oculta.

El viajero sigue a la deriva hacia el borde de la ciudad, donde empieza la oscuridad de la laguna, ese embrujo que ha protegido Venecia de intrusos durante siglos hasta que logró entrar Napoléon en 1797, porque se puso cabezón. En las calles, silencio total, auténtico silencio original, conservado como era hace siglos, que nunca ha conocido los coches. A veces en callejones solitarios, ante la falta de costumbre, llega a percibirse como silencio de peligro, antiguo, de bosque. En ocasiones, el ruido del agua hace pensar al viajero que alguien le sigue. Pero sólo hay canales inmóviles donde quizá el último círculo en el agua se dibujó hace un siglo. Un mendigo que parece momificado duerme en un muro. Si se cae se lo tragará el agua sin dejar rastro. Se asoma una rata. ¿Cuántas ratas habrá en Venecia? ¿Desde cuántas generaciones? Tendrán apellidos de renombre. En las ventanas se ven lámparas de araña en mansiones deslumbrantes. En un recodo se desliza entre las sombras una góndola con una pareja acurrucada, una de las cosas más bonitas de esta vida.

Una pareja romántica

Al viajero se le pasa la ensoñación poética al topar con una pareja de estadounidenses, o americanos, como se suele decir. Ella va descalza con un vestidito volátil y una rosa. Él le lleva los zapatos de tacón inverosímil en una mano y, en la otra, una enorme cámara de fotos. Aunque están de noche romántica parecen muy perdidos. Él resuelve la situación con aire marcial al parar una lancha. Le grita, en inglés, que le da lo que quiera por llevarles a San Marcos, que está lejísimos. El tipo dice que no y se va. Parecen asustados por el salvajismo de los nativos. Venecia está escondida, inmutable, bajo toneladas de tópicos. El viajero repasa el podio: puerta de oriente y occidente, entre la tradición y la modernidad, crisol de culturas, marco incomparable. ¿Dónde empieza Oriente? Para el viajero, en donde está ahora, en el Campo dei Mori, en esa estatua torcida, torva y fantasmal de un moro con turbante bajo la casa de Tintoretto. Más adelante hay relieves de camellos. En Venecia se intuyen vetas de influencia exótica que entraban al corazón de Europa. Arabescos y líneas sinuosas. Hasta las pisadas tienen sonido de percusión oriental.

Al viajero le gustan las cosas misteriosas y los símbolos arcanos. No porque se crea el rollo esotérico, sino porque es muy entretenido. Un conocido, guía de lujo, le pidió una vez un libro porque le había llegado un cliente especial obsesionado con la cábala y tenía que hacerle una ruta rara por Venecia. Resulta que era Madonna. Era un par de años antes de se supiera que esta chica flipaba con la cábala. El viajero tuvo una exclusiva sin saberlo, pero cómo iba a pensar que una estupidez así era una noticia. Luego lo vio como titular en los diarios. Nunca aprenderá. Pero le hace gracia imaginar que Madonna se tragó las tonterías de su libro. No se hace responsable.

El viajero llega a su iglesia favorita, Santa María dei Miracoli. Parece que uno la podría abrir como una cajita, meter la mano y sacar un bombón. Luego, en su recorrido iniciático a ver si se le pega algo, pasa por la Corte (patio) Sconta, también Arcana, y que en realidad no se llama de ninguna de las dos formas, pero es donde empieza el viaje del Corto Maltés hacia el lejano Este. Después el viajero se llega a la corte del Milion. «Aquí estaban las casas de Marco Polo, que viajó a las más lejanas tierras de Asia y las describió», dice una placa. El chaval salió de casa con 17 años, no como ahora que se apalancan hasta los 35, volvió un cuarto de siglo después y dictó un libro cojonudo, uno de los mejores. Y sin Erasmus ni nada. Esos eran viajeros, y no el viajero.

Se sienta un rato en el patio de Marco Polo a ver si recibe alguna señal. A veces hace estas tonterías. Hace años leyó un libro de un maestro yogui que aseguraba que basta invocar intensamente la presencia de una persona para que se aparezca y se concentró pensando en la chica que le gustaba. A día de hoy no ha obtenido resultados. Quizá se le apareció a otro por error de cálculo. Era antes del GPS. A lo mejor es que el viajero no es de concentrarse. Habla y se distrae en clase. En el patio de Marco Polo le pasa parecido y empieza a aburrirse. Sólo pasan guiris borrachos. Pero al cabo de un rato cruza la placita un chino, que vendrá de cerrar alguna tienda, y el viajero da la señal por buena. Al día siguiente comprobará que cientos de locales del centro de Venecia ahora son de chinos. A la familia Polo le haría gracia, o ninguna.

Cuando el viajero llega a la parada del 'vaporetto', evidentemente, se está yendo uno. Esperar el 'vaporetto' de madrugada es una cosa sin tiempo. Al final llega y el viajero se sienta en la popa. Contempla embobado cómo se deslizan los palacios. El Gran Canal es la calle más bella del mundo. Brodski dijo que el lento avance del 'vaporetto' a través de la noche es como el paso de un pensamiento coherente a través del subconsciente. Como siempre que se halla en un lugar hermoso, piensa en la gente que quiere y le gustaría que lo viera. En Venecia, pero de noche, uno se reconcilia con los humanos. Cuando se ponen son capaces de hacer estas cosas, una delicia de la civilización.

Vuelve al hotel a las tantas, dormirá poco y tiene que salir pronto, en unas horas. El recepcionista le mira como diciendo: ¿Pero tú para qué has cogido la habitación? Es como oír la voz de los Supertacañones o de los de administración. Antes de ir a la cama, armado con la toalla, se lía a zurriagazos con los mosquitos. Al día siguiente irá a otra ciudad, Venecia de día.

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