El Kurding Club

En el Bilbao de finales del siglo XIX surgió, de la mano de un grupo de jóvenes burgueses, una de las sociedades más vitalistas, originales y polémicas de cuantas habían existido hasta ese momento

IMANOL VILLA| BILBAO
Cuadro de Anselmo Guinea en el que se representa a socios del Kurding Club. / E. C./
Cuadro de Anselmo Guinea en el que se representa a socios del Kurding Club. / E. C.

A finales del siglo XIX, un grupo de jóvenes burgueses formaron una sociedad a la que durante muy poco tiempo se conoció como El Escritorio. Su principal y más rabioso objetivo no fue otro que el de plantear a las claras y de forma tajante una ruptura generacional. Es decir, como señaló Emiliano Arriaga, «ridiculizar las prácticas viciosas de la sociedad en que viven y favorecer sin límites las bellas artes». No obstante, semejante osadía situó a todos sus integrantes en el centro de una polémica en la que la inmoralidad, la desfachatez y las acusaciones de practicar comportamientos impropios de gentes de buenas familias se convirtieron en tajantes acusaciones encaminadas a borrarlos para siempre de la faz de Bilbao.

El mismo Unamuno afirmó que aquella sociedad no era más que un antro de señoritos viciosos. Hijos de papá que lo habían tenido todo y ya no sabían cómo pegarla. Y es que, para los bienpensantes de la época no resultaba difícil pensar mal, más si cabe, cuando el nombre de la sociedad pronto se cambió para adoptar otro mucho más conectado con las sospechosas prácticas de los socios: el Kurding Club. Con semejante apelativo, los negativos prejuicios sobre sus integrantes -más aún si se tiene en cuenta que el término 'kurding' procede de kurda, que significa borrachera- surgieron casi desde el mismo momento de su fundación.

A pesar de ello, tampoco faltaron testimonios encaminados a defender la integridad de la sociedad y de los socios en cuestión. José de Orueta, uno de ellos, señaló que el Kurding para nada era «un grosero alarde de incontinencia y una cínica jactancia de la borrachera entre señoritos». Su pretensión no era otra que la de apoyar el arte en todas sus formas de expresión.

Los locales del Kurding Club estaban situados en El Arenal frente a la fachada lateral del Teatro Arriaga, el mismo lugar que años más tarde albergaría el Orfeón Bilbaíno. Su decoración fue obra de pintores tales como Manuel Losada, Ignacio Zuloaga y Anselmo Guinea. En concreto, el panel de este último representa a varios de los socios en una actitud algo distendida y bastante «alegre». Entre el mobiliario, amontonado o expuesto, destacaban objetos de todo tipo que iban desde armas, instrumentos musicales, un billar, fotos, dibujos, sombreros mexicanos, caretas chinas y japonesas, vértebras de pescado en bastones, telas raras traídas de la India y hasta una reproducción de la primera comunión de Guiard. También se veneraba una colección de chilabas, pues éstas formaban parte de la uniformidad de los socios. Las rojas eran para los solteros y las blancas, para los casados. Entre todo aquel mundo heterogéneo destacaba, en lugar visible, un loro llamado Ubano, que, según decían, había sido traído de Cuba y al que mimaban en exceso, ya que le daban de comer chocolate, terrones de azúcar, cognac, etc. Pero, posiblemente, una de las piezas más valoradas entre la decoración del Kurding Club era la cabeza de Terencio, famoso gigante habitual en las fiestas de la villa.

Los momentos más importantes de la sociedad eran las celebraciones del día de los Inocentes y del 2 de mayo. Además, organizaban sesiones en las que no tenían reparo alguno en invitar a damas. Pero esto, que indudablemente condujo enseguida a elaborar multitud de conjeturas, no era lo único. Se programaban eventos de tipo cultural, tales como concursos de carteles, exposiciones de pinturas, pequeñas veladas musicales y tertulias, éstas últimas casi siempre acompañadas de una buena cena y regadas con excelentes vinos. Sin embargo, y a pesar de ese sesgo cultural sobre el que hacían hincapié sus socios, no tardaron mucho sus detractores -tradicionalistas y socialistas, principalmente- en elaborar todo un cúmulo de acusaciones en las que lo orgiástico formaba parte consustancial de las mismas. En definitiva, la conservadora sociedad bilbaína veía con muy malos ojos a aquellos jóvenes que, según decían, tenían comportamientos en exceso liberales. La prensa y, sobre todo, los púlpitos de las iglesias, se convirtieron en los focos principales de ataque y derribo del Kurding Club. Sus socios eran tachados de viciosos, de borrachos y de inmorales. Jóvenes ricos que, como no tenían otra cosa mejor que hacer, se entregaban al vicio más descarnado.

Orgía en el balneario

Indudablemente, buena parte de las acusaciones no eran del todo ciertas. Pero también es verdad que determinadas actividades organizadas por la sociedad en cuestión o por algunos de sus miembros los colocaron en el ojo del huracán. De todos los escándalos protagonizados por los socios del Kurding, destacó el de la excursión, al parecer no organizada por el club, que algunos de ellos realizaron al balneario de Puente Viesgo, cerca de Santander, en compañía femenina. Las calenturientas mentes de los más conservadores enrojecieron con sólo imaginar lo que allí había ocurrido. Se llegó a decir, tal y como recordaba Indalecio Prieto, que las pilas de baño del balneario «se llenaron no con agua clara del cercano manantial, sino con dorado champán». Y claro, con tanto desenfreno alcohólico, «al comer y al beber se juntó el arder». Es decir, que lo que ocurrió entonces, según los más recalcitrantes, fue una orgía de las de manual. Desenfreno por los cuatro costados. Alcohol y sexo a manta.

Con todo aquello, el Kurding Club tenía los días contados. Para empeorar más la situación, un misionero llegado a Bilbao e informado del antro de perdición que había en la villa, lanzó una homilía demoledora contra ellos. Fue la puntilla a pesar de que, como llegó a confesar José de Orueta, «se aclaró el incidente y el excelente padre misionero, cuya buena fe fue sorprendida, lo reconoció así». Pero ya nada se pudo hacer. El Kurding Club, producto de una generación nacida en plena etapa de progreso e industrialización de Bilbao, murió tras catorce años de existencia. Aún así, queda el recuerdo y la leyenda.

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