Cuarto gol del 'hooligan' de Man

El británico Cavendish no tiene rival en los sprints del Tour y sólo mitos como Cipollini o Maertens le superan

J. GÓMEZ PEÑA| ENVIADO ESPECIAL. SAINT FARGEAU
Cavendish, a la izquierda, se anota su cuarta victoria de etapa en el Tour por delante de Farrar. / AP/
Cavendish, a la izquierda, se anota su cuarta victoria de etapa en el Tour por delante de Farrar. / AP

«Si no fuera por la bici, sería 'hooligan' de algún equipo de fútbol». Autodefinición de Mark Cavendish, ganador ayer en Saint-Fargeau. Su cuarta victoria. Y en sólo once etapas. Nadie puede con él en este Tour. Sus rivales vienen de los archivos: Cipollini sumó cuatro triunfos en las ocho primeras etapas del Tour 1999. Y Maertens, cuatro de siete en 1976. Sólo ellos son aún más rápidos que el 'hooligan'

«En el colegio no era un alumno fácil», confiesa. «¿De dónde viene?», le preguntaron el año pasado, cuando también sumó cuatro dianas en el Tour. «De la pista», del velódromo, de ser campeón del mundo de 'madison'. Ya, pero, ¿de dónde es? «Ah, de Man, de la Isla de Man». De un trozo de tierra, 50 kilómetros de largo por 20 de ancho, en el mar de Irlanda. De un lugar sólo conocido por ser un paraíso fiscal, por ser cuna de los 'Bee Gees' y por la carrera de motos más terrible del mundo, la 'Tourist Trophy'. Tiene más de un siglo de historia, 60 kilómetros de recorrido, 264 curvas y más muertos que vencedores: 220 víctimas. Están locos estos chicos de Man.

Elefante en la cacharrería. Así irrumpió en el pelotón en 2007. Pozzatto le llamó «arrogante y peligroso». Un chico de mofletes rosas que repartía codazos en cada sprint. Un niño con una pistola. Un zumbado más de Man, la isla de las motos locas. Cavendish se puso como modelo a McEwen, otro tipo con espuelas. «Hay que ser majo fuera de la carrera, pero nunca dentro», le recomendó el australiano.

En el Tour 2008, cuando le preguntaron si se consideraba el mejor esprinter del mundo, contestó: «Sí». Le llaman 'bad boy'. Chico malo. Malo fuera, el mejor dentro del sprint. Alcanza 1.580 vatios de potencia, aunque no es ésa su clave, sino la combinación de fuerza y aerodinámica. Mide 1,75 y pesa 69 kilos. Es un velocista de talla baja, encogido. Un gato. Retráctil. Nunca le da el aire. Y no le tiene miedo a nada. 'Motero' de Man. Bomba.

Siempre miró desde lo alto. Vive en la colina más elevada de su isla. Y cada día tras el entrenamiento sube los tres kilómetros de cuesta hasta su casa. Con muros del 15%. Paradójico entrenamiento para un velocista. Pero así es. Cuando vuelve a Man desde su residencia ciclista en Toscana (Italia), escala hasta su granja de tres hectáreas, pasea por su granero de 200 años y sólo vuelve a la «tierra firme» del continente para ganar carreras. Como la Milán-San Remo o cada sprint de este Tour. Y tiene sólo 24 años. Sus rivales maldicen el día en que decidió no ser un 'hooligan'.

Eso hicieron ayer Farrar, Hushovd y Freire. Abatidos de nuevo por el 'hooligan'. Desmoralizados en medio de la Borgoña, la tierra del vino y los caracoles, que aquí comparten mesa. Nada que hacer ante Cavendish. Eso sí, al menos ayer el público sí tuvo etapa. Los ciclistas olvidaron la huelga de los pinganillos y gastaron las fuerzas ahorradas el martes. Azuzados, recorrieron 50 kilómetros en la primera hora.

Aplaudidos por pueblos barnizados con banderas del Tour, con globos, con niños que aún sueñan con subirse un día al tren del pelotón. Van Summeren, un belga de 1,97 metros, y el polaco Sapa se adelantaron para iniciar la visita a la húmeda y profunda Borgoña. Fertilizada por cien ríos. Un bosque enjoyado de castillos. Una recta bajo un techo de árboles.

Escapada controlada

El Ag2r del líder Rinaldo Nocentini y el Columbia de Cavendish jugaron con la fuga. Bien atada con el cordel de los pinganillos. Todo estaba bajo control salvo la desgracia. El portugués Rui Costa tocó la rueda trasera de un compañero y tiró a su equipo, el Caisse d'Epargne. Sanwich de ciclistas. A capas unos encima de otros.

Rui Costa terminó el último la etapa y acabó en el hospital. La factura del Tour. En la meta, el navarro Oroz gritaba: «¡Casi no llego!». Y se agarraba con la mano el calambre de la pierna. Tiesa, de madera. Un minuto y pico antes que él había llegado el cuarto sprint de Cavendish.

Distinto. En la meta inclinada de Saint Fargeau, un pueblo de 1.800 vecinos. De castillo, historia, lago y bosque. Cuatro componentes. Cuatro victorias. El último lanzador del Columbia, Renshaw, atinó con su trabajo y dejó a su jefe a 150 metros. Hushovd venía a la rueda de Cavendish. Farrar al lado. El 'hoolingan' miraba, calibraba. Llevaba gas de sobra. Turbo. «Era en subida, así que he puesto el piñón de trece dientes». Más ligero que el de once. Ágil. El sprint es para él como el balón que viene botando para un delantero. Una tentación. Un gol. Cuatro. Así le pega al ciclismo este 'hooligan'.

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