El Tourmalet se aburre

Los Pirineos se cierran con una etapa malgastada por los favoritos que ganó Fedrigo

J. GÓMEZ PEÑA| ENVIADO ESPECIAL. TARBES
Los aficionados animan a los ciclistas en la subida al mítico Tourmalet. /AFP/
Los aficionados animan a los ciclistas en la subida al mítico Tourmalet. /AFP

Velocidad limitada en el Tour. La presencia de Armstrong, Contador y el Astana intimida. Así que todos subieron el Tourmalet por el carril derecho. El lento. Y el viejo monte, acostumbrado a mil batallas y a alinear a los derrotados, se aburrió. Como Contador: «Me hubiera gustado subir más rápido».

La memoria del Tour ha pasado muchas veces por aquí. Como en 1969, cuando Merckx se escapó vestido de amarillo durante 140 kilómetros. Y ni siquiera para ganar, sino por rabia, por la traición de un gregario. Como en 1991, el año que el viejo Tourmalet descorrió el inicio de la 'era Induráin'. Como en 1926, cuando aquella tremenda tormenta, cuando los ciclistas tuvieron que orinarse en las manos para reactivarlas y poder usar el freno. O como en 1913, aquella tarde que Chritophe rompió su bicicleta y tiró 14 kilómetros a pie hasta una fragua. Se le hizo allí de noche y cuando el herrero quiso parar la reparación un momento para ir a cenar, el ciclista francés le agarró del brazo y le dijo: «Come carbón». El Tourmalet ha tenido tiempo para verlo todo. Pero nunca lo de ayer: una etapa que casi acabó al sprint, que ganó Fedrigo y que perdió Freire. Así de amordazado corre el Tour bajo la dictadura del Astana.

Y eso que al principio de la etapa la tendencia fue la aceleración. Hasta Armstrong se regaló una arrancada teatral a la que respondió el líder inesperado, Nocentini. Hubo más. El Saxo Bank de los hermanos Schleck lanzó a Voigt. El Cervélo de Sastre, a Haussler. Dos indicios de una batalla que nunca llegó. Sólo sirvió para montar una fuga a la que se sumaron Pellizotti, Fedrigo y Duque, y para revolucionar al Euskaltel-Euskadi, sin presencia en ese grupo y a la vista de toda su afición. Amets Txurruka y Egoi Martínez, con Moncoutié, Efinkin y Garate, formaron el segundo vagón de la etapa, el que no llegó a la meta. Pero los Pirineos son justos. Vieron por tercera vez en tres días la fuga de Egoi. Le hicieron reverencia y le otorgaron el maillot de lunares, el sello de la cordillera, el de la montaña. El premio que hace tiempo merece.

De todos ellos fueron el Aspin y el Tourmalet. Memoria en piedra del Tour. Los favoritos se ausentaron. Desde la cima del Tourmalet había 70 kilómetros hasta Tarbes. Demasiado. «Había que ser muy valiente para intentarlo», dijo Contador. Y apenas quedan miembros de esa especie. «La gente está esperando a la tercera semana, la de los Alpes», comentó Sastre. En el Tourmalet sólo tuvieron trabajo los masajistas: venga a preparar bidones con agua y sales. La caravana no cruzó al carril izquierdo, el de acelerar. Todos al son que ha compuesto Armstrong para su octava balada. De eso le preguntaron: ¿Firmaría ser tercero en el Tour? «No, no firmo nada». No renunciará hasta que, si puede, Contador le obligue. No se resigna a ser un dorsal cualquiera. «Alberto está fuerte, es ambicioso, si se ve que es el mejor...». Puntos suspensivos. Igual que ha quedado el Tour tras su paso por el Tourmalet.

Por una vez, al pelotón no le afectó el terrible puerto. Velocistas como Freire y Rojas se subieron al gran grupo en el descenso. Nocentini, de amarillo aún, sonreía. Delante, Pellizotti y Fedrigo serpenteaban hacia Tarbes. Eran ya los únicos en fuga, los únicos capaces de evitar que la última jornada pirenaica acabara en un sprint masivo. Cosas de este Tour, que ha diseñado un recorrido destinado a que todo concluya en la tanda de penaltis del Mont Ventoux.

Buen olfato

Fedrigo es la nariz más larga del Tour. Otro Cyrano francés. Rápido, certero. Pellizotti es todo rizos y ha sido tercero en el pasado Giro. Tuvieron fuerza y, sobre todo, aprovecharon la debilidad de los dos equipos que quisieron cogerles: el Caisse d'Epargne de Rojas y el Rabobank de Freire. Se les hizo tarde. Andy Schleck, que pinchó a cinco kilómetros del final, empalmó con el pelotón como si nada. El sprint era imposible ya para Freire. Por eso, Fedrigo y Pellizotti inauguraron la última curva. Primero el italiano. Trazó por la sombra. En corto. Pero con Fedrigo posado en la chepa. Husmeando el triunfo. Qué nariz. Notó el aroma de su segunda etapa en el Tour, la que aburrió al Tourmalet y a Contador. La que Armstrong descontó en su viaje a París. ¿Será éste su último Tour?, le preguntaron. «Probablemente, no». «Ya no soy el jefe, como era antes -declaró-. Ya no llevo el Tour con mano de hierro». Pero en el Tourmalet eso pareció. Bien agarrado.

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