La profunda huella del terror

Cuatro víctimas de la explosión de un coche bomba en el Hipercor de Barcelona recuerdan la tragedia al cumplirse hoy 22 años del atentado más sangriento de ETA

LORENA GIL| BILBAO
María José Olivé perdió a su marido aquel día y reconoce que cada vez que se produce un atentado piensa que «ojalá sea el último»./
María José Olivé perdió a su marido aquel día y reconoce que cada vez que se produce un atentado piensa que «ojalá sea el último».

Tal día como hoy, hace 22 años, ETA perpetró el atentado más sangriento de su historia. Aquel 19 de junio de 1987 la banda terrorista hizo estallar un coche bomba en los almacenes Hipercor de Barcelona. El reloj marcaba poco más de las cuatro de la tarde. La explosión segó la vida de 21 personas, hirió a 45 y truncó la existencia cotidiana de numerosas familias. Tres víctimas de aquella masacre han compartido con EL CORREO su tragedia, la de un día que quedó grabado a fuego en sus vidas.

ASUNCIÓN ESPINOSA Y JOSÉ MANUEL ALFONSO

Heridos graves

«Recuerdo una bola de fuego subir del suelo»

Asunción Espinosa y José Manuel Alfonso solían ir todos los sábados a Hipercor a hacer las compras de la semana, pero aquel fatídico día cambiaron su rutina. Acababan de empezar el horario intensivo en el trabajo, así que aprovecharon para acercarse hasta el centro comercial justo después de comer. Faltaban cinco minutos para las cuatro de la tarde cuando llegaron al establecimiento. «Recuerdo que había policías en la puerta, así que les preguntamos si pasaba algo. Ellos nos respondieron que no, que estuviéramos tranquilos, así que entramos», relata Asun. El coche bomba estalló apenas unos minutos después. «Nos acabábamos de separar para acabar antes con la lista y poder así ir a la playa», evoca. Pasaron 28 días hasta que volvieron a verse, ya en el hospital. «Yo tenía el pelo largo, pero me tuvieron que pelar y, fíjate cómo son las cosas, no quería que me viese en esa situación. Pero la que se llevó la sorpresa fui yo al ver que él estaba peor», apunta. Asun tiene un 52% de su cuerpo quemado y su marido, un 37%, aunque sus heridas «son más profundas». «Hoy es el día que se tiene que cortar las uñas de las manos con tenazas», asegura su mujer. Ambos pasaron un año de operaciones y rehabilitación. Pese a todo el sufrimiento vivido, ella todavía no tiene reconocida la inhabilitación por acto terrorista. Se la han denegado en tres ocasiones por la vía amistosa y en septiembre irá a juicio cargada con todos los partes médicos.

Al retroceder 22 años, Asun recuerda que esa tarde llevaba un «bolso grande». Difícil de olvidar. «Me salvó el rostro», remarca. «Cuando se produjo la explosión, vi una bola de fuego que subía del suelo. Me di la vuelta y me puse el bolso en la cara», describe. Lo primero que pensó fue que «había estallado una cámara». Asun salió por su propio pie de Hipercor. «Fui hacia la luz de emergencia y entonces vi a gente corriendo de un lado para otro», evoca. Roberto Manrique, actual portavoz de la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas, pero entonces carnicero en el centro comercial, ayudó a Asun a entrar en un taxi en dirección al hospital. Su marido tuvo que ser rescatado por los servicios de emergencia. «Al no verme en la segunda planta bajó a buscarme a la primera, y allí fue donde se quemó más», añade.

La pareja tenía entonces dos hijos de 12 y 5 años, que se quedaron en casa de sus abuelos. Pero Asun no podía soportar seguir separada de ellos. «La jefa de enfermeras dejó que subiera un día la pequeña. Al verme la cara empezó a gritar y a llorar, así que no volvió. El mayor dijo que prefería verme cuanto estuviera mejor», relata. Al mes de permanecer ingresada, Asun pidió el alta voluntaria para volver a casa, consciente de que le esperaban momentos muy duros. «Cuando un hijo no te quiere ver ni tocar se te rompe el alma. Llegamos incluso a chantajearles. Les decíamos que nos picaban las quemaduras y que les dábamos cien pesetas si nos rascaban para que fueran perdiendo ese rechazo», reconoce. Tiempo después, aquella pequeña de cinco años que lloraba al ver a su madre herida tuvo que presentar un trabajo para finalizar el bachillerato. El título: 'ETA. Desde sus inicios hasta Hipercor'.

MARÍA JOSÉ OLIVÉ

Viuda

«Aún arrastro el peso por no haber podido despedirme»

María José Olivé no supo que su marido era una de las víctimas de Hipercor hasta las nueve de la noche, cinco horas después del atentado. Xabier Valls tenía su despacho de arquitectura en Santa Coloma de Gramenet y aprovechó un momento libre para entrar en el centro comercial y tramitar un cambio de billetes en una agencia de viajes. «Era la segunda vez en su vida que entraba allí», señala su mujer. Fue la última. María José recuerda cómo su hermano acudió a su casa y le transmitió que había escuchado el nombre de Xabier por televisión. No daba crédito. Se repetía una y otra vez: «¿Pero qué hacía allí?». Preguntó en el hospital Clínico «con la esperanza de que estuviese herido». Pero cuando supo que no era así, se le cayó «el mundo».

María José halló entonces la respuesta a su pregunta: «Mi marido fue a encontrarse con la muerte», expresa. Desde entonces, arrastra un tremendo «peso» en su corazón «por no haberle podido decir nada». «Es algo que queda pendiente, una breve despedida. Para mí esa mañana salió de casa a trabajar como si fuera un día normal, pero no volvió», se sincera.

María José no ha podido olvidar una conversación que mantuvo con su marido tiempo atrás. «Él era de izquierdas y nacionalista, incluso llegó a defender a Herri Batasuna. Decía que los vascos eran más valientes. Yo le respondí: 'Habla, habla, que si éstos matan con una bomba a uno de tus hijos a ver lo que dirás entonces'». Cuando ETA acabó con la vida de Xabier Valls, el matrimonio tenía dos hijos, de nueve y seis años. El día del atentado pasaron la noche en casa de la joven que les había cuidado desde pequeña mientras sus padres trabajaban -María José era profesora en la escuela suiza de Barcelona-. Su madre les fue a buscar el día del entierro y lo primero que le dijeron fue: «Papá se ha muerto, ¿verdad?». Ella asintió. «Preferí no ocultarles nada», apunta.

María José tiene muy claro que fue «la rabia» la que le dio fuerza para seguir adelante. «No me podía hundir. Tenía dos hijos y un padre de ochenta años al que cuidar», subraya. Su madre había fallecido dos semanas antes. El día después del entierro, «ya no estaba en casa, sino por ahí arreglando todas las cosas pendientes, papeles, su negocio... Eran tantas cosas y tan duro ponerse a ello», rememora. El matrimonio había trabajado «muchísimo» durante años y empezaban «a poder vivir de otra manera. A viajar y a disfrutar algo más de la vida». Sacó fuerzas de flaqueza. «No estaba dispuesta a dejar que todo nuestro esfuerzo se perdiera», sostiene. Sus amigos estuvieron siempre a su lado.

María José llegó incluso a hacer algo que a muchas víctimas se les pasó por la cabeza. Envió un telegrama al entonces alcalde de Barcelona y otro al presidente de la Generalitat en los que les decía que «debían de sentirlo mucho y por eso ni siquiera habían enviado a los afectados una carta de condolencias», revela. «Luego, sí llegaron las llamadas». Reconoce que cada vez que ETA comete un atentado piensa que «ojalá sea el último, pero luego viene el siguiente, y te das cuenta de que es una ola dentro de un mar». No tira la toalla y espera que los terroristas entiendan de una vez por todas que «nunca las ideas pueden estar por encima de la vida de una persona».

JORDI MORALES

Huérfano con 7 años

«Mi abuela no podía dejar de llorar»

Jordi Morales tenía sólo siete años cuando ETA le dejó huérfano. Sus padres fallecieron en el atentado de Hipercor. También su futuro hermano. Su madre estaba embarazada de cuatro meses. El matrimonio había quedado en el centro comercial para hacer unas compras con una amiga. «El día 24 era San Juan y querían coger varias cosas para celebrar la fiesta», evoca Jordi. Él se quedó en casa de sus abuelos. «Como yo estudiaba en Montornés solía estar con ellos de lunes a viernes porque mi casa en Santa Coloma de Gramenet me pillaba más lejos», explica. Después del atentado le trasladaron de centro escolar y se mudó con sus tíos. El 19 de junio de hace 22 años cambió su vida. Jordi era entonces muy pequeño y reconoce que no llegó a «asimilar» lo que le ocurrió a sus padres. «Me intentaron mantener al margen de todo. No fui ni al entierro, me quedé jugando», comenta. Era tan sólo un niño.

El día de la masacre, varios amigos de la familia tuvieron que ir de hospital en hospital para averiguar si sus padres habían sobrevivido. Una llamada de teléfono confirmó los peores presagios. Hay una imagen que Jordi no ha conseguido borrar de su memoria desde entonces: «Recuerdo la casa llena de gente vestida de negro y a mi abuela sin parar de llorar». ETA había llevado el ataque hasta el mismo centro de su hogar.

Tiempo después, cuando ya contaba 21 años, acudió a la Audiencia Nacional. Habían extraditado a dos etarras de Francia y unas veinte víctimas fueron a declarar. «La forma de hablar, de expresarse y de derrumbarse» le hizo ser consciente del sufrimiento que provocó aquella explosión. Jordi, que ha visto en numerosas ocasiones por televisión la imagen de los sanitarios sacando a su madre en camilla de Hipercor, tiene una espina clavada desde aquel fatídico día: que se reconozca a su hermano no nato como víctima del terrorismo. «Era una vida y ellos le mataron», apostilla. Hoy, 22 años después del brutal atentado, Jordi Morales recibirá la Cruz al Mérito en la subdelegación del Gobierno en Barcelona.