Cuando Aragón tuvo sus Médicis

Una muestra en el museo de Bilbao refleja la época de esplendor artístic0 en el siglo XVI y la vigorosa influencia de la religión

IÑAKI ESTEBAN| BILBAO
Busto-relicario de san Blas, de Andrés Marcuello Sánchez, platero, y Vallejo Cósida. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ/
Busto-relicario de san Blas, de Andrés Marcuello Sánchez, platero, y Vallejo Cósida. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ

El poder y la riqueza atrae a los artistas. Son los poderosos y los ricos los que les hacen encargos, quienes les pagan y permiten continuar con su arte. Que Florencia brillara cuando Lorenzo de Médicis gobernó en el siglo XV no fue una casualidad, y que Aragón destacase en el XVI, tampoco. La producción agrícola creció, lo mismo que la población, y la gente se movía, al igual que las ideas o el dinero. Fue la época del monarca aragonés Fernando el Católico, que reinó hasta 1516, y más tarde la del emperador Carlos I.

La muestra 'Esplendor del Renacimiento en Aragón', que se inauguró ayer en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, recrea ese mundo dinámico de artistas como el valenciano Damián Forment, el vasco Juan de Anchieta o los flamencos Pablo Scheppers y Rolán Moys, que acudieron a la llamada de la prosperidad aragonesa y dejaron allí pinturas, esculturas y orfebrería de primer orden.

La exposición, comisariada por la catedrática de Historia del Arte Carmen Morte, se compone de un centenar de obras en su mayor parte procedentes del Museo de Zaragoza, más algunas de la propia pinacoteca bilbaína y de colecciones privadas. En la presentación de la muestra estuvieron, además de la experta, el director del Bellas Artes de Bilbao, Javier Viar, el máximo responsable de Patrimonio en el Gobierno aragonés, Jaime Vicente, el director de la pinacoteca zaragozana, Miguel Beltrán, y Gorka Martínez en representación de la Fundación BBK, entidad patrocinadora de este acontecimiento artístico. Todos ellos alabaron el montaje de la exposición.

Tallas de alabastro

El recorrido empieza con las tablas de Blasco de Grañén y su taller, representante de la última etapa del gótico y muy cotizado en la época, que anticipa el fervor religioso y católico que refleja la muestra a través de diferentes episodios de la vida de la Virgen.

El patetismo religioso impregna la mayor parte del recorrido, ya que muchas obras proceden de encargos eclesiásticos, en una época en la que la Iglesia católica quería resaltar la emoción de los rituales colectivos, como las misas, contra la frialdad individual de los protestantes.

Después de los pintores Bartolomé Bermejo, Martín Bernat y Miguel Jiménez aparecen las primeras estatuas y relieves en alabrastro. La comisaria de la muestra resaltó la importancia de las canteras de este mineral en el valle del Ebro, que permitieron un desarrollo espectacular en las tallas, muchas de ellas policromadas, que llenaron las iglesias y monasterios de Aragón y les dio una riqueza muy singular.

Damián Forment, valenciano que procedía de una familia de artistas, se asentó durante unos años en el reino aragonés y formó un taller muy activo en el que trabajaron el francés Gabriel Joly y el italiano Juan de Moreto. Fue este grupo el que le dio al alabastro todo su esplendor.

La muestra deja constancia de la influencia del arte del Renacimiento italiano por medio de la obra del pintor Jerónimo Cósida. El arzobispo de Zaragoza y nieto de Fernando el Católico, Hernando de Aragón, se convirtió en su mecenas y gracias a su apoyo desarrolló una obra de colores muy trabajados -verdes, rojos, rosas- y con unas escenas, como el nacimiento de san Juan Bautista o la adoración de los Reyes Magos, que por el movimiento de las figuras recuerdan a Rafael.

En el Renacimiento aragonés hubo también civiles como el duque de Villahermosa, al que la comisaria presentó como «una persona cultísima que gastó gran parte de su fortuna en arte». El aristócrata, que se llamaba, Martín de Guerra y Aragón, contrató a Pablo Scheppers y a Rolán Moys, que a mediados del XVI establecieron el rumbo de la la pintura del reino y de su área de influencia. Unas cabezas de ángel en piedra caliza y un calvario en madera policromada, ambas del escultor de Azpeitia Juan de Anchieta cierran esta muestra que refleja el poderío aragonés y la abrumadora presencia de la religión en la época.