La Bienal invade toda Venecia

La nueva edición de la muestra de arte contemporáneo, centrada en el universo de cada obra

ÍÑIGO DOMÍNGUEZ| ENVIADO ESPECIAL. VENECIA
Obras del artista mallorquín instaladas en el pabellón español de la Bienal./ AFP/
Obras del artista mallorquín instaladas en el pabellón español de la Bienal./ AFP

Después de 114 años de historia ayer se presentó una nueva Bienal de Venecia, con la vieja vocación de volver a sorprender con algo nuevo, de reivindicar su condición de escaparate del arte de vanguardia y con la obligación de comunicar, de perturbar, de descubrir, de explicar o de abrir caminos creativos. Sobre todo de abrumar y de no aburrir. Para el sueco Daniel Birnbaum, director de esta edición, la número 53, el sentido primordial es 'Hacer mundos' (Making Worlds), título de la reseña. Con un sentido idealista del arte, argumenta que «una obra es una visión del mundo», y aunque ya se sabe que los lemas de la Bienal son una excusa como cualquier otra para aglutinar artistas dispares, con este patrón ha elegido a 90 autores.

Pero la Bienal se ha convertido en un mundo tan vasto, con sus ramificaciones interminables, que casi suplanta a la ciudad: la Bienal es toda Venecia. Los pabellones nacionales se han disparado hasta 77 países, un récord, y hay 44 eventos colaterales, que en realidad superan el centenar si se añaden los paralelos. El matiz que diferencia 'colateral' de 'paralelo' es que los primeros tienen el sello oficial del leoncito, y los otros se organizan a rebufo. Por eso miles de artistas pueden decir luego que expusieron.

La Bienal es totalmente inabarcable, salvo que se pase un mes en Venecia. La pelea por la visibilidad es durísima y ya el miércoles hubo una danza maorí en San Marcos del pabellón de Nueva Zelanda. Una muestra en la isla de San Servolo reúne a diez de los mayores artistas chinos, un submarino de colores de Ponomarev con himnos soviéticos publicita la exposición del último arte ruso en Ca' Rezzonico o Peter Greenaway revisita 'Las bodas de Caná', de Veronese, en una 'performance' en la isla de San Giorgio. Una estrella como Rebbeca Horn expone en la Fundación Bevilacqua La Masa, pero también anda por ahí Shepard Fairey, el 'graffittero' ahora famoso por el retrato 'Hope' de Obama, haciendo murales por la calle. Todo esto sin entrar en la Bienal propiamente dicha.

La muestra principal del Arsenal se abre, fiel a la ensoñación del lema de este año, con unos falsos haces de luz creados por hilos metálicos, obra de Lygia Pape, y adentra en otros mundos, a veces mezclados, como la aldea global del camerunés Tayou, un poblado africano con sonidos e imágenes de todo el planeta. A veces son mundos e identidades que desaparecen, como un águila rusa de hielo que se derrite de Elagina y Makarevich, o universos interiores de sombras que evocan delirios de Sade, en una proyección de Chan. O la obra es, en el caso de Vrisendorp, la propia invitación al espectador a plasmar su intimidad en un teatrillo en perspectiva con objetos surrealistas. El tibetano Gyatso se cachondea de los iconos y la tradición budista, mientras que Chu Yun, en una de las instalaciones más logradas, recrea una constelación de luces en una cámara oscura que es, en realidad, la nube de lucecitas de los electrodomésticos de una casa. En el palacio de exposiciones de los Jardines el protagonista es una gran telaraña metálica de Sarraceno, que da acceso en el piso inferior a una catacumba de pesadillas de Djinberg, un jardín de enormes flores muertas donde se proyectan obsesiones nauseantes. En la exposición hay un hueco para los dos premiados con el León de Oro de esta edición, Yoko Ono y John Baldassari.