El bombín de Mr. Pentland

Un entrenador inglés trajo la gloria a Bilbao y enseñó tres cosas a los jugadores: táctica, buenos modos y les explicó cómo atarse bien las botas

IMANOL VILLA
Uribe, Pentland y Chirri II. Corría el año 1930.  / EL CORREO/
Uribe, Pentland y Chirri II. Corría el año 1930. / EL CORREO

El vestuario del Athletic tras derrotar por un gol a cero al Barcelona en la final de Copa de 1932 era toda una fiesta. Jugadores y entrenador se sentían felices. Sin embargo, sucedió algo que a punto estuvo de poner punto y final a tanta alegría. Según informó el enviado de 'La Gaceta del Norte', un integrante del equipo azulgrana se presentó en el vestuario rojiblanco y manifestó a todos los jugadores su más sincera enhorabuena. Pero sorprendentemente, no hizo lo mismo con el coach bilbaíno, Mr. Pentland. Sin saber por qué, le espetó una frase durísima que nada tenía que ver con el partido. Ni corto ni perezoso, ante semejante grosería, Mr. Pentland le soltó una solemne bofetada al atrevido jugador que salió de la escena lo más rápido que pudo.

Una vez conocido el incidente, nadie censuró la actuación del inglés. Incluso el presidente del Barcelona se disculpó personalmente y se lamentó de tener en su equipo a un jugador que no sabía perder. Y es que, Mr. Pentland, además de un magnífico entrenador, era todo un caballero. Elegante y con bombín. Complemento éste último que, como ya era costumbre, fue destrozado una vez finalizado el partido.

Frederick B. Pentland fue el artífice de una leyenda real. Con un buen puñado de jugadores a los que sumó toda su sabiduría futbolística, construyó un equipo que, a principios de los años treinta, la revista francesa 'L`Equipe' calificó como «un ejemplo único en la historia», toda una máquina de hacer fútbol imparable. Su educación, su elegancia, su olfato, su habilidad para la estrategia, su capacidad para conectar y motivar a los jugadores, su afición a los grandes puros y su omnipresente bombín le otorgaron un halo de leyenda única. Mr. Pentland, como se le conoció cariñosamente y con respeto en Bilbao, fue entrenador del Athletic en dos etapas distintas. Entre 1921 y 1926 sentó los cimientos de un estilo. Contaba con buenos jugadores como Vidal, Duñabeitia, Sabino, Acedo, Sesumaga, Carmelo. Pero eran impulsivos, no jugaban con la cabeza.

Él les enseñó el principio de que en el fútbol nada se podía dejar a la improvisación. El equipo debía de plantarse en el campo de manera ordenada, con las ideas claras, imprimiendo velocidad en los ataques y «cuando un jugador pase un balón a un compañero -les decía-, tiene que hacerlo con la seguridad de que allí está, en aquel sitio, quien tiene que recibirlo». La influencia de Mr. Pentland, que incluso les enseñó cómo tenían que atarse las botas, se notó enseguida. El Athletic ganó la Copa de 1923 al Europa catalán por un gol a cero. Tras acabar el partido, los jugadores cogieron el bombín de su entrenador y lo hicieron añicos. Comenzaba así toda una tradición que se vio detenida en 1926 por cosas del fútbol y sus directivas.

12.000 pesetas al año

En 1929, Mr. Pentland, tras firmar un contrato por 12.000 pesetas al año, regresó a Bilbao con una idea fija: hacer del Athletic el mejor equipo de la historia. Ganó el Campeonato de Liga 1929-1930 y la Copa de esa misma temporada al vencer al Real Madrid por 3 a 2. En ambos casos perdió el bombín. La temporada siguiente, la de 1930-1931, se volvió a conseguir el doblete y. Otros dos bombines rotos. «Pobre, no te quedan más que tres minutos», le decía el bueno del inglés a su pobre sombrero. Esa temporada, el Athletic consiguió uno de sus resultados más antológicos y hoy en día deseados: un 12-1 al Barcelona que certificó la superioridad de un equipo imparable. Pero la leyenda no acabó ahí. En 1932, los rojiblancos volvieron a ganar la Copa (1-0 contra el Barcelona), y Mr. Pentland a perder su bombín. Y en 1933, el año de su marcha, de nuevo se llevaron la Copa (2-1 frente al Real Madrid), y una vez más, sería la última, el inglés se quedó sin sombrero.

Frederick B. Pentland, nuestro querido Mr. Pentland, subió al Athletic de Bilbao a lo más alto. Y lo hizo con humildad y sin soberbia, porque como él mismo afirmaba: «los verdaderos equipos de fútbol, como los caracteres, se forman en las derrotas, no en los éxitos». Concibió el fútbol como un deporte de inteligencia en el que el colectivo debía de caminar a un solo paso y nada se podía dejar a la improvisación. De esa forma, se podía hacer frente a todo, incluso, a esos que dicen ser los mejores del mundo.