Arranca el tiempo del lehendakari Patxi López

El primer socialista en llegar a Ajuria Enea promete ejercer su cargo con «respeto a la ley», en un acto marcado por la frialdad del PNV

DAVID GUADILLA | GERNIKA
Ejemplar del Estatuto usado por el lehendakari. //
Ejemplar del Estatuto usado por el lehendakari. /

«De pie en tierra vasca», ante los representantes de «la ciudadanía», sobre un ejemplar del Estatuto de Gernika y eliminando cualquier tipo de referencia religiosa, Patxi López tomó ayer posesión de su cargo de lehendakari en la Casa de Juntas de Gernika, junto al roble que representa los fueros vascos. Fue un acto de profunda carga simbólica. Una jornada para la Historia. De lágrimas. Las de los militantes del PSE por ver cumplido un sueño y las de algunos simpatizantes del PNV por ver cómo culmina una etapa. De abrazos cálidos en un bando y frialdad polar en el otro. El día en que, por primera vez, un socialista se convirtió en jefe del Gobierno vasco, sin contar a Ramón Rubial, presidente del Consejo General Vasco tras la dictadura.

La ceremonia duró poco más de treinta minutos y se desarrolló bajo la solemnidad de un protocolo estricto. Antes de su inicio fueron llegando hasta la Casa de Juntas los invitados: parlamentarios, representantes de las instituciones públicas vascas más importantes, empresarios, sindicalistas... Y varios símbolos. Por primera vez eran invitadas a la toma de posesión de un lehendakari las víctimas de ETA y representantes de las Fuerzas de Seguridad del Estado y del Ejército. Tricornio y galones que fueron recibidos con indisimulado malestar por los nacionalistas. «El Gobierno frentista ha desembarcado en Gernika acompañado de la Armada española», llegó a decir la portavoz de Aralar, Aintzane Ezenarro.

Cada detalle estaba medido al milímetro. Como es preceptivo, la presidenta de las Juntas Generales, Ana Madariaga, entregó a su homóloga en el Parlamento vasco, Arantza Quiroga, la makila que simbolizaba la conversión del Legislativo vizcaíno en la sede temporal de la Cámara autónoma.

Hecho el trámite, Quiroga fue recibiendo a los miembros de la Mesa del Parlamento y a los representantes del Gobierno central: los vicepresidentes María Teresa Fernández de la Vega y Manuel Chaves, y la ministra Cristina Garmendia. Minutos antes de las once de la mañana llegaba el momento más esperado. Aparecía López acompañado de Begoña Gil. La pareja descendía del coche oficial y se acercaba al público. División de opiniones. Aplausos y silbidos. Poco después hacía lo mismo Ibarretxe. Indiferencia. Pocos aplausos. Ningún reproche.

Ceremonia solemne

Ambos, el lehendakari saliente y el entrante, llegaron al salón de plenos junto con los miembros de la Mesa del Parlamento. Se escuchó el 'Agur jaunak' y el secretario primero de la institución, Jesús Loza, certificó que López había sido investido jefe del Ejecutivo el pasado martes en la Cámara vasca.

La solemnidad ahogaba. Por momentos, López y Quiroga se miraban dudosos de los pasos que el protocolo obligaba a dar. El nuevo lehendakari se acercó al centro del hemiciclo. Posó su mano sobre un ejemplar del Estatuto de Gernika elaborado especialmente para la ocasión. Sin crucifijos, sin Biblia. López eliminó todos los símbolos religiosos habituales en las juras anteriores. «Tomo posesión y asumo el cargo de lehendakari del Gobierno del País Vasco, así como la condición de representante ordinario del Estado en su territorio, y prometo cumplir las obligaciones de mi cargo con lealtad a la Corona, al Estatuto de Autonomía de Gernika y demás leyes vigentes», proclamó el nuevo jefe del Gobierno autónomo con una fórmula muy similar a la empleada en ediciones precedentes. Ibarretxe le entregó la makila, símbolo del poder ejecutivo. Y López resopló.

Los parlamentarios socialistas aplaudieron. En una sala adyacente se escucharon gritos de «¡Patxi!». Los representantes nacionalistas se mantuvieron impasibles. No aplaudieron. Entre socialistas y jeltzales sigue la guerra abierta. A corto plazo no se augura ningún proceso de paz entre ellos.

Acababa de terminar la primera parte del acto. La oficial. Quedaba la más simbólica. Junto al roble. Escoltado por seis ertzainas y seis maceros de gala, el lehendakari socialista colocó su mano sobre el Estatuto. Y cambió la Historia. No hubo juramento, sino promesa; no se colocó «ante Dios humillado, en pie sobre la tierra vasca», sino «de pie en tierra vasca, bajo el árbol de Gernika, ante vosotros representantes de la ciudadanía vasca». Y mientras los lehendakaris del PNV aseguraban que desempeñarían «fielmente» el cargo, López añadió un epígrafe de calado político: «Desde el respeto a la ley».

Fueron los detalles más significativos del cambio de fórmula. Ni tan siquiera hubo mensaje final. «No es tiempo de discursos, tienen otro tiempo y otro lugar», afirmó el nuevo líder vasco. En lugar de una intervención política, López leyó dos poemas: uno del escritor euskaldun Kirmen Uribe; otro, de la polaca Wislawa Szymborska. Uno hablaba de la importancia de las relaciones personales; el otro, de las pequeñas diversidades que acaban conformando una identidad.

En ese momento sonó el himno oficial de Euskadi, el 'Gora ta Gora'. Antes lo había hecho el 'Gernikako Arbola'. Un dantzari sin gerriko bailó un aurresku de honor. El acto finalizó. Los invitados fueron a estrechar la mano del lehendakari López.

Uno de los primeros fue Joseba Egibar. El portavoz del PNV, considerado uno de los dirigentes más vinculados al ala soberanista del partido y autor de discursos muy duros contra el PSE, está siendo uno de los más exquisitos de su partido en las formas. Tras él, también se acercaron otros destacados miembros de la formación jeltzale.

Comenzó la fiesta del PSE. Los abrazos, las risas, el llanto de emoción de Roberto Álvarez, el tío del lehendakari, quien le cuidó cuando sus padres estaban deportados en Cáceres y Almería tras haber sido detenidos durante el franquismo. No fueron las únicas lágrimas. También aparecieron las de Maite Pagazaurtundua, presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, militante socialista cuyo hermano, Joseba, fue asesinado por ETA en 2003 en Andoain. Su abrazo a López fue intenso. Era la cara de la moneda.

La cruz, los representantes del PNV. No tardaron en abandonar el recinto. Algunos no podían ocultar su tristeza. Y sus lágrimas.

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