Las 90 caras de Otxarkoaga

Casi un centenar de vecinos se convierten en cronistas en el libro 'Otxarkoaga. Retratos', que da un zarpazo de realidad a la leyenda negra de la zona

SOLANGE VÁZQUEZ| BILBAO
Un hombre observa el barrio bilbaíno desde un alto. / JORDI ALEMANY/
Un hombre observa el barrio bilbaíno desde un alto. / JORDI ALEMANY

Lo peor de las malas famas y las leyendas urbanas es que nacen con el don de la longevidad. Y de eso saben mucho los vecinos de Otxarkoaga: durante décadas han sido víctimas de invenciones y estereotipos -cría de cerdos en bañeras, burros en las escaleras del portal, caos en una miniciudad sin ley...- y están deseando enterrarlos para hacer justicia al vecindario. Un lugar que en el pasado fue escenario de algunas de las luchas vecinales más importantes de Bilbao y donde el espíritu de barrio aún no ha sucumbido. Al menos, mientras queden vecinas que se confían unas a otras las llaves de casa, gente que se conoce por apodos tan antiguos que han adquirido el rango de nombre y personas que se asoman a la ventana para hablar en lugar de usar el telefonillo.

El libro 'Otxarkoaga. Retratos', escrito por Mikel Toral y Txutxi Paredes e ilustrado con fotos de Mikel Alonso, describe esta realidad. En el volumen -que se presenta el jueves- han participado casi un centenar de personas del barrio, anónimas casi todas, pero también algunas conocidas, como Begoña Gil, concejal del Ayuntamiento de Bilbao y esposa de Patxi López, futuro lehendakari; Rodolfo Ares, secretario de organización del PSE, y Óscar Tabuenka, ex jugador del Athletic. Unos y otros vertebran la historia no oficial del vecindario, alejada de sesudos análisis y gélidos datos. Cuatro de estos cronistas 'amateurs' dan la cara por Otxartaga.

LUCÍA AGUIRRE

Bloque 69. Líder vecinal y ama de casa

«Siempre ha habido mucha unión»

Lucía estaba allí antes de que el vecindario existiese, mucho antes de que se levantasen esos bloques de pisos de aire soviético que se han convertido en su marca característica. Vivió desde muy joven en un caserío de la zona y, cuando pudo acceder a una de las nuevas viviendas, ni se lo pensó, «porque con los padres ya no había sitio». Según cuenta, enseguida empezaron a aflorar chapuzas -«sobre todo, humedades terribles»- y, con ellas, el enfado de los vecinos y su movilización. «Salimos protestones», dice orgullosa.

Lucía fue una de las primeras amas de casa en implicarse. «A la primera manifestación que fui sólo estábamos dos mujeres y nos insultaron, diciéndonos que mejor estábamos fregando». Esas críticas blindaron su recién estrenado compromiso social. De hecho, le cogió el gusto a la reivindicación. «La policía dio muchos palos, a mí una vez me pusieron el costado 'morao'. No teníamos libertad, pero siempre ha habido mucha unión», destaca Lucía, que después llegó a presidir la Asociación de Familias de Otxarkoaga. Ahora que vive en Txurdinaga y tiene una prótesis en la cadera, añora el vecindario «de antes» y el empuje de sus años mozos con idéntica intensidad: «Antes me levantaba a las seis con mi marido, que trabajaba en Altos Hornos, era modista, atendía la casa, a los hijos... ¡Y tenía tiempo para manifestaciones!».

KERMAN OLIVA

Bloque 3. Profesor de la EPO

«No queremos ser un barrio dormitorio»

«Mis primeros recuerdos son las fiestas, con barracas y mucho ambiente. Y el cine de los domingos, donde a los críos nos echaban películas de Parchís», repasa Kerman Oliva, un joven que, por muy a gusto que se encuentre navegando por estas escenas de su infancia, ha decidido que el vecindario no puede vivir mirando al pasado. Por eso, este profesor de la Escuela Profesional de Otxarkoaga (EPO) se esfuerza en 'retener' a los jóvenes. «Uno de cada tres habitantes tiene menos de 25 años, pero no hacen vida aquí, se van. Es una pena, no queremos ser un lugar dormitorio», clama.

Para evitar esta 'fuga', Kerman se ha implicado en numerosas iniciativas culturales y sociales, como Radio Tular o la web de la barriada (www.otxarkoaga.es).«Aunque lo ideal sería que las instituciones pusiesen en el barrio algún equipamiento cultural», destaca.

BEGOÑA GIL

Bloque 100. Concejal de Bilbao

«Soy una enamorada del barrio»

Nació y se crió en Otxarkoaga, donde aún viven su madre, Teófila, y su tío Enrique. Y ahora está a un pasito de Ajuria Enea. Begoña Gil, concejal socialista del Ayuntamiento de Bilbao y esposa de Patxi López, futuro lehendakari, se declara «una enamorada del barrio». «Me encanta su vidilla, su afán de resistencia y de lucha, el tesón de la gente...», señala la edil, que recuerda entre risas sus años en la escuela -«¡la tenía a cinco metros de casa!»- y su adolescencia vinculada a iniciativas sociales en el barrio, en grupos antimilitaristas, clubes de tiempo libre y actividades para chavales con problemas de exclusión social. «De ahí a la lucha política hay un paso», resume. Y eso que su ingreso en las Juventudes Socialistas causó un disgusto a su abuelo comunista. Quienes la conocieron desde chavala destacan que tenía mucha mano izquierda y que era muy contestataria. Cualidades que, dicen, aún conserva. Este carácter la ha llevado a defender el vecindario allá donde ha ido. De hecho, en una charla sobre Otxarkoaga a la que asistió siendo universitaria, donde percibió un fuerte tufillo a clasismo y caridad burguesa, se levantó de la silla para desmentir ante todos los tópicos que salían a chorro por boca del ponente. «Es que yo nunca me he sentido estigmatizada por ser de Otxarkoaga», recalca.

'TXISKO' GUTIÉRREZ

Bloque 81. Cartero

«Lo peor es cuando se muere un vecino»

Dice el título de la película que 'El cartero siempre llama dos veces'. En el caso de 'Txisko' Gutiérrez, que reparte la correspondencia en Otxarkoaga, esta frase se queda corta. Él insiste cuantas veces hagan falta para entregar un envío, da igual que sea una simple postal navideña -«las peores, porque no llevan remite», desvela- o una importante citación médica. Se lo toma como un reto personal y realiza una labor realmente detectivesca para encontrar a los destinatarios. A muchos los conoce -«aquí nací», remacha- y a los que no tiene identificados los busca sin descanso. «Y cuando consigo dar con ellos, es una satisfacción, la parte buena del trabajo, que también tiene sus cosas malas. Lo peor es cuando se mueren los vecinos, a los que les has llevado tantas cartas. Apena mucho», reconoce este hombre de mirada franca.

Además, su buena disposición y su conocimiento de la gente del vecindario le han convertido en un excelente conocedor del territorio y en psicólogo ocasional. «La gente te cuenta sus cosas, a veces aún tengo que leer las cartas a quienes no saben o no pueden leer, algunas viudas se te ponen a llorar cuando les llega algo a nombre del marido...», enumera. Cosas que no entran en su sueldo, pero que hace de corazón. «Me encanta trabajar aquí. No lo cambiaría por ningún otro destino».

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