El milagro de los panes y los peces

FERNANDO SAVATER

H e participado a lo largo del último año en varios debates defendiendo los derechos de autor y por tanto -a falta de algo mejor- del canon que gestiona la SGAE. Junto a argumentos en contra medianamente atendibles y exabruptos mucho menos respetables, me ha sorprendido por encima de todo un frecuente reproche que me han hecho: «Claro, tú apoyas el canon porque te beneficia». Dejando aparte que la cuantía de tal beneficio en mi caso no justificaría que me tomase demasiadas molestias, el argumento es realmente pintoresco. Nunca he oído que cuando los obreros metalúrgicos defienden sus puestos de trabajo o los que padecen contratos basura exigen más seguridad laboral alguien les censure por reclamar lo que les beneficia. ¡Naturalmente que lo hacen! Con mejores o peores razones en cada caso, luchan por que su esfuerzo cotidiano se vea dignamente retribuido. O sea, para que no les birlen utilizando malas artes lo que ellos se han ganado. Se me escapa la razón por la que músicos, cineastas o escritores deberíamos adoptar, a diferencia de ellos, una actitud renunciativa que habría escandalizado incluso a Francisco de Asís.

Buscando alguna explicación a esta anomalía, llego a la conclusión de que muchos tienen de la creación artística una idea totalmente opuesta a la del resto de las tareas sociales. No es algo que se parezca más o menos a un trabajo productivo, sino que se asemeja más bien a los frutos de lo sobrenatural o de lo meramente natural. Habría estado muy mal visto que Jesús, tras multiplicar milagrosamente los panes y los peces, cobrase un canon a los agradecidos galileos. Y en cuanto a los beneficios que nos llegan de la naturaleza, no faltan los emprendedores que consideran abusivo tener que pagar por el uso de los mares, los bosques, los ríos o el aire, cuando sabemos que todo ello fluye o crece de modo espontáneo y gratuito. Si a los santos taumaturgos o la madre naturaleza no les cuesta nada traer al mundo ciertos bienes, ¿por qué deberían quienes se aprovechan de tanta generosidad costear de algún modo su labor o ni siquiera moderarse en su disfrute? Sabido es que tanto las obras puramente sobrenaturales como las puramente naturales son recursos inagotables y también deben de parecerlo las artísticas, que por lo visto comparten elementos definitorios de unas y de otras... Siempre habrá flores, frutos, agua, árboles y aire, así como música, películas y libros, de modo que... ¿por qué preocuparse?

El universo virtual en que se combinan lo sobrenatural y lo natural, el arte de crear y el arte de aprovecharse de lo ajeno es naturalmente la omnipotente web. Por lo visto cualquier canon, cualquier restricción o control son «intervencionistas» (terrible palabra para nuestros 'progres' neoliberales) y atentan contra la libertad de expresión, comunicación y mangoneo de la casta más intocable de nuestros días: ¡los internautas! Ya sé que es una grave muestra de imprudencia por mi parte -¡otra más!- pero siento un respeto menos que mitigado por esa secta. Para empezar, a estas alturas todos somos más o menos internautas y el calificativo engloba por tanto a buenos, malos y regulares, del mismo modo que podemos llamar 'marineros' tanto a los que esforzadamente se ganan la vida pescando como a los piratas de Somalia. Que algunos de los internautas sean partidarios de considerar milagrosos y por tanto gratuitos los productos artísticos, de modo que puedan apropiárselos o intercambiarlos con colegas sin ningún tipo de contrapartida o freno legal no nos obliga a los demás internautas a plegarnos sin rechistar a tales abusos. También la red ofrece medios para saquear las cuentas bancarias o la intimidad ajena, y de momento no parece que esos procedimientos sean aceptados por la comunidad civilizada.

iene todo esto a cuento de las airadas reacciones que ha suscitado en la cofradía de los Padres Internautas el nombramiento como ministra de cultura de doña Ángeles González-Sinde. No tengo el gusto de conocerla y me guardó las reservas mentales que pueda producirme su nombramiento, basadas en tristes experiencias del pasado: en cualquier caso, me parece sectarismo obtuso y nada inteligente comenzar a descalificar (o a celebrar) a miembros del nuevo Gobierno antes de que hayan hecho nada especial para merecer elogio o crítica. Pero lo más increíble es que la recusen airadamente como indigna del puesto, acusándola de vividora de subvenciones e interesada comercialmente en tales asuntos, precisamente aquéllos que han convertido el 'gratis total' en su bandera y que establecen como dogma que cualquier cortapisa a su santa voluntad de apropiarse de lo ajeno como si fuera propio, gracias a las posibilidades delictivas de la técnica actual, es un atentado a su sacrosanto derecho de poseer y disfrutar sin pagar. Lo peor no es que tengan mucho morro y poca decencia, sino que carecen totalmente de sentido del ridículo.

Probablemente los métodos actuales de controlar las descargas ilegales y cobrar algún tipo de compensación por las que se hagan legalmente no son los mejores. Pueden y deben irse afinando en el futuro, según vayamos aprendiendo más del complejo medio que es Internet, cuyas posibilidades cambian casi diariamente. Desde luego, las sanciones penales más graves no pueden caer sobre los 'manteros' que venden copias piratas, el último y más frágil escalón de una cadena que empieza mucho más arriba. Aunque será bueno, tras modificar una legislación que les castiga exageradamente, dejarles claro cuando se les pille 'in fraganti' que están colaborando a un negocio mafioso que no puede ser permitido. Y evitar su reincidencia. Pero lo más importante es inculcar en la población de usuarios de la Red -sobre todo en los más jóvenes- una pedagogía de respeto a los derechos de propiedad intelectual de quienes dan a luz esas músicas, imágenes o palabras que tanto enriquecen sus vidas, las de cualquiera de nosotros. El saqueo de lo ajeno por los que tienen poder -político o técnico, es igual- en nombre de una supuesta 'libertad' es el comienzo de la tiranía que esteriliza cuanto toca. Y la tiranía nunca es progresista, aunque haya una izquierda descerebrada -en Euskadi los conocemos bien- convencida de lo contrario.

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