Victorias de barrio

Las quejas vecinales no siempre caen en saco roto. En los últimos años han hecho rectificar a las instituciones varias veces, la última con un muro en Bilbao La Vieja

SOLANGE VÁZQUEZ| BILBAO
Vecinos de la calle Iturburu reaccionaron con malestar ante la construcción de un muro que «encajonaba» sus viviendas./ LUIS ÁNGEL GÓMEZ/
Vecinos de la calle Iturburu reaccionaron con malestar ante la construcción de un muro que «encajonaba» sus viviendas./ LUIS ÁNGEL GÓMEZ

Si hace una semana el genio de la lámpara maravillosa hubiese concedido un deseo para el barrio a los vecinos de la calle Iturburu, en Bilbao La Vieja, la petición hubiese sido, sin duda, la desaparición inmediata de un muro en construcción que amenazaba con dejar «encajonadas» sus viviendas. Claro que, a estas alturas del cuento -en los años duros de la droga, allá por los ochenta, tuvieron que lidiar con los yonquis y la delincuencia y, después, reflotar el vecindario- los residentes, revestidos de escepticismo a fuerza de desengaños, no contemplaban ni en sus mejores sueños que sus aspiraciones tuviesen una respuesta tan fulgurante. Pero se equivocaron. Al día siguiente de hacer pública su denuncia, el Gobierno vasco paralizó la obra y anunció un 'plan B' para la zona que sustituía la polémica pared de 3,5 metros por un pequeño murete, gradas y una zona ajardinada. Un desenlace feliz digno de una historia de Aladino, del que los vecinos de Bilbao pueden extraer una doble moraleja: que las instituciones no tienen los oídos tapiados cuando se trata de demandas ciudadanas y que «quien no llora, no mama», resumen los afectados.

Aunque no es frecuente que las reivindicaciones obtengan una solución tan rápida y satisfactoria para los vecinos -algunas quejas se convierten en clásicos- en la historia reciente de la villa hay algunos ejemplos de cómo los vecinos han cambiado de rumbo, aunque sea temporalmente, los planes de las administraciones. El último hito, por la envergadura de la operación, ha sido la paralización de los rellenos del canal de Deusto. Residentes en la zona iniciaron en febrero del año pasado una fuerte oposición al plan, que preveía construir viviendas y equipamientos en el terreno ganado al agua. Los rellenos llevan paralizados diez meses. «Ha compensado moverse, y mucho. San Ignacio estaba muy abandonado y creemos que en este tiempo el movimiento vecinal ha tomado impulso», se felicitan los miembros de la asociación El Canal.

La transformación de la Avenida Miraflores, principal arteria de Bolueta, también ha salido adelante gracias al tesón de los habitantes de la zona. En este caso, al igual que en otros muchos, el Ayuntamiento ha actuado como mediador entre los vecinos y otras instituciones, en este caso la Diputación. Sólo después de que los vecinos iniciasen contactos con responsables institucionales, técnicos forales y municipales les presentaron un proyecto inicial para mejorar la seguridad vial en el vecindario, donde se han producido varios atropellos. Y los ciudadanos supieron valorar su eficacia: «Hemos visto voluntad de hacer las cosas bien», reconocieron.

Ruido y gasolineras

«La construcción de los nuevos accesos por San Mamés que permitirán la demolición del 'monstruo' del viaducto, aunque con 15 años de retraso, el soterramiento de Feve y la Pasarela de Bentazarra, la urbanización del entorno de El Carmelo en Santutxu llevada a cabo según la demanda del vecindario y en contra de las ideas iniciales del Ayuntamiento...». Son otras de las 'medallas' conseguidas por los bilbaínos, según recuerda Javier Muñoz, de la coordinadora de asociaciones vecinales de Bilbao. Estos logros animan a la gente a defender sus barrios y plantear más propuestas, mientras que el gran inhibidor es, a su juicio, «la desconfianza en los que gobiernan». «Algunos creen que es inútil presentar batalla porque no les harán caso. Pero la falta de compromiso trae peores resultados: nos convierte en sus cómplices», censura Muñoz.

Muchos otros logros de los últimos tiempos no tienen que ver con proyectos urbanísticos, sino con el ruido. El año pasado, las reiteradas quejas vecinales pusieron fin a las voladuras nocturnas de la 'Supersur'. La Diputación, aunque insistía en que si hiciesen detonaciones «sería legal», admitió que se había «autolimitado». El ruido es uno de los capítulos que más conquistas populares ha cosechado: las denuncias sobre el exceso de decibelios en Termibús también sirvieron para que el Consistorio paliase el problema con unas mamparas.

Echando la vista atrás, también se puede decir que fueron los vecinos quienes 'barrieron' algunas gasolineras del casco urbano. A mediados de los 90, la de Begoña se convirtió en uno de los principales temas de discusión en el Ayuntamiento. Ubicada al lado de edificios de viviendas en la autovía Bilbao-Galdakao, los residentes llegaron a alertar entonces de la contaminación de terrenos por la presunta filtración de combustibles. En 1995, la presión vecinal promovió el traslado de la estación de servicio a las inmediaciones del puente de Miribilla. Cinco años después, en su lugar se colocó una plaza de 4.500 metros cuadrados y un parking subterráneo. Por su parte, la gasolinera del RAG, ubicada en Alameda Rekalde, bajó la persiana en 2005. Los vecinos, así como padres y alumnos del colegio público Sánchez Marcos, que estaba al lado, recibieron la noticia como un regalo: lo consideraban un foco potencialmente peligroso y se habían quejado en multitud de ocasiones. Las inflamadas quejas se apagaron con el cierre del negocio.

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