Galletas María

OLMO

T al y como decíamos ayer (a mí esta frase me suena de algo) voy a contestar a alguno de los quince temas que me ofrece Juan Luis E. en su increíble carta, porque veo que ha ido tomando nota de todo ello a través de mis comentarios, desde hace dos o tres años. ¡Que paciencia debe tener usted, amigo mío!

Yo me preguntaba cómo es posible que en una carrera en la que participan mil corredores, se pueda tomar el tiempo de cada uno de ellos según van llegando, calculándolo al minuto, al segundo y hasta con décimas de segundo.

La explicación la encuentro en la propia carta. Según parece, la organización coloca a cada corredor un chip como se hace con los perros para su identificación. En este caso el chip lo colocan en la zapatilla y al pisar la línea de salida y la de llegada, el mecanismo electrónico marca el tiempo con total exactitud. Que inventos, oiga. Pero pasemos a otro tema.

También me preguntaba yo dónde habrán ido a parar los chimbos, que antaño hacían las delicias de los cazadores que los cazaban a centenares con sus chimberas, y hoy ya no existen ni chimberas ni chimbos. Mi comunicante me dice que ha visto chimbos en un árbol de su huerta. Por lo visto son los supervivientes. Hoy el chimbo sólo queda en el recuerdo y en una marca de jabón que no sé si existe todavía.

Otro tema que despertó mi curiosidad fue el de las galletas María, las redonditas. ¿Por qué a las más populares galletas se les da el nombre genérico de María? Y Juan Luis me ofrece su versión que paso a copiar seguidamente:

«Un vecino de Elgoibar llamado Manuel Arriola montó en Bilbao una fábrica de galletas y traía a nuestra casa abundantes cajas porque mi abuela materna, llamada precisamente María, era su hermana y vivía con mis padres. Yo tengo entendido que el nombre de estas galletas proviene del nombre de su hermana María».

Hasta aquí la explicación de Juan Luis y, como dicen los italianos, «se non e vero e ben trovato».