«Con diecisiete años, la mar me enseñó lo que era la vida y la peseta»

A unos meses de la jubilación, Miguel Madariaga repasa el viaje desde el caserío hasta la creación de un equipo del UCI Pro Tour

J. GÓMEZ PEÑA| CALPE
Madariaga sigue al frente del Euskaltel-Euskadi, su equipo. / IGNACIO PÉREZ/
Madariaga sigue al frente del Euskaltel-Euskadi, su equipo. / IGNACIO PÉREZ

El viento descansó el pasado martes. Fue clemente con los pasajeros del vuelo de mediodía entre Bilbao y Valencia. Miguel Madariaga hasta echó una cabezada. Un rato sin el reclamo del teléfono móvil. Iba a Calpe, a la concentración del Euskaltel-Euskadi. Su equipo. Su obra, amasada desde 1993. Su legado, ahora que está a unos meses de los 65 años. Los dígitos de la jubilación.

El piloto anuncia con desgana el descenso. El mánager del equipo naranja despierta. Mira por la ventanilla. Hacia abajo. Hacia atrás. Hacia dentro: «Ése es el puerto de Valencia. Ahí llegué yo con 17 años».

-Cuente, cuente.

-Soy de familia pobre, de aldea. De Lemoniz. Y allí muchos eran marinos. En 1961, animado por mi hermano y por la necesidad, embarqué. Marché a Barcelona. La primera escala fue Valencia.

-Marinero, pues.

-Estuve tres años y medio, hasta que fui al servicio militar, que también me tocó en la Marina. La mar era la forma de sacar la vida. Me enseñó lo que cuesta todo. Estar en el mercante era muy duro. Hacíamos la ruta Barcelona-Valencia-Alicante-Canarias. Llevábamos de todo. En Tenerife, plátanos. Aprendí lo que era la vida y la peseta.

-¿Cómo era Barcelona para un aldeano de 17 años?

-Extraña. Hasta entonces, el viaje más largo que había hecho era entre Plentzia y Bilbao, en el tren. Con mi madre, que ha cumplido 94 años. Nunca había viajado solo. Cuando marché para Barcelona, mi madre me acompañó hasta Bilbao y mi tía me puso en el tren. Se tardaba un día en llegar. Tenía la sensación de que me iba para no volver. Aprendí a no mirar hacia atrás. Ni para coger impulso. Siempre adelante. Con sacrificio y trabajo se llega lejos.

-Su padre murió pronto.

-Con 51 años. Eso nos apretó mucho. Entonces no había ni seguros ni nada. A mi padre se lo llevó eso que llamaban úlcera reproducible. Ahora sería cáncer de estómago. Cada tres o cuatro años le operaban. Le cortaban. Al final no le quedaba ni estómago. No había los adelantos que hay hoy para el dolor. Vivió sufriendo.

-El mar parecía su destino, hasta en el servicio militar.

-En la marina estuve 24 meses. Los tres primeros, los de la instrucción, los pasé en San Fernando, en Cádiz. No tenía ni enchufe ni posibilidad de tenerlo. Mi único enchufe era ser vasco. En el cuartel había una huerta y pidieron voluntarios para cuidarla. Yo era de caserío, sabía de eso. Venía un sargento y preguntaba en cada brigada, incluida la de los analfabetos, si había alguien para la huerta. Al final me apunté con unos chavales de Bermeo. Caímos bien.

-La ventaja de ser aldeano.

-Había un capitán que preguntaba mucho; de dónde veníamos, cómo nos portábamos. Sabía que éramos marinos. Por eso nos mandaron a Madrid. Íbamos a ser destinados al yate de Franco, el 'Azor'. Eso suponía estar seis meses en el yate y seis meses en casa. En Madrid nos juntamos unos treinta y al yate sólo iban a ir seis. Un capitán me apartó y me dijo: 'Nos hacen falta vascos aquí. Te quedarás con el ministro de Marina, don Pedro Nieto Antúnez. Vamos a coger a seis vascos'. Me aseguró que iba a estar bien, que cada mes iba a poder ir a casa.

-A descansar.

-Ya, ya. Mi padre decayó mucho y tuve que hacerme cargo del caserío. Al terminar la 'mili', en marzo, me quedé en casa. Fuimos quitando ganado porque veíamos que lo de mi padre no iba para largo. Murió en noviembre. Para entonces yo ya había cogido una plaza de taxi en Mungia. Ahí empezó una nueva época. Y mi relación con el ciclismo.

Taxista para ciclistas

-De chófer.

-El primer ciclista al que conocí fue Celestino Bilbao, que corría en el KAS. Me 'envenené' con este deporte y en él sigo. Empecé de conductor. Les llevaba a las carreras, les esperaba hasta que acababan y les traía. Con el taxi. Luego, por mediación del difunto Valentín Uriona -ganador del Dauphiné- entré en el Fagor. Había cinco corredores de Mungia que corrían en ese equipo. Recuerdo que cobraba el kilómetro a tres pesetas.

-¿Y cómo pasó de conductor a director?

-En Mungia salió un equipo de juveniles, el Piensos Goimar, y me encargé de ellos. Estaba Paulino Martínez, que luego fue profesional del Teka. Les dirigí dos años. La fábrica de piensos era de tres socios, entre ellos José Luis Artetxe, el jugador del Athletic. Y nos dio las 37.000 pesetas que hacían falta para salir adelante. El coche lo ponía yo y cada ciclista llevaba su bicicleta.

-¿En qué año?

-1967 y 1968. Al año siguiente lanzamos el equipo Olsa, que era ya amateur. Con la Sociedad Vizcaína de Amigos del Ciclismo (SVAC). De ahí salieron profesionales como Javier Elorriaga.

-¿Cómo era aquel ciclismo?

-Muy distinto. El equipo La Casera, dirigido por Bahamontes, era el mejor de España. El Olsa era el mejor aquí. Entonces salían unos treinta corredores en las carreras.

-Director ciclista los fines de semana y taxista a diario.

-Sí, seguí con el taxi hasta 1983. Hasta que la situación de los taxistas en los pueblos se puso mal. -¿Le atracaron?

-Cogí a cuatro chavales para llevarles de Mungia a Bilbao. Y bajando de Begoña al Ayuntamiento, me dijeron: 'Si te portas bien, no te va a pasar nada. No te vamos a pagar, pero tampoco te vamos a robar'. Me sucedió dos veces. Eso te hace pensar en dejarlo.

-En cambiar de trabajo.

-Me presenté para una plaza de chófer de Iberdrola. Pero mataron a un ingeniero de la central nuclear de Lemoiz, a José María Ryan, e Iberdrola dejó de coger gente porque lo de la central se vino abajo.

-¿Y qué hizo?

-Ya había sacado el título de masajista en una academia de Barcelona. Lo hice a distancia. Estudiaba en casa y luego iba a Barcelona a examinarme. Así que hacía de director y de masajista. Aprendía de todo. Hasta de ciclistas como Javier Mínguez, que corrió conmigo dos años en el Olsa.

-Después estuvo en el Teka amateur y el SuperSer.

-Sí. Puse también una sala de masaje. En 1983 aprobé una oposición de chófer en la Diputación.

-¿Por qué dejó luego esa plaza para lanzarse de lleno al ciclismo?

-En la Diputación estaba Alberto Pradera, gran aficionado al ciclismo -fue diputado general de Vizcaya-. Le conocí en unas fiestas de Mungia. Fuimos juntos a ver varios Tours de Francia. A Alberto le llamaba la atención el PDM de Delgado. Me preguntaba si era posible hacer un equipo como ése.

-Fue la semilla de la Fundación Euskadi.

-Pradera tuvo la idea de crear una fundación ciclista. Él decidió, tras el Tour de 1993, tirar hacia delante. En la Diputación también estaban José Luis Bilbao -actual diputado general- y Koldo Mediavilla. El día de San Ignacio nos reunimos con las federaciones para levantar el proyecto. Yo ni hablaba. No pensaba ni de lejos que algún día iba a llegar a dirigir el equipo Euskadi.

-Resultó un nacimiento accidentado.

-Si en esas navidades de 1993 me dicen que puedo dejar el proyecto, me habría marchado a casa con los ojos cerrados. Ni me imaginaba las mentiras que había en el mundo profesional. Perdimos un juicio con un corredor y, entre unas cosas y otras, tuvimos que pagar 14 millones de pesetas. Nuestro presupuesto era de 27. Casi no salimos...

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