El techo del poder

E l estudio presentado ayer por Emakunde sobre 'La presencia de hombres y mujeres en los ámbitos de la toma de decisión en Euskadi' permite extraer una triple conclusión: la imparable incorporación de la mujer a todos los ámbitos de la vida; el efecto acelerador de las normas de acción positiva en materia de igualdad; y la necesidad de potenciar la presencia femenina en los órganos de decisión de las empresas y la política. Unos datos que muestran los notables avances dados por la sociedad vasca contra la discriminación sexual, pero también la persistencia de unas pesadas inercias en el reparto de roles y la organización familiar que, unidas a las reticencias masculinas en la cesión de puestos relevantes y cargos, condicionan profundamente el acceso efectivo de la mujer al poder real.

La presencia femenina en los órganos de dirección de las empresas vascas no rebasa el 10%, apenas el 12,6% de las asociaciones profesionales están presididas por una mujer, sólo uno de los diez principales municipios del país, Basauri, tiene alcaldesa, y ninguna de las entidades bancarias con sede en Euskadi cuenta con presidenta. Unas cifras que contrastan con la presencia notable, en algunos casos mayoritaria, de la mujer en los niveles básicos, pero fundamentales, de la sociedad: administración, educación o sanidad. Un techo que, como ha hecho evidente la participación política, puede ser quebrado con fórmulas que promuevan la paridad. En este sentido, la aplicación de la Ley vasca de Igualdad de 2005 y sus iniciativas de acción positiva han logrado unas cuotas relevantes de parlamentarias. Y es de esperar que la norma española, que incluye criterios proporcionales en los consejos que dirigen las empresas, incremente el ritmo de normalización en los órganos económicos.

Es evidente que las políticas en favor de la paridad deben rehuir cualquier atisbo de paternalismo o condescendencia y que la mujer, más allá de reconocimientos expresos, tiene pleno derecho a su autonomía personal, laboral y económica. Pero ello no pude condicionar un posicionamiento activo institucional y ciudadano frente a quienes siguen haciendo de la dominación masculina una pauta de preponderancia social. Sólo derribando prejuicios y ventajismos, reafirmando el mérito y la capacidad como factor profesional determinante y eliminando las hipotecas familiares se terminará con ese embudo que criba en función del sexo. Ganará la sociedad.