Cañada, el ciclista paciente

El corredor del Fuji-Servetto se recupera de un cáncer de piel tras una carrera deportiva marcada por las lesiones y una doble operación cardiaca

J. GÓMEZ PEÑA| BILBAO
David Cañada, tras una caída./
David Cañada, tras una caída.

El ciclista David Cañada (Zaragoza, 33 años) se ha pasado la vida pedaleando de sol a sol. En 2007 recibió una mala visita: una mancha en el brazo izquierdo. Era un melanoma, un cáncer de piel. Lo extirparon. Parecía borrado. Pero ha vuelto. Es eso que los oncólogos llaman metástasis. En octubre del año pasado, el corredor del Fuji Servetto notó que el mal se había extendido hacia la axila. De inmediato, inició un tratamiento similar a la quimioterapia. Agresivo. Y con efecto: «Estoy bastante animado y con ganas de volver a la competición si es posible». «Las perspectivas -le han pronosticado los médicos- son buenas». Cañada confía en la ciencia: iba para químico, tiró luego por la fisioterapia y siempre ha estado rodeado de médicos. Entre caídas, lesiones y enfermedades, más que un ciclista, ha sido un paciente.

Cáncer de piel sobre piel de torero. Escrita con cicatrices. Mil. Cañada, que llegó a liderar la clasificación de jóvenes del Tour, tiene la biografía de un intermitente. No sabe lo que es la continuidad. Hasta tartamudea. De amateur le seleccionaron para el Mundial de Colombia: se cayó la víspera y se tronzó la cabeza del fémur. Era un aviso. Por la trituradora de su mala suerte pasaron luego las dos muñecas, un codo, las dos clavículas, los talones de aquiles, el radio y hasta dedos de los pies. La fría luz del quirófano le ha visto a menudo: hasta para arreglarle una necrosis del hueso semilunar de la muñeca izquierda. Cañada tiene el esqueleto grapado. Puzzle. Pasaba tanto tiempo en la rehabilitación que se hizo fisioterapeuta. Aprendió a golpes.

Su pelea con la salud fue más lejos. Hacia el interior. En 2001 le detectaron una anomalía cardiaca: la enfermedad de Wolf-Parkinson-White. Había una conexión nerviosa de más en uno de sus ventrículos. Se volvía loco. Tamborileo a 230 pulsaciones. Pasó por el bisturí, pero la estocada no acertó. El mal volvía al menos una vez al año. Ese latigazo taquicárdico fue tremendo en la Vuelta a España 2006. Al paso por Las Navas del Marqués, el corazón se le desbocó. Estampida. A Urgencias. Tres días después fue operado en la Clínica de la Paz. «Me asusté. Mi vida corría peligro», dijo tras la intervención. Ya entonces era ciclista del Saunier Duval. Igual de nervioso y eléctrico que siempre. Algo solitario. Herencia de Aragón: allí apenas hay ciclistas; el único compañero de entrenamiento es la sombra. Y el cierzo. Siempre en contra. Como la salud de Cañada.

«No quiero irme así»

Ahora, con 13 temporadas de ciclismo a cuestas, el corredor del Fuji -heredero del Saunier- se topa con otro rival. Más sesiones de hospital. Viene de someterse a un tratamietno oncológico preventivo. Y va bien. Aún quiere pedalear. «No me gustaría despedirme así del ciclismo, pero está claro que lo más importante es recuperarme totalmente. He acabado la fase más agresiva del tratamiento y me encuentro bastante bien», señaló ayer. Hoy lo explica con más detalle en Zaragoza. Si vence rápido al cáncer, el Fuji le dará el dorsal que le ha reservado. Si tarda más, Cañada pasará a ser técnico del equipo. Tiene tantas cicatrices que enseñar.

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