Casas baratas y bonitas

Viviendas Municipales celebra su noventa aniversario con un libro que destaca la calidad de su patrimonio arquitectónico y un premio a la asociación de vecinos de Torre Urizar

TERESA ABAJO| BILBAO
Luisa Martínez recuerda su vida en Torre Urizar junto a la iglesia de San Luis Beltrán. / MITXEL ATRIO/
Luisa Martínez recuerda su vida en Torre Urizar junto a la iglesia de San Luis Beltrán. / MITXEL ATRIO

Luisa Martínez Pérez es algo más joven que el barrio de Torre Urizar. Cuando su familia se instaló en los edificios recién estrenados, «el día de San Ignacio» de 1921, su madre estaba embarazada «de mi hermana mayor». Ella llegó cuatro años después y sigue viviendo en el cuarto derecha, una de esas casas «donde siempre da el sol» que diseñó el arquitecto municipal Ricardo Bastida en la primera promoción de la Junta de Viviendas, que se constituyó en 1918. Nunca ha pensado en marcharse, salvo cuando pasó dos años, de los doce a los catorce, en una colonia inglesa como 'niña de la guerra'. Una de sus hermanas se quedó a vivir en Bélgica, pero ella volvió. «Mi hija y yo hemos nacido en la misma habitación», recuerda. A sus 83 años, ha celebrado el noventa aniversario del organismo público dedicado a construir pisos de alquiler en Bilbao, hoy conocido como Viviendas Municipales.

A Luisa le entregaron un gran ramo de flores -«pesaba mucho», comenta divertida- porque es la mayor de las personas que han nacido en Torre Urizar. Fue «una obra de vivienda social pionera en España», recuerda el historiador Luis Bilbao Larrondo en un libro editado con motivo de la efeméride. La ciudad estaba en pleno desarrollo y era urgente acomodar a los trabajadores que levantaban la persiana de las fábricas, muchos de ellos inmigrantes. Los alquileres se dispararon y la gente acababa compartiendo pisos o levantando chabolas con sus propias manos. Al amparo de la Ley de Casas Baratas, aprobada en 1911, empezaron a construirse viviendas dignas para la clase obrera. Los arquitectos que firmaron estas promociones y los vecinos que las habitan demostraron que, además, podían ser hogares de verdad.

Entre los años veinte y los cincuenta, Bilbao enriqueció su patrimonio con «experiencias brillantes en torno a la vivienda social», destaca el autor. Bastida y Emiliano Amann se plantearon cuestiones que hoy preocupan a todo el que busca piso, como aprovechar al máximo el espacio reduciendo metros de pasillo. En los de Torre Urizar la vida se hacía en la cocina, en torno a la chapa de carbón donde, según cuentan los que los han probado, los guisos tenían auténtico sabor. «Comíamos a base de cocidos, y mi padre a veces bajaba con un balde a la ría porque daban pescado», cuenta Luisa. Su familia, con cinco hermanos, compartía «una cocina muy hermosa» con un gran fregadero de granito, despensa, dos habitaciones, aseo y una «galería» con ventanas pensada para tender la ropa.

La renta mensual costaba entre 15 y 45 pesetas. Las puertas, con aldaba, siempre estaban abiertas. «En la escalera nos llevábamos bien, jugábamos a las tabas, al diábolo, al truquemé. Y también íbamos a jugar a las minas», dice Luisa mientras señala el parque de Eskurtze. «Allí estaba el lavadero. Una vez me pilló una vagoneta, y me curaron en el hospital militar». En el barrio hay tres plazuelas donde se celebraban verbenas «y vaquillas». Faltaba una iglesia, la de San Luis Beltrán, que se construyó en 1941. Allí se casó Luisa con un joven de Solokoetxe «que vino a vivir aquí, qué remedio» y «fue feliz» en Torre Urizar, donde todavía recuerdan «cómo cantaba la zarzuela».

La idea de Le Corbusier

Junto a la iglesia en la que bautizaron a sus dos hijos se organizaban sanjuanadas, «aunque estaba prohibido». Mientras tanto, en los años cuarenta se construyeron promociones urbanas, como Torre Madariaga, y rurales -las casas de Monte San Pablo, con establos, más afines a los planteamientos de la Obra Sindical del Hogar-. Después, se pisó el acelerador. La ciudad se quedaba pequeña, y de las cinco alturas se pasó a las torres. En Otxarkoaga se levantaron 3.672 pisos en un año con sistemas industrializados que luego se exportaron a otros barrios, pero ni aun así se consiguió erradicar la infravivienda. «En los años setenta todavía había 2.000 o 3.000 chabolas en barrios como Buia o La Peña», explica Luis Bilbao. Y el Ayuntamiento, en plena transición, tenía una deuda de «casi 1.500 millones de pesetas».

Desde entonces se han puesto en marcha nuevos planes de regeneración urbana. De todas las promociones, la «más interesante» en opinión de los expertos es la de Pedro Astigarraga, conocida como 'las casas americanas'. Construida en pleno desarrollismo, está considerada «una de las actuaciones más brillantes de la arquitectura de los sesenta en toda España». Rufino Basañez interpretó los criterios de «la unidad de habitación de Le Corbusier» y los trasladó a San Ignacio con dúplex, corredores exteriores y sus inconfundibles escaleras.

Para los vecinos también hay reconocimientos y este año se ha premiado a la asociación de Torre Urizar por su implicación en la conservación de los edificios y la mejora del entorno. La entidad agrupa a más de 200 de las 265 familias del barrio. Todo un récord, aunque el ambiente ya no encaja con los recuerdos de Luisa. «Es otra forma de vida», dice. «Pero el barrio todavía es especial, como un pueblo». Ahora que ya es abuela sigue cuidando de su casa, sale todas las mañanas y pasa las tardes con sus vecinas, «Palmira y Natividad». Además del galardón, la asociación ha conseguido que el Ayuntamiento se comprometa a acometer obras de urbanización, saneamiento y alumbrado a partir del próximo año.

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