La conexión francesa de Bilbao

Antiguos alumnos del Liceo echan la vista atrás y recuerdan sus experiencias y anécdotas con motivo del 75 aniversario del centro de estudios

GUILLERMO ELEJABEITIA| BILBAO
Andrés Baltar recuerda la disciplina del Liceo. / M. LÓPEZ/
Andrés Baltar recuerda la disciplina del Liceo. / M. LÓPEZ

«Quien aprende un nuevo idioma, adquiere un alma nueva». Con esta máxima de Juan Ramón Jiménez siempre presente emprendió el camino Cristina Fernández y, de momento, no le va nada mal: ¡ya habla cinco! Ella fue alumna del Colegio Francés entre 1985 y 1997, y desde entonces su vida ha estado unida al país vecino. Cristina es uno de los últimos eslabones de una cadena que empezó allá por 1933 en un pequeño chalé de Indautxu, donde se han forjado varias generaciones de 'franco-bilbaínos'.

Corrían los primeros años 30 cuando el industrial galo Jean Laffontan se decidió, junto a un grupo de empresarios afincados en Bilbao, a fundar un colegio donde sus hijos pudieran recibir una educación a la francesa. Así se instalaba en una casita de la calle Simón Bolívar un centro educativo para 130 alumnos, que nació con el nombre de 'Escuelas Francesas'.

En aquel pequeño colegio, que dirigió en sus primeros años Monsieur Chapeau, fueron matriculados en 1939 Andrés Baltar y su hermano gemelo. Su padre era capitán de la Marina Mercante, y aunque natural de Santander, asentó a su familia en Bilbao porque era el puerto donde más atracaba su barco. Andrés recuerda que en su clase apenas un par de niños tenían apellidos franceses, y que la gran mayoría de los alumnos eran «los chicos del barrio de Indautxu», cuando la zona todavía era un vergel salpicado de coquetos chalés.

Entonces la educación que impartían profesoras como la señorita Arantza era similar a la española, pero hacía especial hincapié en la enseñanza del francés. Para familiarizar a los escolares con la lengua de Molière, en el recreo no les estaba permitido hablar castellano: «Nos entregaban un testigo de madera y teníamos que dárselo al que pillábamos en falta», recuerda Andrés. Con todo, asegura que en su colegio había más libertad que en otros de la época: «Había disciplina, eso sí, pero sin amenazas». Desgraciadamente, esa no era la tónica en la España de los años 40, cuando la vara de fresno estaba a la orden del día. Además, un centro laico y mixto era la excepción, y sin embargo las Escuelas Francesas acogieron a niños y niñas desde el primer día.

El uniforme a cuadros

A los pocos años de su fundación el centro se trasladó a otra casa más amplia en Deusto, que aún se mantiene por su valor arquitectónico. La odisea de cada mañana para llegar al colegio es uno de los primeros recuerdos escolares que guarda Begoña Uriarte, alumna en aquellos tiempos: «Íbamos en un autobús de gasógeno con una chimenea que echaba humo negro y que se paraba a cada momento. La mayor aventura era cruzar el puente de Deusto, que se abría cada dos por tres. Para nosotros el viaje era una fiesta», rememora.

De los primeros años cincuenta data también el uniforme del colegio, cuyas faldas escocesas forman ya parte del paisaje urbano de Bilbao. Las cabezas pensantes del centro eligieron el famoso tejido entre una falda de cuadros que tenía Begoña y otra de su amiga Amparo. Tras arduas deliberaciones resultó elegida la falda de Amparito, y desde entonces miles de niñas han vestido a diario con esos cuadros escoceses rojos y verdes.

Begoña estuvo durante muchos años ligada al Liceo, primero como alumna, después como profesora y jefa de estudios y también como madre, puesto que sus hijos continuaron con la tradición familiar de educarse a la francesa. Ella era la hija de don Paulino Uriarte, uno de los profesores más recordados que tuvo la institución. Junto con sus hermanas, acudió desde pequeñita al colegio francés y fue alumna de la primera promoción que cursó allí el bachillerato. Don Paulino había vivido muchos años en la Isla de Jersey y era un enamorado de la cultura francesa. Aquello le abrió a Madeimoselle Uriarte las puertas para estudiar Magisterio en la región de Cognac.

A su regreso se integró en el colegio, primero como profesora de niños de 6, 7 y 8 años, y después como consejera principal de educación, un puesto similar al de jefe de estudios. Su función de bisagra entre los padres, los profesores y los alumnos le hacía muchas veces adoptar el papel de una estricta gobernanta. Para entonces ya era Madame Larrucea y se encargaba de coordinar horarios, atender a los padres, hacer seguimiento a los niños 'complicados' y organizar las actividades extra escolares, entre otras muchas cosas. Los que entonces la temían hoy la recuerdan con cariño y agradecimiento, y ella misma reconoce que «es muy gratificante encontrarte con alumnos a los que has visto crecer, convertidos en encantadores adultos».

Uno de aquellos pupilos es Miguel Lizárraga, para quien Begoña fue su primera profesora. Era el pequeño de cuatro hermanos, y el único de la familia que estudió en el Francés, pero su experiencia fue tan buena que matriculó allí a su prole. ¿Las razones? Que era un centro mixto, laico y que ofrecía la seguridad de aprender una lengua extranjera. Algo esencial para abrir horizontes, y que ha permitido a sus dos hijas cursar sus estudios en Francia.

Pasión por los idiomas

Por aquel entonces el colegio se había trasladado, nuevamente por problemas de espacio, a la calle José María Escuza, donde ocupaba una planta de un edificio y convivía con los talleres e industrias de la zona. Su sistema educativo todavía no estaba reconocido oficialmente, y Miguel recuerda cómo en junio tenían que hacer los exámenes por libre en un centro público, «al que generalmente llegábamos con muy buen nivel».

Entre los 50 y los 70, la gran expansión demográfica de Bilbao amplió demasiado la lista de espera del colegio, por lo que en 1968 se trasladó a una nueva sede, en Zamudio. Se escogió un paraje cercano a Artxanda, en el enclave de un antiguo caserío, con el fin de ofrecer a los escolares un entorno saludable y natural. Desde aquel pequeño chalet de Indautxu, el centro había evolucionado bastante, pasando de ofrecer un aprendizaje intensivo de la lengua a adoptar el sistema educativo y los métodos de enseñanza franceses.

Uno de los mejores frutos de este modelo educativo es Cristina Fernández, que a sus 26 años no duda en afirmar que su vida hubiera sido otra de haber estudiado en otro colegio. Ella ha desarrollado una facilidad natural para los idiomas: domina el francés, el inglés, el italiano y el español, y se maneja en árabe clásico. Hoy trabaja en la Embajada francesa en Madrid, donde se encarga de traducir la correspondencia diplomática y los discursos de Monsieur Sarkozy.

«Creo que mi pasión por los idiomas también se explica por el colegio, por el hecho de haber estado en contacto a diario con otra lengua desde los 3 años», asegura Cristina. Pero entre los muros de aquel centro aprendió mucho más que un idioma, «me enseñaron a tener espíritu crítico, a forjarme opiniones propias y a desarrollar la curiosidad intelectual», herramientas que le han servido para labrarse un brillante futuro haciendo lo que le gusta.

75 años después del nacimiento de aquellas pequeñas Escuelas Francesas, Antoine Jobbé-Duval, nieto del fundador, ve con orgullo la evolución que ha seguido el centro, aunque no se plantea que siga creciendo. En este curso el Liceo acoge a cerca de 1.000 alumnos, «unas dimensiones humanas. A partir de ahí el colegio se convertiría en una industria, y podría perder el ambiente familiar». Los esfuerzos de cara al futuro se centrarán en ofrecer mejores servicios a los alumnos -instalaciones deportivas, equipamientos tecnológicos- y en seguir formando generaciones de «cabezas bien hechas, mejor que bien llenas», como diría Montaigne.

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