La cojera invisible de Igor Antón

Una prueba biomecánica detecta las secuelas que todavía sufre el ciclista del Euskaltel-Euskadi tras su aparatosa caída en la pasada Vuelta a España

J. GÓMEZ PEÑA| BILBAO
Antón, durante la prueba biomecánica en el Osasun Centrum. / PEDRO URRESTI/
Antón, durante la prueba biomecánica en el Osasun Centrum. / PEDRO URRESTI

No es tan fácil levantarse. Igor Antón se cayó el día que la Vuelta a España iba hacia el Angliru. El instinto le elevó del suelo. Casi de inmediato. Fue a echar mano de la bici y no pudo: el brazo no respondía; no se podía apalancar en la clavícula. Rota. También notó que en la pierna izquierda había algo. Era peor. Fractura del trocánter, en la inserción del fémur y la cadera. Malo. Lo supo al salir del quirófano: un mes quieto y luego una larga rehabilitación. Ahora, dos meses después, ya sólo queda un leve pellizco. Eso parecía hasta que se ha subido a una bicicleta especial, estática, conectada a un ordenador. Ahí lo ha visto: «No pensaba que mi pierna izquierda estaba tan débil». La gráfica de la pantalla se lo dice: con la articulación 'mala' realiza el 42,3% de la fuerza, con la 'buena', el 57,7. La máquina de la verdad: Antón, sin saberlo, aún cojea.

«Cuando la diferencia está por debajo del 5 por iento, es admisible. Por encima del diez, es preocupante. Y Antón pasa de sobra ese límite», comenta Juan García, biomecánico y profesor en la Universidad de León. La voz de la máquina. El técnico gira la pantalla, la coloca como un escaparate frente al ciclista: para que lo vea. La línea roja, la de su pierna izquierda, no sube tanto como la azul (derecha). Entonces, Antón se empeña. Martillea con la 'mala' a 90 revoluciones por minuto. Nivela las dos rayas. «Aguanta así un minuto», le pide Juan García. Antón casi no puede. Le vence sin querer la derecha, la sana. «Jo, qué torpe estoy todavía. Y eso que me he preocupado de fortalecer la izquierda», lamenta el corredor.

«Lo bueno de este sistema es que el ciclista ve en la pantalla los errores y las asimetrías. Si se lo dices, igual no lo cree. Pero si lo ve...», comenta Igor González de Galdeano, director del Euskaltel-Euskadi. La prueba a Antón refleja una eficiencia de pedalada del 75%. Baja, lejos del 88% que ha alcanzado su compañero Aitor Gadós. La voz del biomecánico vuelve a escucharse en el Osasun Centrum de Derio: «Igor, antes de acumular kilómetros tienes que igualar la fuerza de las piernas». Si no, la derecha protegerá a la izquierda y asumirá la mayor parte del trabajo. Y un ciclista con la fuerza mal estibada acaba quebrándose. A pique.

A reeducar la pierna

Antón vuelve a armar la figura sobre la bicicleta chivata. Otra serie. Le han subido un centímetro el sillín y se lo han adelantado 0,3 milímetros. Le piden que se cuelgue de la punta del asiento. Obedece. Pedalea al son que ve en la pantalla. Consigue que la pierna derecha alcance el 48%, por 52% de la otra. «Recuerda esta sensación», le pide el técnico. Ha alcanzado el 82% de eficiencia. Durante 12 minutos suda. Jadeo amortiguado por los comentarios de los técnicos. La nueva posición es más rentable, pero tiene su tributo: al acabar, Antón escarba en el culotte. Dolor.

El test dura un par de horas. La pierna izquierda sigue jugando al escondite. Antón le pide a García otra cita, en enero. «Es que todavía la pierna está muy débil. Y, como me apoyo siempre en la otra, la 'mala' es ahora más larga». La pantalla del ordenador ha sellado sus dudas. No está curado. El eclipse de dos meses provocado por la caída sigue latiendo en su organismo. La máquina lo ha visto. Sólo hay dos aparatos como éste en España. Viene de Holanda y lo ha traído una empresa catalana, 'Son Médica'. Hace de lupa informática.

«Sé que gasto energía de más al pedalear». Pero no es fácil pulir la posición natural. Es un escalador, va sentado atrás en el sillín. Saca las rodillas, las despliega a derecha e izquierda en contra de las normas aerodinámicas. Trata de educarse y corregirlo. «Hasta he puesto un par de corchos en el cuadro de la bici para tocarlos con las rodillas y acostumbrarme a meterlas». Nunca se aprende del todo a andar en bici. Eso dice la máquina.

A Samuel, «ni tocar»

Al final de la sesión de Igor Antón asiste el campeón olímpico. Samuel Sánchez es el siguiente en la lista. Le toca subirse al potro. Es meticuloso. Le pide a Tomás Amézaga, su mecánico, que reproduzca a la perfección sobre la máquina las medidas de su bicicleta de diario. Se sube al fin y comba el espinazo. Relucen los ribetes dorados de su culotte, el distintivo olímpico. «Siempre he tenido la sensación de que voy torcido. No sé. Soy derecho de pie y mano, pero tengo más fuerza con el lado izquierdo».

Samuel tiene vocación científica. Le encanta traducir el ciclismo a números y variables. Metrónomo. Buscar errores para suturarlos. «Soy todo 'mejoras'», bromea. Y cuenta que hasta la forma de morder influye en la simetría del cuerpo. «Hay gente que muerde más con un lado de la dentadura y al hacer esfuerzo se le descompensa el cuello, la espalda...». Pedalea y no calla. Juan García le obliga a rodar sobre 300 vatios de potencia. Mucho para noviembre, un mes vacacional en el ciclismo. Pero ya ha empezado la primera concentración del Euskaltel. El ensayo inicial.

La pantalla refleja el esfuerzo del oro olímpico. La pierna izquierda aplica más potencia, pero durante menos tiempo. La derecha es menos violenta, aunque más duradera. Samuel pregunta al técnico, quiere respuestas. Anhela un margen de mejora. Y no. Juan García le frena: «Pedaleas distinto con cada pierna, pero se compensan. El cuerpo ha aprendido a corregir ese error. Mira...». Le muestra los datos del ordenador: la izquierda realiza el 50% clavado del trabajo, lo mismo que la derecha. Samuel es tan asimétrico como perfecto. «Ni tocar la posición», le impone Juan García.

Y Samuel, chasqueado, se baja de la máquina. Ya tiene el equilibrio que Antón buscará durante meses pedaleando contra la pantalla.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos