Historia de un mercado

Desde el siglo XIV, La Ribera ha sido el corazón de una colorista y bulliciosa actividad mercantil

IMANOL VILLA| BILBAO
Vista de la Plaza Vieja con su mercado en 1854, con la iglesia de San Antón al fondo./
Vista de la Plaza Vieja con su mercado en 1854, con la iglesia de San Antón al fondo.

El 22 de agosto de 1929, fecha elegida para la inauguración del flamante edificio del Mercado de la Ribera, se hallaba Bilbao en plena semana festiva y con el Gobierno de la nación al completo como invitado de honor. ¿Qué más se podía desear? No obstante, el verdadero motivo de la visita de tan altos personajes, lejos de centrarse en la apertura del nuevo edificio, fueron los actos organizados con motivo del Homenaje a la Vejez, que tuvieron lugar en el teatro de los Campos Elíseos.

Aún así, al general don Miguel Primo de Rivera y a algunos de sus ministros les quedó tiempo para poder contemplar con sus propios ojos el importante cambio que la Plaza Vieja había sufrido tras la construcción del nuevo Mercado, obra de don Pedro de Ispizua enclavada en lo que se dio en llamar, según las tendencias arquitectónicas de la época, el racionalismo. El mismo día de su apertura se programó una visita por las nuevas instalaciones a la que acudieron el Presidente del Consejo y los ministros de la Gobernación, del Trabajo, Justicia y Cultos.

Como anécdota estuvo el hecho de que al prepararse el acto no se cayó en la cuenta de que la llegada de Primo de Rivera y sus ministros «coincidía precisamente con unas horas de cierre, por ser tradicionalmente festiva la tarde del día de ayer -jueves-, última de las laborables de corridas de feria». Así que no quedó más remedio que cambiar la agenda y encajar la dichosa visita por la mañana. Aún así, ésta, según las crónicas del momento, fue todo un éxito. La verdad es que presidente y ministros llegaron a la mejor hora, pues coincidieron en el momento de mayor afluencia de compradores, lo cual le dio al acto un toque muy propio y pintoresco.

«La plaza -recogió 'El Noticiero Bilbaíno'-, estaba en su totalidad ocupada por los puestos de venta que hasta ayer mismo estuvieron en los mercadillos provisionales de la Plaza Nueva y de los Auxiliares y presentaba una gran animación». El general y sus acompañantes recorrieron todos los pisos y saludaron tanto a vendedores como a compradores los cuales, sorprendidos porque nadie les había dicho nada acerca de la visita, pasaron del asombro a una alegría exteriorizada con ovaciones y «vivas» de todo tipo. De hecho, el propio Primo de Rivera afirmó que, sin duda alguna, ese había sido el mejor y más caluroso recibimiento del que había sido objeto desde su llegada a Bilbao.

Tan a gusto estaba el general que no dudó en ponerse a charlar amigablemente con un grupo de vendedoras de pescado. A continuación saludó al arquitecto, don Pedro de Ispizua, «al que felicitó con toda complacencia, informándose de presupuestos, capacidad de las instalaciones y otros detalles, mostrándose sinceramente entusiasmado de cuanto veía y oía». Tan impresionado debía de estar que llegó a comparar el mercado bilbaíno con el nuevo de Valencia. Todo un honor.

De todos modos, el edificio inaugurado aquel 22 de agosto de 1929, elogiado mucho por unos y no tanto por otros, no hizo más que mejorar sustancialmente el escenario que durante siglos había sido patrimonio de muchos vendedores y compradores de la villa. Aunque, a decir verdad, la obra de Ispizua fue el certificado de defunción de la que, desde mucho tiempo atrás, había sido conocida como la Plaza Vieja, tocada ya gravemente desde la irrupción de los nuevos medios de transporte. La actividad mercantil al detalle en la que fue Plaza Vieja bilbaína comenzó a la altura del siglo XIV. Allí se formó entonces, en el considerado como centro neurálgico de Bilbao, «un mercado bien surtido de cuanto apetecer pudiera el más refinado gastrónomo», como señaló Emiliano de Arriaga. La variedad de colores que se daban cita, la animación del mediodía y la algarabía que se armaba entre las vendejeras, las compradoras -y en menor medida compradores-, y los curiosos que se acercaban a husmear entre los tenderetes, le confirió a la plaza un toque singular. Entre sus puestos se podía encontrar de todo. Vendedores de pájaros, los llamados chorierricos, las aldeanas que ofrecían sus frescas verduras, toda clase de embutidos, suculentos perniles, nueces, castañas pilongas, limones, naranjas, bollos de mantequilla, merluzas, sardinas. Hasta hubo una época en la que fue posible afeitarse en seco gracias a las habilidades del famoso Batán, una especie de Fígaro que realizaba su trabajo al aire libre por dos míseros cuartos.

Hierro colado

La costumbre y demás avatares obligaron a darle cierta estabilidad formal al mercado de la Plaza Vieja. Así, en 1870, se cubrió con una simple tejavana, la cual dejaba abiertos todos sus costados. Así se certificaba esa vocación mercantil cotidiana del lugar.

A finales del siglo XIX, la endeble estructura fue sustituida por otra mucho más elegante y más acorde a las modas arquitectónicas modernistas del momento. La nueva construcción de hierro colado y forjado contaba ya con cierres en algunas de sus partes. Por otro lado, se mantenía una zona de paso para peatones que circundaba todo el edificio. Esta construcción modernista se mantuvo hasta 1928, año en el que se tomó la decisión de construir un edificio con más entidad y que diera cabida a muchos más vendedores.

Y así se llegó al 22 de agosto de 1929, día en el que se inauguró oficialmente el edificio que ha llegado hasta nuestros días y que, según parece, a pesar de figurar en el 'Libro de los Récords Guiness', tiene las horas contadas.

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