La banca de inversión, de luto

La debacle del sistema financiero ha acabado con un reparto de funciones que había surgido tras la crisis de 1929

MANU ALVAREZ| BILBAO
Un 'broker' en Wall Street. / AFP/
Un 'broker' en Wall Street. / AFP

El péndulo ha trazado el arco con la tradicional perfección. Eso sí, el viaje de ida y vuelta le ha costado más de 70 años. Las autoridades norteamericanas elaboraron en 1933 una rígida normativa que impedía a los bancos tradicionales inversiones de riesgo en los mercados financieros, para intentar evitar en el futuro un nuevo 'crash' bursátil como el del año 1929. Apenas un par de años más tarde, en 1935, se consumaba con Morgan Stanley la separación de papeles y el nacimiento de los bancos de inversión, que llegaban a ocupar el hueco de la intermediación financiera. Se abrió entonces una nueva era que ha terminado hace tan sólo unos días. La mayor parte de los bancos de inversión, al menos los cinco más importantes, han quebrado, han sido adquiridos por entidades tradicionales o bien se han apoyado en nuevos socios para iniciar un proceso acelerado de transformación.

La lección que obtuvieron los expertos en la depresión originada en 1929 fue que pocos bancos y grandes eran capaces de poner en peligro los ahorros de los sufridos granjeros y pequeños comerciantes e industriales con sus juegos bursátiles. La lección que están digiriendo ahora es que muchos bancos y pequeños son capaces también de liarla hasta llevarse por delante todo el sistema. Vamos, que no hay forma de encontrar ese punto en el que el péndulo se queda quieto y su bola no amenaza con golpear a la economía mundial en la cabeza.

Todo se complica

La sofisticación del mercado, de los productos y de las propias entidades ha hecho difícil en los últimos tiempos establecer la línea divisoria entre unos y otros. En términos simples, el banco comercial tiene su epicentro en una operativa clásica. Toma en depósito 100 euros de Juan y al acabar un año completo le entregará por ello 4 euros como remuneración. El banco presta esos mismos 100 euros a María José, para comprarse un piso o amueblar su incipiente despacho de abogada. Cuando pase un año, le cobrará 8 euros por ese préstamo. La diferencia entre una operación y otra, 4 euros, será el denominado 'margen financiero', el equivalente a la facturación de una empresa convencional.

El banco de inversión, al menos en sus inicios, asumía pocos riesgos directos. Le fabricaba 10 papelitos de 10 euros cada uno a María José -los bonos- y los colocaba entre otros tantos 'juanes', con el compromiso de que al finalizar el primer año, la abogada novel les entregaría 75 céntimos de euro por cada uno de esos papeles. El banco cobraba una comisión a María José por cada papel y de ahí obtenía sus ingresos. Muchos papelitos, muchos bonos, muchos ingresos y a quitarse de enmedio terminada la colocación.

Las diferencias entre ambas modalidades de banca han sido importantes. Así, mientras los bancos de inversión se sometían a la supervisión de la SEC -el equivalente a la CNMV española-, los comerciales debían reportar a la Reserva Federal -nuestro Banco de España-, más estricta y con unas exigencias de coeficientes de solvencia, etc., más rigurosos. Los comerciales podían acudir a las subastas de dinero del banco central para financiar sus desequilibrios puntuales entre depósitos y préstamos, pero los de inversión no. Estos últimos debían solucionar sus problemas con los recursos propios -escasos en la mayor parte de los casos ya que estaban acostumbrados a intermediar y no a asumir riesgos en sus balances- o acudir al mercado para buscar inversores.

En 1999, la Administración Clinton abolió la Ley Glass-Steagal de 1933, la que impuso rígidas condiciones de movimiento y rompió los diques que separaban ambas formas de actuar. Todo iba relativamente bien cuando los tipos de interés eran bajos, el riesgo por lo tanto era barato y al alcance de la mano y la economía empujaba hacia arriba. La avaricia que rodea Wall Street, la City londinense e incluso en algunos días de viento del Oeste la Gran Vía de Bilbao y el madrileño Paseo de La Castellana, acabaría por ponerlo todo patas arriba. Los bancos comerciales se lanzaron a aventuras como las 'hipotecas basura' y los de inversión se animaron a financiar a los primeros convirtiendo en 'papelines' esos mismos créditos.

La avaricia rompe...

Hay pocas cosas tan peligrosas como la mente de un financiero 'creativo'. Parapetados bajo del traje de Armani y la corbata de Hermés, son capaces de generar una bomba atómica sin necesidad de usar neutrones. ¿Cómo entender, si no, que hayan sido capaces de mantener hasta hace días una operativa basada en la posibilidad de vender a chorros unas acciones que ni siquiera tenían, hundir el valor en cuestión de horas y comprar cuando ya se han derrumbado, para ganar con ello miles y miles de millones de dólares o euros? Y, todo eso, con el beneplácito de las autoridades y el estirado y rimbombante nombre de 'operaciones a corto'.

El mercado ya había recibido suficientes señales de alarma a mediados de los 80, cuando la firma Drexel Burnham Lambert y su ejecutivo estrella, Michael Milken, inundaron los circuitos del dinero con lo que ellos mismos denominaron 'bonos basura'. Títulos emitidos por empresas menos solventes que el papel de los bonos que colocaban y que prometían altísimas rentabilidades a los inversores. Aquello acabó en un escándalo de proporciones siderales y Milken con sus huesos en la cárcel, una multa de 900 millones de dólares y la prohibición de por vida de acercarse al mercado financiero. La 'cátedra' lo interpretó como una peripecia de 'pillos' y no como lo que en realidad podía ser: un problema sistémico, con capacidad para reproducirse una y otra vez.

El más difícil todavía

Tras el desarme legal de las barreras en 1999, los bancos de inversión norteamericanos mantuvieron su tradicional forma de funcionar -coloco el 'papelín' y salgo corriendo- pero probaron también el más difícil todavía, ahora sí, asumiendo riesgos en sus balances. Garantizaron una auténtica riada de productos sofisticados, fondos estructurados, con una rentabilidad basada en el comportamiento de índices bursátiles, fondos subyacentes y otras lindezas, que han contribuido a convertir el sistema financiero en una gran casa de apuestas, alejada de aquel concepto clásico en el que los que tenían dinero lo prestaban a quienes tenían ideas para, entre ambos y cada uno en su papel, hacer negocios dignos o construir países prósperos.

La sofisticada avaricia de los bancos de inversión les llevó a asumir un volumen de riesgo que no han sido capaces de digerir, al mismo tiempo que perdían la confianza de los inversores cuando, quizá ya demasiado tarde, comenzaban a comprender que había demasiado 'humo' detrás de estas empresas y mucho 'subprime' en sus venas. Por eso, esta temporada están de luto. La duda está en saber si, además, han conseguido organizar los funerales a buena parte de los que estaban cerca.

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