Un lehendakari incapaz

EMILIO GUEVARA SALETA
JESÚS FERRERO/
JESÚS FERRERO

E ra inevitable: una sociedad enferma antes o después acaba gobernada por un líder enfermo. Hoy Ibarretxe es la representación fiel de una determinada concepción, afortunadamente no única, del nacionalismo que domina y pretende seguir haciéndolo aunque para ello haya que vender frustración, explotar el victimismo, deformar la realidad, ser insensible al sufrimiento del vecino, minar la fibra moral de la sociedad y provocar en definitiva la división entre vascos. Sólo alguien que ha prescindido de la razón, o la ha perdido, es capaz de transformar la tenacidad en obstinación, la búsqueda de un objetivo en obsesión, la convicción o las ideas en fanatismo, la firmeza en intolerancia e inflexibilidad, el optimismo en autocomplacencia, y caer en un autismo cada vez más acusado. Sólo alguien que ha perdido toda capacidad para la observación y la autocrítica, así como el sentido de la realidad y de la proporción, puede sentirse agredido en sus derechos, ignorando y despreciando un hecho objetivo: son aquéllos que no piensan como él y sus correligionarios los que en Euskadi sufren un déficit democrático que no existe ni en el resto de España ni en ningún país moderno regido por la razón y los valores esenciales de la democracia. Sólo un enfermo moral puede tener cuajo y estómago para no distinguir entre verdugos y víctimas, para no percibir quiénes son realmente unos y otros, y para no colocarse incondicionalmente con los segundos.

Ibarretxe es capaz de autocomplacerse ante la situación de la economía vasca y el desarrollo que hemos conseguido y, al mismo tiempo, renegar de un Estatuto de Autonomía que ha permitido ese progreso. Nacido como lehendakari con el pecado original del Pacto de Lizarra, se ha dedicado con contumacia a minar el consenso estatutario, ofreciendo a cambio un plan cuyo resultado estaba cantado para cualquier analista razonable: la nada más absoluta, salvo, eso sí, incrementar artificialmente el grado de frustración, la inestabilidad política, y procurar una coartada al terror. Entretanto, otras comunidades, empezando por Cataluña, tienen un nuevo y mejor Estatuto. Aunque no fuera sino por este fracaso, Ibarretxe debería tener el suficiente respeto hacia sí mismo y hacia los ciudadanos vascos para renunciar a una nueva candidatura.

Ibarretxe ha ido rebajando la base y el pluralismo de sus gobiernos, respecto de los de su antecesor, hasta llegar a un tripartito políticamente más inane cada día que pasa, en el que los consejeros van por libre a lo suyo y a lo de su convento, mientras el líder se dedica en cuerpo y alma a su monotema. Los resultados de todo ello son también evidentes: un deterioro de servicios que funcionaban hace diez o quince años mejor y, lo que es más grave, la ruptura de los principales acuerdos institucionales que se habían logrado en la política de normalización del euskera, en el modelo educativo, en la lucha contra el terrorismo con el Pacto de Ajuria Enea. Es como aquél que derriba la casa recibida en herencia y carece de proyecto para construir otra más confortable y acogedora. Ha pasado de prometer que sólo en ausencia de violencia se pondría en marcha su plan a aceptar el voto, por otro lado despreciativo e insolente, de los que obedecen a ETA, con tal de satisfacer sus obsesiones.

Todo este desastre obedece a algo más profundo y preocupante que un simple error que se pueda corregir. En la actuación de Ibarretxe subyace una radical e insubsanable incapacidad para gobernar este país. Su discurso habitual carece de sustancia y está plagado de lugares comunes, de frases hechas y de simplificaciones escandalosas sobre el concepto de democracia, sobre la historia del País Vasco, sobre la realidad actual de Euskadi y sobre el mundo en el que estamos. Ha trasladado al lenguaje político y al modo de comportarse el estilo y el contenido de la más barata literatura de autoayuda. Eso sí, todavía conserva un índice de aceptación superior al de otros líderes por dos razones. La primera, porque en el ámbito del PNV y del nacionalismo vasco, que a veces parece ser más una religión que una ideología desarrollada desde la razón, cualquier lehendakari goza ya de una cuota fija de popularidad y de inmunidad a la crítica que le permite colocarse por encima del bien y del mal y refugiarse en su mundo virtual, obsesivo y autista. Porque ésa es su manera de ser y de actuar, Ibarretxe nunca podrá ser un buen gobernante ni corregir su rumbo ni enmendar sus errores. Seguirá pedaleando compulsivamente, con la vista en el manillar y en la rueda delantera de su bicicleta sin atender a lo que ocurre a su alrededor, sin ver el paisaje que le rodea, y, sobre todo, sin advertir que avanza hacia ninguna parte.

A Ibarretxe, y ésta es la segunda razón, le ha venido salvando de caer de la bicicleta el que su incapacidad se corresponde con la de una parte de nuestra sociedad para curarse de la indiferencia, de la comodidad y de la carencia de valor para enfrentarse a los verdaderos problemas de Euskadi: la violencia, y un concepto de integración social que en realidad esconde la pretensión de que los no nacionalistas se asimilen o, al menos, se sometan a los que se consideran únicos y buenos vascos. Ibarretxe y los suyos están tan encerrados en sí mismos que, me temo, ni siquiera son conscientes de su fracaso. En una más de sus manipulaciones ha llegado a sostener que el Gobierno de Zapatero y el Tribunal Constitucional le niegan su capacidad como lehendakari para consultar a su pueblo. No es cierto. Lo que se ha puesto de manifiesto al final de su gobernación es su incapacidad para ser lehendakari. Euskadi necesita otro lehendakari, sea nacionalista o no, que eso lo decidiremos los ciudadanos. Otro lehendakari que gobierne para todos los vascos, que reconstruya los acuerdos básicos, que escuche, que procure la estabilidad y la seguridad, que sea realista, que demuestre su simpatía y su solidaridad con los que sufren persecución por parte del nacionalismo terrorista, y, en definitiva, que sea el referente ético para recuperar nuestra salud como pueblo.

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