Un creyente empeñado en unir fe y vida

MANUEL DE UNCITI| SACERDOTE Y PERIODISTA

N ueve de la mañana de un día cualquiera. Seminario Diocesano de Vitoria. Centenar y medio -poco más o menos- de jóvenes guipuzcoanos, vizcaínos y alaveses van tomando asiento en el Aula Magna. El profesor Cirarda, don José María Cirarda, ha subido al estrado. Se ha sentado y no se le ocurre mejor cosa que desplegar un periódico. Hay un silencio impresionante en el ambiente. Sólo se oye el siseo de los labios de don José María que lee para sí. Luego cierra el diario, pega con su mano derecha sobre el periódico y comienza su lección de teología arrancando de la información que acaba de leer...

¡Así era don José María Cirarda! Pocas anécdotas pueden retratarle mejor que ésta. Era un creyente empeñado en unir fe y vida, cultura y credo. Era un profesor que nunca se olvidaba de que sus alumnos eran muchachos que se preparaban para el ejercicio del ministerio sacerdotal y que, si el saber les era necesario, de poco les valdrían los conocimientos si éstos no se adentraban en los entresijos de la vida diaria. No era, muy probablemente, el mejor teólogo con que contaba en aquel tiempo el claustro de profesores del Seminario de Vitoria; otros varios le superaban. Pero sí era el que mejor y más enseñaba, el que dispensaba sus lecciones con la vista puesta en unos alumnos que mañana serían párrocos, coadjutores, directores de ejercicios espirituales, capellanes y consiliarios.

Perseguía formar hombres apostólicos, abiertos a la vida.

La nómina de sus amigos no tenía fin y de su relación con muchos de ellos extraía sabrosas crónicas con las que iluminar las páginas pesadas de los textos. Te hablaba -como si fueran de su familia de Bakio, donde él había nacido en 1917- de Julián Marías, de Alfonso Querejazu, de Pedro Laín Entralgo, de Dionisio Ridruejo, de José Luis López Aranguren; o de Luis Rosales, o de Joaquín Ruiz Jiménez, de Baldomero Jiménez Duque, de Carlos Santamaría o del jesuita padre Ceñal o del en aquel entonces jovencísimo Olegario González de Cardedal. Sacaba a colación su relación amistosa con estas personalidades para estimular en sus alumnos la voluntad de estar al día, de saber, de gozar con las luces de la cultura.

A muchos de estos sus amigos -y a otros más del extranjero como Chenu o Congar- les conoció en la Conversaciones Católicas Internaciones de San Sebastián o en las Conversaciones Católicas de Gredos, encuentros anuales de intelectuales que se honraban de profesar la fe en Jesús de Nazaret. Fueron éstos, sin duda, a entender de muchos que le conocieron y trataron, los años del mejor Cirarda; años de docencia de teología, años de predicación de ejercicios espirituales, años de conferencias por toda la geografía española, años de dirección y participación en mil y mil cursillos misionales. Y al decir esto último, se impone resaltar la extraordinaria amistad que unía a José María Cirarda con aquel gigante, natural de Yurre, que se llamaba Ángel Sagarmínaga, el 'don Angel' por antonomasia de la Iglesia en España. Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias, don Ángel prendió su pasión por las misiones en el corazón del sacerdote y profesor Cirarda. Por cierto, que cuando en el año 1960 le nombraron obispo al 'sobrino', don Ángel -famoso por su humor coprogénico- le envió un telegrama que decía: «Lo siento por ti. A partir de ahora no podrás bajar a los urinarios públicos».

Esto sólo se explica si se tiene en cuenta que tanto José María Cirarda como don Ángel eran dos 'chicos grandes': cordiales, de fácil sonrisa, de carcajada oportuna y espontánea, sentimentales. Ya obispo, estos trazos mayores de su carácter le sirvieron a Cirarda para entenderse a las mil maravillas con los andaluces de Sevilla y, sobre todo, de Jerez de la Frontera. «Está hecho un andaluz», comentaban no pocos. Y lo habría estado aún más si no le hubieren apartado de Andalucía a sólo ocho años de estar en ella. Lo trasladaron a Santander. Para que estuviera -por un por si acaso- no lejos de Bilbao. ¡Y tan para que estuviera cerca!

A la muerte de monseñor Gúrpide, Cirarda hubo de apechugar con el nombramiento de administrador apostólico de Vizcaya. Difícil papeleta, ¡vive Dios! Y más aún cuando tenía que compaginar ministerio episcopal en Santander y Bilbao. No le resultó nada fácil. Dejó más de un pelo en la gatera. La complicadísima situación política de aquellos años y la revolución eclesial que se produjo en muchas partes al término del Concilio Vaticano II habían enrarecido el ambiente hasta extremos difíciles hoy de concebir.

El traslado a la Diócesis de Córdoba en 1971 le resultó una auténtica liberación. Aunque también en esta ocasión por poco tiempo: en 1978 la Santa Sede le envía como arzobispo a Pamplona. ¡Y vuelta a empezar! Durante 15 largos años trabajó incansable, muy unido a los obispos vascos. Con ellos publicó varias pastorales conjuntas que hicieron historia. Por fin, en 1993, por razones de edad, pasó a la bien merecida jubilación.