La cárcel de Larrínaga

A principios del siglo XX, Bilbao se convirtió en el centro penitenciario más importante de la provincia al contar con una prisión correccional para hombres y otra para mujeres

IMANOL VILLA| BILBAO
Puerta principal de la conocida como Cárcel de Larrínaga. / EL CORREO/
Puerta principal de la conocida como Cárcel de Larrínaga. / EL CORREO

El 16 de julio de 1868, en Guernica, la Diputación de Vizcaya presentó ante la Junta allí reunida los planos de lo que se quería que fuese la nueva Cárcel del Señorío con sede en Bilbao. La propuesta provocó división de opiniones puesto que muchos alegaban que sólo con las necesidades penales de la Villa se podía llenar el proyectado edificio, por lo que consideraban pretencioso que sirviera a otras poblaciones. Finalmente y tras mucho discutir, se llegó a la conclusión de que lo más correcto sería que el nuevo centro penitenciario dependiera de los organismos locales bilbaínos. No había más que hablar. A Bilbao le correspondía la tarea urgente de renovar sus instalaciones carcelarias.

La verdad era que los centros penitenciarios de la Villa dejaban bastante que desear. Sin ir más lejos, en ese mismo año de 1868, la Dirección General de Prisiones había ordenado, por cuestiones de higiene, la rápida demolición de la conocida como Casa Galera, cárcel mixta situada en el camino que conecta Urazurrutia con La Peña. Y no era la primera vez que eso ocurría. Ya con anterioridad, en 1796, había sido derruida, debido a su penoso estado, la cárcel que la Villa tenía en el Portal de Zamudio. Así que, obligados por las circunstancias, pusieron manos a la obra y el proyecto para la construcción de la nueva cárcel -conocida en un principio como Cárcel de Zabalbide aunque más tarde pasaría a denominarse de Larrínaga-, fue adjudicado al arquitecto don Pedro Belaunzaran.

La cárcel del partido judicial de Bilbao se terminó en 1871. Años más tarde, y contra lo que se había opinado en un principio, el edificio fue ampliado con un nuevo piso para convertirlo en Prisión Correccional provincial. El resultado, a juicio de don Pablo de Alzola, fue «una construcción de las mejores de su clase que tenemos en España, no habiendo escatimado gastos la Diputación Provincial de Vizcaya, tanto en su instalación como en su sostenimiento».

La Casa Galera

La conversión de la cárcel en centro correccional, en el que se podían aplicar penas de hasta seis años de reclusión, obedeció al rápido crecimiento de población que Bilbao experimentó desde que en 1868 se iniciaran las obras de la cárcel nueva. Obviamente, una de las peores consecuencias de aquel aumento demográfico fue un preocupante repunte de la criminalidad. En 1897, y ante la constatación de que la mala vida no hacía distinción de sexos, el arquitecto don Enrique Epalza recibió el encargo de construir un pabellón con destino a mujeres. Este nuevo edificio -hoy en día alberga la Escuela de Música Municipal y las salas del ensayo de la Orquesta Sinfónica de Bilbao-, se conoció popularmente como Casa Galera.

A juzgar por la opinión de muchos contemporáneos, la nueva cárcel de mujeres se construyó con todo tipo de detalles. «Hasta con lujo», llegó a señalar Pablo de Alzola cuando se refirió a ella. Una de las cosas más positivas en el servicio de aquel centro era que la atención de las reclusas dependía directamente de las Hermanitas de la Caridad que, literalmente, se desvivían por aquellas mujeres desviadas del recto camino de la vida. Todo parecía ser bueno. «El rancho es de buena calidad, y esto, unido al régimen de blandura que caracteriza á nuestra legislación, contribuye también a fomentar las reincidencias». Y es que a la Casa Galera no le faltaba casi de nada. Las camas tenían sábanas, el trato dispensado a las reclusas era exquisito y la comida era tan buena que muchas vivían mejor que en sus casas.

En contraste, la situación de la Cárcel de Larrínaga era muy distinta. En 1902, se citaban una serie de defectos de urgente corrección como, por ejemplo, el descuido de todo cuanto concernía al aseo de los reclusos. Para subsanarlo se pedía la instalación de cuartos de baño en el edificio principal destinados a la limpieza obligatoria de todos los que ingresasen en el penal. También se reclamaban «salas destinadas al lavatorio diario y sustituir todos los retretes por inodoros». Y es que la falta de los mismos provocaba un olor insoportable en las celdas.

Moralizar y educar

También se denunciaba el inhumano hacinamiento en el que vivían los reclusos. La Cárcel de Larrínaga, como prisión correccional para toda la provincia que era, se había quedado pequeña. Las celdas eran insuficientes, no tenían ventilación y estaban muy mal dotadas. De ahí que se reclamase, como ya existía en Barcelona y Alcalá de Henares, la construcción en Vizcaya de un correccional para jóvenes en el que poder desarrollar una labor más encaminada a moralizar y educar a través del aprendizaje de un oficio, al mismo tiempo que ayudase a descongestionar el penal de Zabalbide.

De cara a fomentar la disciplina, se reclamaba mejorar la organización del trabajo y hacerlo obligatorio y no voluntario. Esa sería la forma en que cada recluso se ganara la comida y adquiriese unos hábitos más normalizados y menos dependientes de la administración o de sus familias. Otro de los aspectos que se denunciaba era lo deficiente que era la enseñanza de los reclusos, que se reducía a dos horas y media diarias. Se pedía más tiempo y unas mejores programaciones.

La idea de que la cárcel debía ser un centro de rehabilitación estaba muy clara para muchos de los intelectuales de principios del siglo XX. Los presos tenían dignidad y debían ser tratados como seres humanos, pero eso no eliminaba la necesidad de disciplina y de trabajo para que se reformasen y pudiesen reinsertarse en la sociedad.

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