La noche en que el lodo se comió Bilbao

Recuerdos de cómo vivieron los bilbaínos hace 25 años las peores inundaciones en la historia reciente de la ciudad

MIKEL ITURRALDE| BILBAO
Un maniquí se apoya en un amasijo de hierros apilados en las inmediaciones del puente de El Arenal, el epicentro del desastre. / MAITE BARTOLOMÉ/
Un maniquí se apoya en un amasijo de hierros apilados en las inmediaciones del puente de El Arenal, el epicentro del desastre. / MAITE BARTOLOMÉ

26 de agosto de 1983. Son las siete de la tarde. Llueve a mares en Bilbao. Es viernes, Día Grande de las fiestas de la ciudad. En realidad, ha estado diluviando durante toda la semana. El agua desborda las alcantarillas. Nadie, sin embargo, piensa en lo que puede pasar. Y eso que las señales son ya a esas horas bien claras. La ría se desborda y el agua comienza a entrar por las calles del Casco Viejo.

Las ocho de la tarde. Es pronto, pero el día acaba por confundirse con la noche. Agua por todos los lados. Y sigue lloviendo. La pleamar va a complicar aún más si cabe la situación. La ría baja desbocada. En el recinto festivo de El Arenal, el agua lo barre todo. Ya se teme lo peor. Y lo peor acaba por llegar. El Nervión se adentra por las calles de la parte baja de la ciudad y tapa el asfalto con un manto de agua. La noche se echa sobre Bilbao, y los estragos de la riada comienzan a hacerse patentes.

El barrio de La Peña queda incomunicado; el mercado de La Ribera, inundado por completo; las Siete Calles se unen en una inmensa riada, aislando a unos vecinos que no acaban de creerse lo que ven. El agua arrastra a su paso todo lo que encuentra. Un vecino intenta salir de las Siete Calles agarrándose a las persianas de los comercios. El agua le llega a la cintura, arremete con fuerza y hace su caminar imposible. Otro vecino trata de ayudarle desde una ventana cercana, pero desiste porque el otro se aleja arrastrado por la corriente.

Gente angustiada en las ventanas; en los puentes del Nervión, que se ven amenazados por la fuerza de las aguas que rompen contra los pilares con estruendo. El miedo se hace patente en las calles más próximas a la ría. Y, poco a poco, se va contagiando a toda la ciudad sumida en la oscuridad y engullida por un torrente turbio y amenazante. Bilbao se inunda.

Rompiendo amarras

La ciudad asiste angustiada al desbordamiento de la ría. El Casco Viejo, El Arenal, el Campo Volantín, la Avenida de las Universidades, Botica Vieja, la Ribera de Deusto, Olabeaga.... El Nervión se adentra en Bilbao y lo abraza con sus turbias aguas, en una avenida inabarcable. No hay calles, sólo inmensos canales de agua. Pero nadie piensa en Venecia. El miedo se ha apoderado de los vecinos de la villa que contemplan petrificados el crecer de las aguas y se asoman a los puentes temerosos de lo que queda por venir. Ahora, sí; ahora, se masca la tragedia.

Ya no llueve; o cae menos agua. La noche se ha cerrado y no hay luz. El tendido eléctrico también ha sucumbido a la tormenta. Probablemente, las estaciones de Iberduero se han inundado, dicen los entendidos. Bilbaínos de la parte alta y visitantes deambulan de un lugar a otro, incrédulos ante el espectáculo. Los que viven en el Casco Viejo y sus aledaños no pueden abandonar sus casas. Más tarde supimos que en Rekalde y el Peñascal las torrenteras también causaron estragos. Y aún quedan muchas horas para el amanecer. Demasiadas. La oscuridad es total. Sólo el imponente torrente rompe el silencio de una ciudad hasta hace unas horas alegre, en fiestas.

Las once de la noche. Un gentío se concentra en el puente de Deusto. A sus pies, el Nervión sigue imparable camino del mar. Y el miedo aumenta, si es que aún es posible tener más. Alguien da la voz de alarma. El 'Consulado de Bilbao' -el barco anclado frente al Ayuntamiento, sede de la asociación de capitanes mercantes- rompe amarras y va a la deriva aguas abajo. Va a chocar contra el puente, advierte alguien entre la multitud. El impacto es inminente. Y la alarma -¿quién dio el aviso?- no hace sino convocar más gente. Atraídos por la tragedia como un imán, a la espera del choque, que no llega pero se adivina. Ya viene, ya... Por fortuna, el 'Consulado de Bilbao' sólo avanza unos metros antes de encallar. La colisión es imposible, pero el miedo y la oscuridad hacen aún real la amenaza. Y, sin embargo, los vecinos se quedan en el puente de Deusto, juntos, en silencio, a la espera del impacto. Pasada la medianoche, cerca ya de la una, una voz se impone sobre el silencio y grita con alivio: «¡El 'Consulado de Bilbao' se ha hundido!». El gentío trata de penetrar la oscuridad y llegar hasta el lugar donde aseguran que ha naufragado el barco. Algunos incluso se atreven a señalar el punto exacto. Las aguas bajan bravas, pero la riada parece contenida. Las manecillas del reloj avanzan despacio, muy despacio. El tiempo parece detenerse. Hay tanta oscuridad.

Después de tanto deambular por las zonas inundadas, llega la hora del descanso. Para muchos la noche será larga, demasiado larga, sin el refugio de su domicilio. Aquellos que viven lejos del dominio de la ría se sienten a salvo, a la espera del amanecer. Quizá con la luz del día desaparezca la pesadilla. No hay electricidad. Las velas hacen más soportable la vigilia. La tensión de las últimas horas rinde los cuerpos, que se entregan sin querer en un duermevela inquieto, con la mente ocupada por los amenazadores torrentes. Hasta que la luz de un nuevo día sacude el sueño, sin conciencia aún de que la pesadilla es real. Las cañerías están secas, así que el aseo se hace casi imposible. ¡Qué más da! Hay prisa por salir y descubrir hasta dónde llega la ría y ver las zonas anegadas.

Una pesadilla

El impacto es brutal. Hemos llegado a El Arenal y nos damos de bruces con la realidad. Era imposible imaginar un escenario así. Hasta donde llega la vista, las aguas de la ría permanecen encauzadas, fuertes, amenazadoras y rozando aún el borde de los muelles; pero un manto pastoso cubre las zonas donde horas antes el agua remansaba. Un maniquí medio roto corona un amasijo de hierros donde habían estado las txosnas. Coches volcados, taponados por el barro, viandantes curiosos y angustiados por lo que tienen ante sus ojos. Es real, no es un mal sueño, pero sí una pesadilla. Y aún no sabemos lo peor.

El boca a boca es la única fuente de información. Ese día no hay periódicos. Y en la calle circulan noticias inquietantes. Los que han estado pegados a la radio, sin dormir, lo cuentan sin dramatismos. No hace falta. Hay muertos, se han derrumbado varios edificios y uno de los puentes de la ría, en Lutxana, ha cedido. La devastación es total en la parte antigua. Los comercios del Casco Viejo, donde el agua ha alcanzado los cinco metros, tienen toneladas de barro en su interior. Y algunos de los tesoros de papel de la Biblioteca de Bidebarrieta, almacenados durante años en los sótanos, se han perdido para siempre entre el lodo. Andar es imposible sin unas botas de media caña porque el fango se ha comido las calles. Y en cada rincón se repite la misma escena: imágenes desoladoras que te atrapan el alma y te acongojan. ¡Pobre Bilbao!

Después del lamento generalizado, se levantan voces que reclaman acción. Se reclutan voluntarios. Armados de palas, con baldes, con sus manos, se van abriendo paso entre el cieno del Casco Viejo. Y Bilbao se mete en faena.