Nueva York El centro del mundo

Manhattan es un zoológico humano, gastronómico y visual sobre el que gira el mundo, impulsado por la energía de un monstruo urbano

POR ENRIQUE PORTOCARRERO
Nueva York 'respira' gracias a la gran mancha verde de Central Park, en el corazón de la ciudad. / AP/
Nueva York 'respira' gracias a la gran mancha verde de Central Park, en el corazón de la ciudad. / AP

Naturalmente que sí: Manhattan es más un zoológico humano, gastronómico y visual que una jungla de asfalto. Un mosaico global, un arca de Noé sobre la que gira el mundo, claro, impulsado por la energía del más grande monstruo urbano. «El escaparate de la especie humana», como dice la cita apócrifa, en el que se exhiben productos existenciales tan dispares como el salvadoreño bajito de un deli gourmet que quiere ser norteamericano a base de pantalones raperos y gorra de béisbol; el americano que suspira por el estilo europeo pidiendo unos 'escargots' en el restaurante neoyorquino de Alain Ducasse; y el europeo que sueña tanto con tocar el cielo físico y espiritual neoyorquino que hasta soporta tres horas de cola para subir al Empire State o aguanta el pésimo servicio de restaurante Pastis, en la modernidad forzada del Meatpacking District.

Pero hay que estar en Manhattan. No en Brooklyn, Queens o New Jersey. Sólo en Manhattan, insisto. En el atasco de la 45 con la Quinta Avenida, en la espera eterna de la mesa en Cipriani -Downtown-, que se hace más llevadera con uno, dos o tres bellinis en la barra; o en cualquier macromusical de Broadway, aunque el turista no entienda un carajo de música y mucho menos de inglés. Tenga o no tenga atracción fatal la relación euro-dólar, hay que estar en Manhattan. Hay que estar en el centro del mundo, en Manhattan, jugando al raquetball en un club de Mercer Street con los gestores de fondos de Wall Street, bebiendo un Cosmopolitan mientras se escucha jazz al anochecer de Central Park en el Dizzie Gillespie del edificio Time Warner o, incluso, mirando las luces nerviosas del tráfico nocturno neoyorquino, mientras se comen unos langostinos con raviolis a la emulsión de curry en el restaurante Asiate del hotel Mandarin Oriental.

Estilistas y turistas

Y ¿qué más? Pues igualmente hay que estar en Manhattan, porque se puede ser bohemio y creativo en el Soho, publicista en Madison, millonario en Park Avenue o en cualquier oficina de rascacielos en el Rockefeller Center, estilista en la Sexta Avenida, judío y joyero en la 47, estudiante o revolucionario en el Village, burgués acomodado en el Upper East Side, turista de riñonera y cámara barata en Times Square, taxista sij con turbante naranja entre los afroamericanos de Harlem y hasta artista residente con futuro o sin él en el mismísimo Chelsea Hotel.

Un zoológico de sueños y especímenes humanos que se incrusta en una isla de espacios y volúmenes grandiosos. Tan grandiosos como para albergar cientos de rascacielos, quinientas estaciones de metro, más de trescientos carritos de pretzels y perritos, muchos saxofonistas callejeros, cientos de miles de chinos que comen a todas horas pato laqueado y wantan frito o muchos turistas de lujo que pagan caras habitaciones en el Pierre o en el Four Seasons, aunque luego desayunen tostada francesa y bagel con sésamo en un deli para ahorrarse cincuenta dólares.

Grandioso Manhattan. Un zoológico existencial de claroscuros intensos. Blanco nevado con pista de patinaje en el Rockefeller Center. Negro intenso con sonido de jazz en la oscuridad del Vanguard Village o el Blue Note y gris minimal en The Modern, como sutil compañía para comer y mirar la vanguardia del MoMA. Grandioso Manhattan, el zoológico humano, el centro del mundo.

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