Una muralla de oro para Samuel

El ciclista asturiano rubrica el gran trabajo de la selección en la prueba en línea y da a España la primera medalla en los Juegos de Pekín

J. GÓMEZ PEÑA| PEKÍN
Samuel Sánchez se echa las manos a la cabeza tras cruzar la línea de meta y convertirse en campeón olímpico. / EFE/
Samuel Sánchez se echa las manos a la cabeza tras cruzar la línea de meta y convertirse en campeón olímpico. / EFE

«Nada más salir del hospital en el que le habían extirpado un pecho, mi madre se presentó a un examen en la Facultad de Derecho». A Samuel, Amparo se lo enseñó todo. También a no llorar.

Era una mujer joven y separada. Con un hijo a su cargo que quería ser ciclista. Un 'trasto' con pecas y sonriente. Entonces tocó en la puerta de su casa de Oviedo la peor palabra. ¿Quién es? El cáncer. Y voraz. Amparo apenas tenía 40 años. No lloró. Ni dejó que el chaval lo hiciera. Siguió con sus clases en la universidad, entre sesiones de quimioterapia. Lección en silencio. Samuel le había dicho que para ser ciclista tenía que ir a Vizcaya, al equipo filial del Euskaltel-Euskadi. Y la madre le obligó: «Vete». Vive. Le preparó la maleta y salió a despedirle. Ella se quedó con la enfermedad que algo después se la llevó. Samuel siguió adelante. Por ella. Por él. Primero de aprendiz de ciclista en Güeñes (Vizcaya); luego como profesional con el Euskaltel... Y ayer ese camino le trajo a China. A la Gran Muralla. Durante años ha buscado un regalo así para ella. Fue ayer. Junto a ese monumento colosal, a imagen y semejanza de su mejor sueño. Entró el primero en la foto de la llegada. Miró arriba y desobedeció a Amparo: echó a llorar. Perdonado. Y primer campeón olímpico español de ruta. Bien educado.

Tenía que ganar algo así. Aunque al principio no era él el destinado. Le precedían Freire y Valverde. Al cántabro lo atropelló ayer una gripe mal curada. Náuseas desde la plaza de Tiananmen hasta el circuito de la Muralla. Bajo un cielo que sigue tímido y que siempre miente. Más calor húmedo. Los ciclistas llevaban la piel metalizada por un sudor de pegamento. Freire dimitió a tres vueltas para el final. «Se han pasado», censuró. Hablaba de los siete giros al circuito, de las siete subidas de más de 10 kilómetros. De correr dentro de una sauna. Sin él, quedaba Valverde. Y con Valverde estaba siempre Bettini. Candado al murciano.

Ahí, en las vueltas del exterminio, intervinieron los dos restantes de la selección española. Sastre y Contador. Doble lujo. Dos ganadores del Tour entregados al papel de gregario. Sastre, con galones. Condujo siempre la carrera. Primero en una fuga masiva y al final con su voz: «¿Cómo vas?», le preguntó a Samuel. El asturiano asintió. Levemente. Para no dar pistas. «Vamos a jugar al despiste», ordenó Sastre.

Valverde, con Bettini

Valverde se retuvo, agazapado. Bettini sólo tenía ojos para él. Fue el preludio. El despiste. Contador se agotó hasta la penúltima vuelta. Sastre le relevó. Las chicharras cubrían de un sonido eléctrico la subida. Sudaban hasta los tremendos escalones de la muralla. Inmensa. Sobrecogedora. A una vuelta del final.

Sastre, con el italiano Bruseghin, cumplió su último servicio: agotó a los últimos fugados. Menchov miró en redondo y atacó. Fogueo. Bettini y Valverde seguían con su tango, anudados. Y salió la segunda pareja de baile: otro italiano, Rebellin, y otro español, Samuel. Los sacó a la pista el luxemburgués Andy Schleck, el más joven de los hermanos, el futuro. Dio dos sacudidas brutales. Ya eran tres en fuga: Schleck, Rebellin y Samuel. Perfecto: a medalla por cabeza. Evans, el ciclista escondido, no pudo seguirles. Frágil, otra vez. Otro australiano, Rogers, y el ruso Kolobnev, casi lo lograron. Y sólo lo consiguieron cuando luego les impulsó la presencia arrolladora de Fabian Cancellara. Su rebufo. El suizo, una apisonadora, atrapó a Samuel, Rebellin y Schleck al ingresar en el último kilómetro. Ya estaban seis. Demasiados.

Rebellin, el rival

A la Gran Muralla se llega subiendo. Escalera de piedra. El aire quemaba los pulmones; era ácido. Las gargantas iban afogonadas. El corazón de Samuel bombeaba puñetazos. Sintió el pellizco previo al despertar de un sueño. «Sabía que estaba bien. Que Rebellin era el rival». Y le pasó al viejo italiano, que ayer cumplía 37 años, por la derecha. Ha esperado mucho tiempo en vísperas de un triunfo así. Sin suerte. Ahora estaba en su kilómetro de cuatro hojas. Su trébol. «Mi madre me enseñó a sacrificarme».

Amparo salía del fondo de la biografía del ciclista asturiano. A casi 200 pulsaciones, el corazón no piensa; sólo puede emocionarse. Samuel Sánchez se agarró el casco con las dos manos al entrar primero. Como para contener su explosión emotiva. Abrumado por el éxito. Por ser propietario durante los próximos cuatro años de los aros olímpicos. Por darle a España su primera medalla. Por tanto. Nadie le había enseñado a llorar. Y aprendió de repente: metió en el surco de sus lágrimas toda la alegría posible.

Al podio subió trémulo, Las rodillas le cacareaban. Ojos líquidos. A un lado estaba Rebellin (plata); al otro Cancellara (bronce). Detrás, la muralla. De su talla. Delante, el himno y la bandera. Arriba, Amparo. No dejó de llorar en toda la ceremonia. Tanto llanto obediente y contenido. De oro.

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