El chiringuito primigenio

En Sitges se abrió el primer merendero playero de tal nombre en 1913, es donde se inventó el término y el origen de uno de los símbolos ibéricos del verano

POR ÍÑIGO DOMÍNGUEZ
La terraza de El Chiringuito, en cuya fachada campea la fecha de inauguración./ ÍÑIGO DOMÍNGUEZ/
La terraza de El Chiringuito, en cuya fachada campea la fecha de inauguración./ ÍÑIGO DOMÍNGUEZ

El viajero y su primo descienden con el descapotable azul hacia Barcelona. Se entretienen leyendo en la guía en inglés cómo se explica a los extranjeros la pronunciación de los platos: pes-ka-ee-to free-to (pescaíto frito), ba-ka-low (bacalao), so-lo-mee-lyo (solomillo), al-bon-dee-ga (albondiga), cho-ree-tho (chorizo), a-thay-too-nas (aceitunas),... Se ríen, pero dentro de un rato tendrán que despedirse, porque el primo del viajero se baja en Barcelona. Para volver a la normalidad, como suele decirse, aunque en su caso se trate sólo de una forma de hablar. Al viajero le da pena, pero tendrá que seguir solo, y eso que ahora llega lo más divertido. «¡Vía Hipotecaria, detenemos embargos!», clama alegremente la radio.

Antes se detienen en Blanes. Por curiosidad del viajero, porque era donde vivía el escritor Robertito Bolaño. Le llama con diminutivo sin saber por qué, desde que se murió de repente y le cogió cariño. Murió en 2003 justo cuando empezaba a tener un nombre, tras una vida bohemia de privaciones dedicada a la literatura. Bolaño residió dos décadas en Blanes, un pueblo cualquiera pero que le gustaba, y el viajero se pregunta si los vecinos le recuerdan. Quién sabe si con el tiempo le sacan partido turístico.

La oficina de turismo está en el edificio de la biblioteca y van a preguntar ahí, porque a lo mejor iba a leer. La chica no tiene ni idea. «Hombre, sí, le conocía de vista, pero nada más», explica. No son los primeros que preguntan. Pero va a buscar a un joven, simpático, que le trató un poco. Les indica dónde vivía, dónde tuvo una tienda, que si trabajó de basurero, en la vendimia, en un cámping... El viajero y su primo dedican a Bolaño un pensamiento, donde quiera que esté. Quizá con el Cristo de Elqui. Luego se suben al coche, porque hay un camión que tiene que descargar.

Al salir de Blanes el Peugeot 207 azul rodea una rotonda increíble. El viajero y su primo han notado ya que hay una callada invasión de rotondas marcianas a lo largo de la costa, con propensión al experimento abstracto de metal. Basta que empiece un municipio y luego ninguno quiere ser menos moderno. La de Blanes es tremenda, pero los viajeros abren un concurso, pues saben que el Mediterráneo español tiene capacidad para eso y mucho más. También están contando desde la frontera los puticlubs, algo que asombra a los extranjeros, pero hasta ahora sólo llevan cinco, un resultado decepcionante. Su primo dice que para eso tenían que haber ido por la autovía.

Un litoral de rascacielos

La carretera del litoral es deprimente. Malgrat está siendo pasto de los rascacielos y el campo está cuadriculado, listo para el reparto del botín. Luego está Calella de los alemanes. La llaman así, por razones obvias, para distinguirla de Calella de Palafrugell. Arenys de Mar trae al viajero recuerdos de su tercera abuela, una dama catalana que le acogió en su casa en América porque no tenía un duro. Era de Arenys y se fue del pueblo en la guerra. Salió una noche sin despedirse, con su novio, y sólo abrió la puerta del cuarto de sus padres para verlos mientras dormían. Nunca regresó ni volvió a verlos. El viajero, que era más joven, descubrió así el exilio, algo de lo que nunca había oído hablar. Cientos de miles de personas que se acuerdan de España todos los días y, en cambio, nadie los recuerda a ellos. La abuela era republicana, pero se emocionaba al ver en la tele la boda de una Infanta. Decía que no tenía nada que ver una cosa con la otra.

Siguiendo el mar el viajero se acuerda de Pijoaparte en su moto, todo chulo hacia la playa en la novela de Marsé. Llegan a Barcelona y el primo del viajero se apea en la plaza de Correos. ¿Cuántas despedidas hace uno en su vida? Millones, como las raciones de calamares que cada día se engullen en la costa mediterránea. No obstante, el viajero recupera la presencia de ánimo al pensar que su primo tiene mudanza y es mejor salir pitando, no sea que le pida echar una mano. Al salir de Barcelona el viajero pilla su primer atasco. Pulsa el botón rojo triangular de los intermitentes, el favorito de los niños. Siempre piden poder apretarlo ellos.

Al salir de la ciudad el viajero se fija en el cementerio de Barcelona. Se ve mucho para una capital olímpica. Tiene vistas al mar y quizá por eso también están construyendo. Lo amplían. Enfrente, en el puerto, hay un enorme crucero con filas de ojos de buey que miran a las hileras de nichos. Después el descapotable deja la autovía. La carretera vieja de Sitges es angosta y con curvas sobre el mar. Como de maqueta de Ibertren, con todo apretujado. Pasa una carretera, encima otra, por debajo el tren con un túnel, luego hay una fábrica de cemento sobre una playa minúscula con una sombrilla y, en el mar, dos depósitos con un barco de carga. Dan ganas de bajarse a jugar.

Al entrar en Sitges, el viajero pasa por un parque acuático abandonado, comido por la maleza, que es la imagen veraniega de la desolación. Como las piscinas en invierno. Luego aparca en el paseo marítimo, sin saber qué hacer. La parte vieja es muy bonita. Luego comprueba lo que dice la guía y le habían dicho sus amistades, que Sitges es uno de los principales destinos turísticos internacionales del mundo gay. Recorre la llamada 'calle del pecado', llena de locales y terrazas con tiarrones espléndidos. Pero también hay bares de 'osos', los homosexuales barbudos y barrigones que al viajero le parecen tan democráticos, porque dan oportunidades a cualquiera. El mundo heterosexual cada vez es más selectivo y algunas citas parecen entrevistas de trabajo.

Un gran descubrimiento

Al principio estar solo siempre da pereza, como pelar la fruta. En esos casos la ciencia aconseja ir a un bar. El viajero se sienta en una terraza de la playa. Toma una caña y unas patatas bravas, plato en extinción, mientras observa a los parroquianos. Parece un bar animado, con personalidad, y hay un señor mayor repantingado que hace comentarios en voz alta. El viajero lee la servilleta y pone 'First chiringuito in Spain'. Caramba. Hay que leer todo, nunca se sabe. Un hermano del viajero aprendió a decir en griego los ingredientes de los cereales de leerlos todas las mañanas. Nunca le sirvió para nada, pues ni siquiera hizo letras puras. Sin embargo, en este caso el viajero hizo un descubrimiento sensacional. Aquel era el primer chiringuito de España. De hecho, se llama El Chiringuito y de ahí salió la palabra. ¡Un punto neurálgico de los veranos ibéricos!

Alegrándose de su potra por el hallazgo, que planea camuflar como fruto de sus fuentes, el viajero entabla conversación con el señor mayor, el dueño del local. Juan Rubio Grau le invita a sentarse para contarle bien todo. Es un hombre despierto, con ojos vivaces, con un sentido antiguo de la conversación, y por tanto ameno. Cargado de recuerdos, salta de un tema a otro. El chiringuito lo abrió el capitán Calafell en 1913 y luego lo cogió su padre. En Sitges estaba entonces el Pabellón de Mar, más para ricos, para los indianos, y al lado, este quiosco. Entonces apenas había en el pueblo algunos chalets del señorío de Barcelona, de abogados y médicos. Lo de chiringuito viene precisamente de los indianos, que cuando querían un café decían: «Ponme un chiringuito».

La cosa viene de Cuba. Resulta, explica don Juan, que los negros de las plantaciones de caña metían el café en una media y luego la apretaban para que saliera un chorrito. Al chorro le decían chiringo, y de ahí chiringuito, un chorrito de café. El nombre hizo gracia, y por extensión se empezó a llamar así al local donde lo servían.

-Esto está investigado, ¿eh? Vino don Fernando Lázaro Carreter a constatarlo y ahí tengo el documento.

Don Juan enseña una foto suya en blanco y negro con el sabio. «Esto era un lugar de encuentro de pintores, intelectuales y artistas. Por aquí pasó Chesterton, y venían Guillermo Díaz Plaja, Juan Ramón Masoliver, Eugeni d'Ors, Ignacio Agustí...», comenta. Esos nombres trasladan al viajero a una época lejana, franquista, que ha caído en el olvido y que conoce de los libros, pero no de la vida. Y César González Ruano: «Era un genio. Escribió en esa mesa un artículo diario para 'La Vanguardia' durante cinco años. Llegaba a las diez de la mañana, empezaba a beber café y coñac mientras fumaba. Al tercer coñac se ponía a escribir y lo sacaba de un tirón». A él le llamaba Juanito.

«Esto es la ONU»

En el bar hay un recorte de uno de sus artículos. De 'La Vanguardia' del 12 de agosto de 1949: «En el verano nacen con una alegría chillona y casi violenta, pese a la conciencia y consciencia de que su vida será corta, los chiringuitos y puestos de bebidas frescas que dan a la vida española un perfil convencionalmente americano de existencia de pie, de existencia rápida, de alto en la bicicleta, de encuentro inesperado y de beber el día con la paja de la intrascendencia y de la actualidad que en nada aspira a eternizarse». Uf. Cómo pasa el tiempo.

El viajero piensa que España es ahora el mejor país para el ocio, los bares, el alcohol, la droga y la prostitución. En resumen, un lugar muy agradable. Se ha sorbido enterita toda la paja de la intrascendencia esa y le va fenomenal. Aunque don Juan lamenta que los jóvenes no saben quién era Ruano ni ninguno de sus ilustres clientes. Don Juan, que fue el primero del pueblo en hablar inglés, domina siete idiomas y ahora anda obsesionado con China, como todo el mundo. Señala a los camareros: «¡Esto es la ONU! He tenido tres chinos, argentinos, colombianos, rusos, búlgaros,... y todos comen a la carta, ¿eh?».

Don Juan y el viajero cambian impresiones sobre la vida. Para él no hay nada más bonito que ver platear las sardinas en el agua a la luz de la luna. El viajero le cuenta su viaje. Don Juan menea la cabeza. «Ah, la huerta, las barracas, yo lo he visto con estos ojos, pero eso ha muerto. No existe. La especulación ha destruido todo». También se queja de su pueblo. Pensar que ellos pusieron el nombre de 'calle del pecado' porque antes estaba llena de suecas. Don Juan dice al viajero que le acompañaría, pero que ya no puede moverse mucho. Tiene que irse al médico. Se dan un apretón de manos y cada uno se va por su camino. Al salir del pueblo, el viajero ve que la rotonda de Sitges tampoco es manca.

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