El clan de los abulenses

Sastre puede culminar con éxito la historia del pujante ciclismo de su tierra, marcada por 'Julito' Jiménez, Arroyo y 'El Chaba'

J. GÓMEZ PEÑA| SAINT ETIENNE
Ángel Arroyo se quedó a las puertas de ganar el Tour./ EL CORREO/
Ángel Arroyo se quedó a las puertas de ganar el Tour./ EL CORREO

Miguel Madariaga es de Lemoiz. Un pueblo de la costa vizcaína. Caseríos y mar. Ni frío ni calor. Un lugar conocido por el cadáver de una central nuclear que sólo sirve de nido para gaviotas. Al mánager del Euskaltel le hablaron hace dos años de un chaval fuerte como un mulo. Que por la mañana estudiaba, y bien; que por la tarde andaba con la azada y el padre en el campo, y que, al terminar la labor, cogía casi de noche la bici. Que la única pega que tenía era que en casa no le dejaban ir a las carreras en tiempo de cosecha. La historia sonaba bien. A ciclismo antiguo. «¿De dónde es?», preguntó Madariaga. «De Ávila». Todo el sol del verano y el frío del invierno. El sello de calidad ciclista. A por él. Hoy, Noel Martín corre en el Naturgas, el equipo cantera del Euskaltel. Parece el siguiente en el clan de los abulenses.

A Julio Jiménez lo mandaron a disputar el campeonato de España de Montaña de 1964. ¡Para qué! Corría en el Faema, el equipo de Van Looy, rodeado de extranjeros. Por eso, en aquel campeonato iba a estar sólo frente al todopoderoso KAS de Dalmacio Langarica. No quería ir. Hasta que le dijeron que era en Asturias, en Carbayín. Vaya. Por allí vivía una antigua novia. Y para allá se fue. Un par de noches alegres y a correr. Julio, 'Julito', cansado de tanta juerga, quiso asustar al KAS. Atacó de salida. Suicida. Los otros a rueda. Hasta que sólo quedó uno. Langarica se desesperaba en el coche. «Al final me vi solo, casi sin querer, y gané», dijo luego el abulense. El técnico vasco lo fichó. Se lo llevó al Tour. A los treinta años. Tarde, pero a tiempo.

A la Grande Boucle llegó con un diente de menos. Era la marca ciclista. Hoy, los corredores levantan un brazo y les ponen un botellín de agua. Cuando Julio ya era 'Julito', el avituallamiento se hacía a lo bestia: paraban en un bar o una fonda y entraban al asalto. Literalmente. Huían sin pagar. A la carrera. Ciclistas furtivos. Eran la plaga de la hostelería. Y claro, las botellas de cerveza había que abrirlas con los dientes. Ahí se le cascó un incisivo.

'Julito' fue también 'el relojero de Ávila'. Por su trabajo en la tienda del primo; el mismo que luego le llevaba a algunas carreras en moto. Bici al hombro. A una de aquellas primeras pruebas, Jiménez se presentó con un pantalón corto y la camiseta del Atlético de Madrid. Corría el gran Bahamontes, el toledano. El del Tour. Y 'Julito' allí, con su bici hecha con piezas del rastro. Al 'relojero' le costó mucho ser ciclista: pasó por el equipo de la Guardia de Franco; luego pidió plaza, sin éxito, en el Tricofilina de Coppi; corrió de alquiler, como mercenario al mejor postor. Era un ciclismo de supervivencia. Pedalear para comer.

Hasta que Langarica le llevó al Tour de 1964. Allí estaban Anquetil, Poulidor, Altig, Bahamontes... Los nombres que titulaban los periódicos. El Tourmalet, el Aubisque... Fue llegar y ganar: dos etapas (Andorra y Puy de Dome) y casi la montaña (Bahamontes se la quitó por tres puntos). De aquel año es la imagen que resume cien años del Tour: la de Anquetil y Poulidor, hombro con hombro en el Puy de Dome. Pues bien, ese día, arriba, el primero fue 'Julito'. Como en 1967 en el Mont Ventoux, cuando Simpson falleció de sobreesfuerzo y anfetaminas. En total, en sus Tours, el 'relojero' se llevó cinco etapas, tres reinados de la montaña y acabó segundo de la general en 1967. Segundo como Arroyo en 1983.

Y Jiménez, como el 'Chaba': José María Jiménez, el abulense que se encargó de los años noventa. Era corredor para la Vuelta. Al Tour fue para ayudar a Induráin y para caer ante Armstrong en Hautacam o Pantani en Courchevel. Era impar. Distinto. Con un don para las chicas y la alegría. Llegó a París octavo en 1997 y sólo llegó hasta los 32 años. Otro escalador abulense, de El Barraco como su amigo David Navas, como su cuñado Sastre. Otro genio consumido por la adicción a la vida rápida. Murió en diciembre de 2003 en una clínica madrileña. Ávila, la Castilla extrema. Horno y nevera. De allí era otro del Tour, Jesús Hernández Úbeda, gregario de Perico Delgado y fallecido también antes de tiempo. Como El 'Chaba'. Hijo de El Barraco. Como Ángel Arroyo. Del páramo. Donde el viento es una navaja.

Arroyo, segundo

Arroyo, como recuerda el libro 'Locos por el Tour', era 'el salvaje'. Así le llamaban. Apodo a juego. Un bruto. Una infancia con sacos al hombro. Como el padre. Siempre de El Barraco a Cebreros botando sobre el mulo. Al final le convencieron para que comprara una bicicleta. Y compró dos. Una para él y otra, por veinte duros, para el chaval, el 'salvaje'. Así empezó. «Yo hacía muchos kilómetros, pero sin conocimiento. No sabía ni cambiar de marcha. Me habían dicho que con plato grande y el piñón pequeño se corría más, pues con eso, leña hasta reventar», recuerda. A lo bestia.

También le decían 'el demonio'. Y acabó inscrito en el Tour de 1983, el del Reynolds de Echávarri y Unzúe. Entonces, los españoles no significaban nada en la ronda gala. Era aún un Tour viejo. Dormían de tres en tres en las habitaciones. Con un colchón en el baño. Fignon hacía de ídolo francés y Arroyo, de sorpresa. Con su chepa, hecha para contener tanto pulmón. El 'demonio' hasta se metió en el pavés. A botes con los galgos belgas. Y ganó la cronoescalada al Puy de Dome, como 'Julito'. Y también en Morzine. Acabó segundo -como 'Julito'- ese Tour y dejó la huella que luego siguieron Delgado e Induráin. Ese año (1983), en El Barraco, un chaval de nueve años jugaba con la bici: Carlos Sastre. Hoy, en la contrarreloj final de este Tour, puede coronar el trabajo del clan de los abulenses: ganar por fin.

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