Carlos Sastre merece este Tour

El abulense barrió a Evans en Alpe d'Huez y defenderá suliderato en la 'crono' final con 1,34 minutos sobre el australiano

J. GÓMEZ PEÑA| ENVIADO ESPECIAL. ALPE D'HUEZ
Sastre dejó a todos los favoritos. / REUTERS/
Sastre dejó a todos los favoritos. / REUTERS

Fue un ataque profundo como una cuchillada. Un martillazo, más bien. ¡Pum! Carlos Sastre, que ya iba hacia el liderato, martilleó al grupo de Evans, Menchov y Kohl. ¡Pum! Clavados. Tiesos sobre el asfalto y aún quedaban 13 kilómetros de Alpe d'Huez. Todo. A todo o nada. Contra todos. Y a todos les metió más de dos minutos. Así se ingresa en la leyenda del Tour. La estirpe del escalador castellano. La memoria de Bahamontes, Julio Jiménez, Ocaña, Arroyo, el 'Chaba'... Y Sastre. Líder melancólico, serio, poco mediático. Paciente. Le ha costado 32 años llegar a la cima que merece. Mítica: Alpe d'Huez. Ya está a su lado. Con su nombre inscrito en esa pared, biblia ciclista. El 23 de julio, el día que Sastre subió al pedestal de los Alpes. La fecha del martillazo.

El CSC había golpeado durante todo del día: en el Galibier y la Croix de Fer. «Hasta a mí me apretaron», dijo luego Sastre. La boca del pelotón sabía a sangre, a esfuerzo. Ése era el plan. La asfixia. El equipo de Sastre puso el Tour en el inicio de Alpe d'Huez. El abulense ha perdido tantas veces que la derrota parecía otra vez su destino. Pues no. Se acabó ser segundo, tercero o cuarto. Desbancado siempre, como en el Tour 2006, el de Landis y Pereiro. Ayer, Sastre reclamó toda la luz del puerto. El templo. Con la afición entregada, convertida en el coro de esa catedral en piedra. El escalador del CSC nunca miró atrás. Ni hacia sus rivales, ni hacia su pasado pesimista.

Sin mirar atrás

Adelante. Con una mano engarfiada al manillar y la otra al martillo. Seco. Preciso. ¡Pum! Evans perdió 2 minutos y 15 segundos. Ahora, Sastre es el líder, con 1.24 sobre Schleck, 1.33 sobre Kohl y 1.34 sobre Evans. Quedan 53 kilómetros contrarreloj para saber quién gana el Tour que ya merece Sastre. El pasado -las referencias- dicen que el favorito es Evans. Pero ayer el abulense nunca se giró hacia atrás. Evans lo notó: «Yo soy un contrarrelojista, pero él lleva el maillot amarillo. El año pasado ya me ganó otro español». Contador. Ahora puede ser Sastre. Sería el tercero consecutivo tras la 'era Armstrong'. Pereiro, Contador y Sastre.

En la primera contrarreloj de este Tour (Cholet, 29,5 kilómetros), el australiano fue cuarto. El abulente ocupó la plaza 28. Entre ellos hubo 1 minuto y 16 segundos. Pero esta edición del Tour ha dejado de ser una carrera de velocidad. Vuelve al origen: a ser una prueba de resistencia. De dolor. De sufrir. De tipos duros. Y Sastre lo es. Basta ver la persiana de arrugas de su frente. El gesto de la agonía. Sastre resiste. Ayer marcó 39 minutos y 29 segundos en la subida: tan lejos de los increíbles 37.35 de Pantani.

Rostro taciturno

Sastre resiste. En el Tour y en la vida. Cuñado del 'Chaba', el escalador con brillo. La gracia. Los focos. Sastre vivió en silencio el declive de Jiménez. Su final. Su entierro. El drama dentro de las cuatro paredes de El Barraco, el pueblo de ambos. El páramo donde juntos aprendieron a andar en bici. En la escuela ciclista del padre, de Víctor Sastre. Un entretenimiento para evitar que la droga se llevara a los niños. A Carlos Sastre le costó disfrutar del ciclismo. Ese rostro taciturno, recio. Cauto. No disfrutó hasta que cayó en el CSC, su familia ciclista. Una cooperativa del esfuerzo. Mosqueteros. Todos para uno; uno para todos. Hasta ayer, todos para Frank Schleck, el líder. Desde ayer, todos para Carlos, el nuevo maillot amarillo.

«Voy». Eso le dijo Sastre a Franck Schleck en la primera rampa de Alpe d'Huez. El líder luxemburgués asintió. Cómplice. Gesto veloz, aunque no tanto como los dos martillazos del abulense. El primero para fijar el clavo -sólo Kohl le siguió-. Y el segundo para aplastarlo contra el asfalto. Menchov quedó estancado de inmediato. Evans, con el cuerpo organizado para la resistencia, empezó a ver cómo se le alejaba el Tour. «Iba muerto», confesó.

Los Schleck, Andy y Franck, se frenaban y frenaban al resto. Todos por uno. Por Carlos, que de fondo escuchaba su nombre en los cientos de miles de voces de Alpe d'Huez. Retumbaba el eco. A Evans le ayudaron Kohl y Goubert. Luego nadie. Solo. Con la mirada en un punto indefinido. Sin ver. Se le fue Samuel Sánchez, y también Valverde. Pero, sobre todo, se le empezó a marchar el Tour que Sastre reclama. En voz alta. En Alpe d'Huez. A martillazos.

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