Capecchi salta sobre Antón

El joven italiano del Saunier rebasa al vizcaíno en el breve descenso a Arrate y le arrebata el triunfo en la Euskal Bizikleta

J. GÓMEZ PEÑAARRATE
Capecchi, a sus 21 años, se impuso en la Euskal Bizikleta. /MIKEL FRAILE/
Capecchi, a sus 21 años, se impuso en la Euskal Bizikleta. /MIKEL FRAILE

La Subida a Arrate se ganó bajando. Cuando Igor Antón dobló la página del último puerto creyó haber ganado la Euskal Bizikleta. Libro cerrado. Pero había un par de kilómetros de epílogo. De lectura rápida, en descenso. Una hojeada y basta. Ayer, sin embargo, ese final estaba lleno de contenido. Pronunciado en italiano. La lengua de Eros Capecchi, el nuevo talento del Saunier Duval.

Las letras de Antón en la cima estaban escritas sobre el agua. No duraron. Capecchi las tachó y dejó impreso su nombre en el asfalto del Santuario de Arrate. Es italiano. Una estrella desde juvenil. Viene de un ciclismo donde todos tienen colmillos al nacer. Mantuvo a tiro al vizcaíno en la subida y ahorró aliento para la bajada. Le rebasó sin piedad. Antón era un clavo. Sin reacción. Descendía con las piernas devoradas por el ascenso. Para cuando le vio llegar, ya había sido sobrepasado. Visto y no visto. Los ojos de Capecchi eran del color de la ambición. Amarillos. «Tiene el estilo de Induráin», dijo de él Cipollini. Y tiene sólo 21 años. Y ya una Euskal Bizikleta en su palmarés. Nadie subió tanto como él en ese descenso.

Las etapas como la de ayer empiezan siempre antes de lo previsto. Bajo techo. En el autobús. Dentro del vehículo naranja del Euskaltel-Euskadi todos se reunieron alrededor de la hoguera. La táctica. Fácil. Igor Antón pidió sólo una cosa: «Dejadme delante en la primera rampa de Arrate». Era un manojo de chispas. Los nervios de la responsabilidad. Ha pasado una primavera al ralentí por su lesión en los talones. Tantas dudas. Tenía que resolverlas en Arrate. Y hasta allí le llevaron los suyos. Cumplieron. Amordazaron el primer paso por Ixua y se entregaron hasta el segundo. Sólo Marczynski y Mayoz llegaron allí con adelanto. Y poco.

El ciclista de Galdakao subió con máscara. Contenido. Le bastaba con rascar un segundo a Pimienta, Caruso, Pasamontes, Rovira o Capecchi. Un par de metros. A todos los dejó en blanco en el momento justo: a falta de 1,5 kilómetros de la cima. Flanqueado por el verde espeso del bosque. Con su nombre en las voces del público. Con un ataque de tajo. Seco. Segó cuellos. Y enseguida recogió una docena de segundos. Capecchi y Caruso le vieron marchar. Antón llevaba esa sensación de deslizamiento que sólo poseen los grandes escaladores. Fluido. Rampante. Incluso cuando Arrate se enconó. Por la pancarta, la carrera era suya. Caruso, como antes Sánchez Pimienta, palidecía. Sólo Capecchi se sostenía. A media curva. Es un ciclista de biografía trepidante: pasó de juvenil a profesional. Sin puentes. Pero es también un competidor que sabe manejarse a fuego lento. Dejó hacer.

Un resplandor amarillo

«Conocía bien la subida. He visto ganar aquí a Induráin y a Laiseka», dijo luego Antón. La Subida a Arrate, el viejo nombre de la Euskal Bizikleta. Pero es una denominación con truco. La meta está más allá, en el santuario. Y hasta allí se baja. Capecchi es un tallo: 1,83 metros. Palanca. Escuchaba ya el rumor de los tubulares de Antón. Los olía. Cerca. Al vizcaíno le tronaban los auriculares. «¡Que viene. Que viene!», pudo escuchar. Nada más. «Llevaba las piernas hinchadas», confesó. Llenas de aire. Vacías. La garganta seca. Capecchi fue el resplandor amarillo que le pasó por la derecha. Con el libro de su palmarés abierto de par en par. En Arrate empezó a escribirlo.

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