Nadie remonta como Fernández de Larrea

El alavés da otro triunfo al Euskaltel, que apuesta por Igor Antón para el final de hoy en Arrate

J. GÓMEZ PEÑASALVATIERRA
Koldo Fernández de Larrea, por delante de Rojas en la llegada. / BLANCA CASTILLO/
Koldo Fernández de Larrea, por delante de Rojas en la llegada. / BLANCA CASTILLO

La clave para ser el más veloz es estar quieto. Llegar a la recta final sin haber movido durante horas ni una hoja del cuerpo. Poste. Así pasan las etapas los esprinters como Koldo Fernández de Larrea: en un rincón plácido del grupo. Al fondo. Su función es ponerle firma a la historia que, como ayer durante 162 kilómetros, escriben sus compañeros del Euskaltel. Como un notario en la compra-venta de pisos: llega apresurado, estampa la rúbrica, saluda y adiós. Y, por supuesto, cobra. Eso hizo ayer en Salvatierra el velocista alavés. Vino del Giro aniquilado. En Italia, cada sprint fue como viajar hacia un espejismo. Intocable. Siempre metido en una remontada imposible. En la Euskal Bizikleta, en cambio, no estaban ni Cavendish ni Benatti. Estaba Koldo. Con la estilográfica naranja en la mano. Puso su sello al sprint, el tercero de la temporada; el cuarto de su equipo este año. Sobre él se ha sostenido el Euskaltel en primavera. Sobre el ciclista inmóvil.

Hoy le toca firma en la notaría a otro de la formación naranja, a Antón. «Igor es un genio», regalaba como elogio Fernández de Larrea. A Antón le espera la subida a Arrate, el santuario de la Euskal. Cima de tantos escaladores. Genios. El vizcaíno tiene a su favor el miedo que sembró el viernes en Sollube. Todos lo vieron. Lo padecieron. Alcanzaron la cima con lo justo. A Antón se le hizo breve. Arrate es más que Sollube. Terreno para un ciclista meteórico.

«Antón estuvo un punto por encima de los demás el viernes. Pero para ganar la Euskal me tendrá que soltar en Arrate», retó Julián Sánchez Pimienta, el líder. Escalador extremeño. Un alfiler con punta. Él, Antón, Rovira, Pasamontes, Gentili, Capechi, Caruso, Palomares y Simeoni están montados en el mismo segundo. Empatados hasta Arrate. «Que Antón es un genio», repite Fernández de Larrea. Pimienta no lo es. Pero se arrima a otro, al ganador del último Giro. «Vengo a la Euskal con el 'síndrome de Contador'. Desde la playa. Bueno, no tanto, pero sí de un buen periodo de descanso», explica. Ultimamente, al ciclismo le sientan bien las vacaciones. La inmovilidad.

Comienzo intenso

Salvatierra, punto de partida de la segunda etapa, era víctima de un mes de junio de meteorología violenta. De inundaciones, como hace una semana, y de frío como ayer. Tosía el pueblo. Álvaro González de Galdeano, director del Orbea-Oreka, forraba con chalecos a sus ciclistas. En 50 kilómetros esperaban Opakua y Azazeta. La sal del sudor. Luego, el altiplano. Del calor de las subidas al viento que se esconde aquí desde el invierno. El Orbea, filial del Euskaltel, se puso pronto al servicio de su buque insignia. Dos equipos para anestesiar una fuga de cinco: Serrano, Martínez, Pujol, Benítez y Arekeev. Costó dormirles. El Caisse d'Epargne les dio la puntilla ya cerca de Salvatierra. Protegía a su dorsal rápido, a Rojas. Otro chico estático. Oculto. Reservado para la última recta.

Esa línea final estaba agrietada por cuatro rotondas. Remolinos. «Ha sido una locura!», dijo luego Fernández de Larrea. Caos a toda pastilla. Barbillas rozando el asfalto. Una recta llena de codicias. Allí aparecieron los ciclistas invisibles: los esprinters. Milán, Cooke, Rojas y Larrea. Cada rotonda dibujaba un curva urgente. Había que asomarse al bordillo. Rascar el límite.

El alavés venía rebotado del Giro. De luchar en solitario contra los lanzadores de Cavendish o Benatti. Con los codos astillados. Trabaja en un campo minado y sin guardaespaldas. El Euskaltel lo hizo todo para imponer el sprint. Luego, ya todo era cosa de Koldo. Tan solo. Así, zigzagueando en las rotondas, entró tarde a la recta que se clava en Salvatierra. Quince dorsales iban delante. Muchos.

«Pero era un día especial. En casa. Con todo el trabajo que había hecho mi equipo...». Motivado. Inició la remontada. Sus victorias parten siempre desde lejos. Koldo es carnívoro. Nada de postre. Proteína pura. Chico de pesas. Muscular. De 1.500 vatios en la arrancada. «Venía con más fuerzas de las que creía». Las notó a 300 metros. A cabalgar. Sprint sin medida. Cada uno en solitario. Y ahí, Koldo se vale solo. Es su trabajo: estar todo el día más quieto que los otros para remontar y correr más que ninguno al final.

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