«Como te chives, te espero en el patio»

El recreo es el escenario de las primeras relaciones sociales. Las decisiones se toman mediante el 'pito-pito-gorgorito' y los errores se reconocen con un 'empezamos otra vez'. Es todo un mundo

ITSASO ÁLVAREZBILBAO
A SU AIRE. Varias alumnas del Colegio Francés se organizan cada día para saltar a la comba y divertirse entre clase y clase. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: LUIS ÁNGEL GÓMEZ/
A SU AIRE. Varias alumnas del Colegio Francés se organizan cada día para saltar a la comba y divertirse entre clase y clase. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: LUIS ÁNGEL GÓMEZ

La hora del recreo tiene sólo cuarenta minutos los miércoles y los viernes en el Instituto de Enseñanza Secundaria Francisco de Vitoria; y 50, el resto de los días. Cinthya, Estíbaliz, Nelly y compañía, del curso de los mayores, hablan «de chicos» -han tenido una hora libre de clase- cuando interrumpe el timbre de las once menos veinte. Llega el primero de los dos recesos que tiene el alumnado. Se quiebra la calma y tropeles de chavales bajan las escaleras y se arremolinan enseguida a la entrada, mirando con tan poco disimulo ('¿Y ésta quién es?') como desinterés ('¿De EL CORREO? Ah') a la que escribe en el cuaderno.

Mercedes Martínez, la jefa de estudios, risueña, hiperactiva y madraza, se convierte, a las puertas del centro escolar, en barrera humana. A media mañana tendrá que llevar a Urgencias a un chico que se ha hecho una brecha, pero aún no lo sabe. Cuatro profesores más montan guardia. El de Geografía, José Antonio Sánchez, y la de Gimnasia, Charo, organizan partidillos de fútbol, la 'Champiñons League', y bádminton a los chavales. «Aprovechar para transmitir valores de compañerismo, trabajo en equipo». Sólo pueden salir fuera del 'insti' 3º y 4º de la ESO. Parte del resto se aguantará, dejarán 0,70 euros a alguien para que les traiga la bolsa grande de 'gusanitos' de la tienda y se quedará en el patio, la enorme planicie de asfalto que hace las veces de pista polideportiva.

Las canicas, el escondite, los cromos, el campo quemado, el 'un-dos-tres-carabín-bombá', la goma de saltar y la cuerda, ay si la lograbas cruzar mientras saltabas, ay si conseguías cambiar los diez cromos repetidos por el que nunca salía... «Todos tenemos un patio en nuestra memoria. El espacio donde jugábamos entre clase y clase, escenario de nuestras primeras relaciones sociales», describe Gerardo Castillo, doctor en Pedagogía. Las decisiones importantes se tomaban mediante un práctico 'pito-pito-gorgorito... pim-pam-fuera!'. Cuando las cosas venían complicadas, se podían entender con un 'no ha valido' y los errores se arreglaban con un 'empezamos otra vez'. Otro mundo, con sus microcosmos, vetado e inaccesible para el profesorado. «Si te chivas, te espero en el patio». ¿Quién no se ha visto en una de éstas alguna vez?

Actitudes que se repiten

Vistos de cerca, en los recreos de hoy hay retratos que se repiten -el listo y líder, la tímida y la descaradota, el acusica, el peleón...-. Pero no son las mismas inquietudes que antes. «Aquí están los chicos populares. En el otro patio, los que no tienen amigos. En la biblioteca se quedan los empollones y fuera salen los que tienen pareja, para sentarse por ahí a su aire», resumen Alia y sus amigas, estudiantes de doce años y origen sahariano del Francisco de Vitoria, que pasan la media hora reclinadas contra la verja del patio. Un sitio de postal, con «buenas vistas de los chicos». Como este grupito, hay otros también de chicas y chicos, no vayan a mezclarse.

En las canchas de baloncesto hay un chaval que maneja una PSP. Antes que dar unos botes, prefiere jugar a 'basket' virtual con la consola portátil de Sony. «Sólo estoy viendo unas fotos de mi amigo», se excusa pensando quizás que se la vamos a requisar. Sobre la mesa de ping-pong hay unos peleándose, nada serio. Por aquellas escaleritas del fondo, en un rinconcito... tres, cuatro colillas. 'No está permitido fumar en todo el recinto', reza un cartel a la entrada. Hay otra prohibición explícita, referida al uso de los teléfonos móviles y al de aparatos de reproducción musical. Y en el despacho 005, el de la Dirección, un membrete que rompe los esquemas: 'La discreción es una de las pocas virtudes que nunca peca por exceso'.

Preocupan otros asuntos en el colegio concertado San Vicente de Paúl de Barakaldo. El patio de la casa de los paúles es particular y cuando llueve se moja como los demás. Por eso, hoy los pequeños de tres años, los que llevan cosido a la bata un botón azul para distinguirlos de los de cuatro años (botón rojo) y cinco (amarillo), se organizan el recreo en los pasillos que dan a las aulas. Tienen 45 minutos de diversión asegurada. Primaria y Secundaria, en cambio, un cuarto de hora menos. Los más avispados se traen de casa en los bolsillos de la chamarra 'tazos' -una moda camino de ser eterna- y 'gormitis', unos monstruitos de plástico y con nombre de enfermedad que se anuncian en la televisión como «los invencibles señores de la Naturaleza».

Mordisquean las galletas tipo 'María', beben agua y... a desfogarse. La vista capta un ir y venir de niños y niñas que no se inmutan por la inesperada visita. Aquí no hay grupitos. Más bien, es un cada uno va a lo suyo. Si uno lanza el cochecito a la tarima alta, ahí van todos a hacer lo mismo. Pero como no llegan a alcanzarlos, ahí les vemos golpeando en vano la pared, a ver si así caen de nuevo en sus manos. Está el que echa vaho al cristal de la puerta y dibuja luego con el dedo sobre él. El que va deslizando un peluche por los tubos de la calefacción, al grito de 'pi, piii'. Está la que se queja porque 'andereño, Oihana me ha empujado'. El que se frota la nariz, después de haberse chocado contra todo, y el que rebusca en busca de tesoros escondidos entre los ladrillos. Para salir al patio les habrían dejado balones, cuerdas y correpasillos 'moltós' que los padres llevan al colegio porque ya no saben dónde meterlos en casa.

Marisa Fernández, jefa de estudios de Infantil y Primaria, responde a los saludos de todos. '¡Marisaaa, Marisaaa!', mientras nos conduce al aula que ocupan los 'cuatroañeros'. Descubrimos a dos de ellos investigando «si funciona» la máquina de café. No les hace falta la cafeína para descubrir en sus caras que son unos 'peques' muy vivos. Unos cincuenta chavales inundan el lugar de unos cincuenta millones de gritos distintos. Casi todos son niños. «Es verdad, yo tengo una clase en la que sólo hay seis nenas», dice Marisa. Aquí ya se aprecian diferencias. Ellas, o muy princesitas o muy marimandonas. Ellos, peleándose a lo 'Pokemon', se enganchan y hacen «un tren». «Nerea es la única que juega a fútbol, listo», replicará Aitor a Jorge, mientras ponen los cimientos de una casa-lego. Ellas, más originales, construyen con las mismas piezas una sala de cines. Una se pregunta por qué meterse en asuntos ajenos y hacer preguntas inoportunas. '¿Cuántas cerezas vas a hacer?'. 'Pues hasta que se me acabe la plastilina', recibimos.

A la caza de tritones

De cazar tritones se han ocupado últimamente en el Liceo Francés, un colegio privado situado en el barrio Galbarriatu de Zamudio. Lo cogió Paula entre las manos, porque a Marina 'la bicho', a Agueda, a Ane y a Heloïse les daba repelús «esa cosa» de piel granujienta y manchas negruzcas en el dorso. Y ahí lo tienen en clase, de trofeo, navegando a sus anchas en un acuario, siempre que a «alguien» no se le ocurra «untarse el dedo de pegamento para que el tritón lo chupe». Y claro, eso tendría terribles consecuencias. En la media hora que dura su recreo, hacen virguerías. El año pasado montaron una empresa de cebollinos, «con secretaria de dirección y todo». Ahora, sobre todo, hacen planes o rememoran sus días de esquí en Gourette. «Fue divertido dormir las cinco juntas. Pero no en la misma cama...».

Al director del centro, Jean Louis Perrin, le gustaría que fueran recreos de quince minutos, «para que los niños no se desconcentraran tanto» entre clase y clase. Es que ya ni se acuerda de lo que disfrutaba él «jugando al fútbol», supone, en ese rato. Suena la 'campana' de regreso a las aulas y hay desbandada general. En el patio de arriba, los de siete años hacen «bailes en las barras olímpicas», el «pino puente» y la «voltereta con los pies rectos». Las paredes coloreadas que se ven las pintaron los críos del año pasado. Los de 'maternal' tienen unas instalaciones a su medida; los baños y los lavabos parecen de juguete. Tampoco a éstos se les mezcla con los de otros grados.

Además de los profesores, a esa hora hay cuidadores extra. A nadie se le castiga sin recreo, «pero sí aprovechamos ese rato si hay que dar un 'repaso' a algún alumno conflictivo», cuentan Silvia Larrucea y Patrick Leroux, la jefa de estudios y el director de Primaria. Mientras, los 'peques', se olvidan del francés y lo pasan en grande.

i.alvarez@diario-elcorreo.com

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