Intxausti, con el viento a favor

La última ruta cicloturista de EL CORREO esta temporada sube las empinadas rampas de Paresi

JESUS GÓMEZ PEÑA
Intxausti y Gómez Peña, en pleno esfuerzo. / fotos : maika salguero/
Intxausti y Gómez Peña, en pleno esfuerzo. / fotos : maika salguero

Si el viento diseñara ciclistas los haría así: como Beñat Intxausti. Perfil afilado. La anatomía de un silbido. Hecho para subirse a una bicicleta y pasarle inadvertido al aire. Aerodinámica genética. Fino en cada uno de sus centímetros. Ni el color amarillo del maillot del Saunier Duval le engorda. Con un corredor así hay que probar el peso de la física, de la ley de la gravedad. Y nada mejor para eso que subir Paresi desde Busturia en la última ruta cicloturista de esta temporada.

Amorebieta, el pueblo de Intxausti, tiene dos monumentos. Uno está atornillado a la rotonda principal. 'La patata', le dicen. Por decir algo. Arte o así. El otro monumento es la Klasika de Primavera. La de Amorebieta. No se puede tocar. Pero sí oler. A tortilla de patata y parrillada un domingo de abril desde hace tantos años. Y se puede ver: por allí, por Montecalvo, han pasado generaciones de corredores. Dorsales. Páginas de la historia de este deporte. De la sociedad ciclista del pueblo salió Marino Lejarreta. Y también Beñat. De aquí parte, pues, la ruta hacia Paresi.

Es de escaladores. Enseguida sube. Sin aviso brota Autzagane, un puerto con molduras de autovía. El hall hacia Paresi. «Hace tiempo que no voy a esa cuesta. En una carrera amateur hice allí segundo. Me ganó Alarcón, que ahora corre también en el Saunier». Alarcón no es como Beñat, un hijo del viento. Es un ciclista de pedernal. Contundente. Por eso me extraña el resultado de aquella etapa. «Es que él empezó el puerto escapado; no me dio tiempo a cogerle». Lo explica y sonríe. Intxausti ocupa un buen trozo del futuro del ciclismo vasco. El líder de su quinta. El calco físico de Contador. También tiene carácter. En el descenso de Autzagane, un camión maderero nos disputa el asfalto. Apura. Tuteamos con el quitamiedos. Beñat se cabrea. Insiste en la defensa de su espacio. Lo codos de David contra Goliat.

De Gernika costeamos junto al bidegorri que conduce a Busturia. Por Murueta. «Ahí vive mi novia». En alto. En una pequeña loma sobre el Cantábrico. El destino de Intxausti es subir a por lo que quiere. Todo le espera arriba. Como la montaña. Ya llega Paresi. A la izquierda. La de este año es una primavera revuelta. Sol y agua. Palpita. Potente. Hoy hay suerte. Es un día azul. De aire marino. Claro que el espigado ciclista del Saunier es invisible para la brisa. Probemos con la física, con el desnivel de Paresi.

Intxausti se abre el chalequillo. Ahí le descubre el aire. Ventea la prenda amarilla. Hace calor. La cuesta es considerada al inicio. Engaña. De inmediato aparece en tromba una curva. Al 17%. El puerto se dispara. Miles de hojas de pino abrigan la cuneta. Afiladas. Como Beñat. En kilómetro y medio, sólo quedan aliento y silencio. Es un asfalto que trepa rápido. Sin casi tregua. Luego, al fin, templa el puerto. El pulso está ya trompicado. Y, sin embargo, subo a cámara lenta, arrodillado sobre el piñón de 25 dientes. A Intxausti, en cambio, le da tiempo para hablar. «Subimos tranquilos», recomienda. Puede bajar su ritmo. Es su privilegio. En cuestas así, un cicloturista medio sólo tiene un ritmo: de supervivencia.

Arriba, extendida, aguarda otra rampa del 16%. Barquean las gotas de sudor. El cielo ha girado. Al gris. Es un mes de mayo caprichoso. Bajamos hacia los cuarteles de Mungia. Por una vez, el protagonista descubre la ruta. «No he pasado nunca por aquí». Es un descenso cómodo. Ocho kilómetros entre verdes. Sólo los tejados de Libano y Arrieta le ponen carmín al paisaje. De Mungia salimos por Maruri y Butrón. Recorrido de culto para los aficionados. Más bicis que coches. «¿Subimos por los chalets?», me propone. Por Laukiniz, por la versión más dura de Unbe. Otro de sus escenarios cuando era ciclista amateur. Unbe se divide en cuatro escalones desplegados en casi cinco kilómetros. De menos a más. Lo peor para el final. Eso sí, de la cima hasta Amorebieta, o bajas o llaneas. Con el viento a favor. El sino de Beñat.

Ese tramo endulza la ruta. Hablamos de su estreno en el Mont Ventoux, de las 'risas' en el autobús del Saunier. De Piepoli. «Es tremendo. Siempre te estás riendo con él. Recuerdo que cuando llegué al equipo se ponía 'enfermo' conmigo porque yo corto la pasta con el cuchillo. Para un italiano eso es como una ofensa. Se tenía que cambiar hasta de mesa para no verme». Piepoli también tiene un pacto con el viento. No pesa. «Está en los huesos. Es increíble». Más incluso que Intxausti. Ya en Amorebieta, echamos un rato en la pastelería Kaitana. Han sido 90 kilómetros en tres horas al aire libre. Bien merecen una palmera de coco y un refresco. Intxausti come con ganas. Como si se lo fuera a llevar el viento.

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