En bicicleta desde la piscina

Una jornada con la triatleta Virginia Berasategi desde Miribilla hasta la larga cuesta de Dima

J. GÓMEZ PEÑA| BILBAO
HACIA ARRIBA. Virginia Berasategi (derecha) aprovechó las rampas de Dima para realizar series de potencia. / FOTOS MITXEL ATRIO/
HACIA ARRIBA. Virginia Berasategi (derecha) aprovechó las rampas de Dima para realizar series de potencia. / FOTOS MITXEL ATRIO

Por una vez, la ruta cicloturista sale desde la piscina. El primero de los 108 kilómetros del día no comenzará hasta las diez y media. Pero todo ha empezado antes. «Me levanto a las siete. Hago un cuarto de hora de estiramientos y ejercicios de respiración, bebo un vaso de agua, un desayuno y, ala, a la piscina del Deportivo». Así amanece Virginia Berasategi. Ella es más que ciclista; es triatleta. O como se autodefine: «Soy cañera». Esa breve expresión resume una biografía atareada: tres kilómetros en la piscina, cuatro horas de bicicleta y luego, una sesión de gimnasio. Sin tregua. De sol a sol. O mejor: hasta que el sol se pone al fondo de la piscina.

Miribilla es una terraza de nueva construcción sobre Bilbao. «Se vive bien aquí», dice Virginia Berasategi. Hay nubes de colores. Todos oscuros. Presagio de agua. Ella viene de la piscina. «Tengo las piernas machacadas, pero no de la natación, sino de las dos horas de carrera a pie de ayer por la tarde». Eso es el triatlón: tres torturas voluntarias. Descartamos un ruta por Orduña y optamos por Dima. Más blanda. De Miribilla sólo se sale hacia abajo. Es el Bilbao nuevo. Erguido. Enseguida aparece la vieja villa: La Peña. En dos curvas se descorre esa cortina. Ya estamos en la ciudad a pie de ría.

Para esquivar el bullicio de los tubos de escape, subimos un repecho paralelo a la autopista. Duro. Hacia Arrigorriaga. Toca algo de tráfico hasta que nos guarecemos en la carretera de Zeberio. Alivio. Tiembla una chopera. Anuncia lluvia. Berasategi está en plena preparación del triatlón de Lanzarote, paso previo para 'eldorado', para el Ironman de Hawai. O sea: 3,8 kilómetros a nado, 180 de bici y los 42 y pico de la maratón. Nueve horas dentro de una batidora muscular. «A mí, cuanto más larga sea la carrera, mejor». Cañera. «Con dos años ya me tiraron a la piscina». El de Berasategi es un apellido que dura en el deporte vasco.

Series en Dima

De Zeberio a Igorre la carretera o sube o baja. Pronto empezará Dima, un puerto de pocas letras y muchos kilómetros: algo más de once. La triatleta lo parcela en cinco series de potencia. Con el plato grande. Masticando los pedales. Cruje. Escuela de dolor. Ella fue alumna del Colegio Vizcaya. Libros y deporte. Buena estudiante. «De sobresaliente». Y eso que antes de alumna fue deportista. De nacimiento. «Llegaba tan cansada al cole, que en algunas clases me dormía». Nadie le decía nada. Ni la maestra. Silencio, que Virginia duerme. Era el respeto hacia su esfuerzo. «Me quedaba 'sobada' en el autobús, en cualquier lado. Pero los profesores sabían que si me perdía algo en clase luego me ponía al día». Silencio, pues.

Dima es un puerto mesetario. Sube y no baja. Permanece arriba; corre luego junto al pantano de Legutiano. La lluvia no espera más. Da igual. Berasategi pasa el día a remojo: agua en la piscina, chaparrón en la bicicleta y baño de sudor en la carrera a pie. Álava huele a tierra mojada. Vitoria queda al fondo. Demasiado lejos. Trazamos un bucle hacia Barazar. «Cuando mejor me siento es a partir de la tercera hora de entrenamiento». Chica guerrera. Con ese punto de masoquismo que reclama el Ironman. De aventura. Viaje hacia el límite del cuerpo humano. «En Hawai, además, hace calor. Hay humedad». Cuanto peor, mejor.

Un triatleta lo entrena todo. Hasta el comer. Desayuna dos veces: una antes de la piscina; otra previa a la bicicleta. Y come sobre los pedales. «Barritas energéticas, fruta». Poca cantidad y muchas ingestas. Todo el día comiendo para no llegar a los 50 kilos. Metabolismo de pulga. Eléctrico. La segunda mitad de la ruta se puede hacer con menos voltaje. El descenso de Barazar es lento, sobre un espejo de lluvia. En sentido contrario sube a cámara lenta una hilera de camiones. Infinita. Salimos por la carretera vieja de Zeberio. Anima escuchar cómo se aleja el rumor mortecino de los vehículos pesados. Estamos ya de vuelta.

Por el repecho que va a Zeberio. Por Arrankudiaga. Y por la cuesta que une Arrigorriaga y La Peña. Pesa. Queda, encima, llegar al centro de Miribilla. Subir, claro. El barrio de estreno de Bilbao se ve desde abajo como una fortaleza. Almenas de la modernidad. Ola de ladrillo, vidrio y cemento. Cuando alcanzamos el portal de Virginia, el reloj lleva casi cuatro horas pedaleando. Le doy al stop. Ella, no. Sigue su tic, tac. «Ahora haré algo para comer, una siesta; tendré que hacer algo la casa, y luego al gimnasio». A las once aterrizará en la cama. Un rato de lectura, hasta que el peso de las hojas doble los párpados. Mañana hay que madrugar. Hay viaje. A Lanzarote, al triatlón. «No te puedes ni imaginar la de maletas que llevamos». Claro, con capacidad para tres vidas, las de una triatleta: nadadora, ciclista y maratoniana.

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