Mercedes Maroto-Valer: «Podemos convertir el dióxido de carbono en ladrillo para la construcción»

La investigadora vitoriana dirige un grupo científico en Reino Unido que busca soluciones para el efecto invernadero reduciendo el CO2 de la atmósfera

F. GÓNGORA
INVESTIGADORA. Mercedes Maroto-Valer se asoma a un tren en Bergen, Noruega. / EL CORREO/
INVESTIGADORA. Mercedes Maroto-Valer se asoma a un tren en Bergen, Noruega. / EL CORREO

Todo el mundo sabe que si hay actualmente un malo malísimo en el mundo es el CO2, el dióxido de carbono. Reducir su amenazadora presencia en la atmósfera se ha convertido en el objetivo número uno de la lucha contra el cambio climático. Una científica vitoriana, Mercedes Maroto-Valer, de 36 años, catedrática de Tecnología Energética, dirige desde hace tres años uno de los equipos de investigadores llamados a desempeñar un papel crucial en esta batalla. El Centro para la Innovación en Captura y Almacenamiento de Carbono (CICCS, en sus siglas en inglés) de la Universidad de Nottingham (Reino Unido), una de las diez mejores del país y situada a una hora de Londres, ha desarrollado varios sistemas que convierten al CO2 en un gas útil, en metano, o en ladrillos para la construcción.

-Esos hallazgos parecen a simple vista uno de los grandes inventos del siglo. ¿Cuál es su aportación?

-La idea fue desarrollada hace una década. Nosotros hemos optimizado los catalizadores que transforman el CO2 en gas metano con el objetivo de comercializar el proceso. Pasarlo de la teoría a la práctica.

-O sea, que el mundo entero va a poder obtener esta tecnología.

-Solo se necesita gas, luz, agua y los catalizadores que nosotros hemos desarrollado. Ya estamos trabajando con empresas americanas e inglesas que los quieren poner en marcha. Es cuestión de optimizar los rendimientos.

Almacenes geológicos

-Parece una gran noticia para luchar contra el efecto invernadero y el cambio climático.

-La transformación en metano es una de las diferentes herramientas que tenemos para luchar contra ese problema. Pero no es la única. Nosotros hemos desarrollado también el almacenamiento geológico y otro tipo de infraestructuras, como las tuberías de transporte del CO2. Existen otras estrategias que cada país debe estudiar adecuándolas a sus propios recursos naturales.

-¿Cuándo cree que podría estar operativo?

-Si se dan las condiciones óptimas, lo más inmediato es el almacenamiento en pozos de petróleo o minas de carbón. Una técnica en la que España está mal situada, pero es posible en otros países. En unos pocos años se puede poner en marcha. Y la transformación en metano costaría un poco más, pero menos de cinco años. Depende de las inversiones que se hagan en investigación. La diferencia entre ambos sistemas es que el segundo es universal y tiene más ventajas y el primero depende de muchos factores geológicos. Algunos países no lo podrían llevar a cabo.

-¿Existen gobiernos interesados en ponerla en marcha y gastar lo que sea necesario?

-Nuestra investigación depende sustancialmente del Gobierno británico y algunos fondos de empresas. La ciencia debe ser subvencionada y de ello depende la aceleración del proceso tecnológico. Nosotros tenemos un presupuesto de un millón de libras que recibimos de Londres.

-Ustedes también han desarrollado una técnica para transformar el CO2 en ladrillos para la construcción. ¿En qué consiste eso?

-Pasar de un gas a un producto sólido es lo que la naturaleza hace por sí sola a lo largo de mucho tiempo. Lo que hemos logrado en una investigación que lleva más de ocho años y que está más avanzada que la del gas natural es acelerar el proceso mediante unos reactores que reducen el tiempo de cientos de años a horas. El CO2 se transformaría en carbonatos y en materiales de construcción. Una pieza de dominó es capaz de almacenar tres litros de CO2. Se puede hacer de cualquier tamaño.

Plantas piloto

-Ya hay ladrillos de este tipo en alguna construcción.

-Estamos a punto de levantar una planta piloto. Hablamos con empresas para convertirlo ya en un proceso industrial. Nuestra investigación tiene un objetivo muy práctico.

-Usted trabaja en una de las grandes universidades del mundo. ¿Cómo se siente?

-Muy a gusto. Hemos tenido dos premios Nobel en pocos años, uno de Economía y otro de Físicas. La técnica de las resonancias médicas, tan utilizadas actualmente, se inventó en Nottingham.

_¿Se hace difícil entender qué hace una vitoriana tan joven dirigiendo un grupo pionero de investigación a nivel mundial?

-Bueno, todo tiene una historia. A partir de una beca Erasmus en Glasgow, me invitaron a estudiar el doctorado, que por cierto lo obtuve con ayuda del Gobierno vasco. Algo que agradezco mucho. Pasé varios años por universidades de Estados Unidos y de allí me llamó Nottingham porque quería contratar gente para potenciar la línea de energía de CO2. Vine al Reino Unido en 2005.

-Científica en un país extranjero, ¿se siente una excepción?

-El mío es un caso raro, porque soy la única catedrática que ha habido en toda la historia del departamento y sólo llevo tres años en este país. No es fácil compatibilizar familia y trabajo, pero se trata de organizarse. En cuanto a las oportunidades, creo que lo que he hecho hasta ahora habría sido difícil quedándome en España.

_¿Conoce a la nueva ministra de Ciencia e Innovación, la guipuzcoana Cristina Garmendia?

-No. Pero es una demostración de que las cosas están cambiando. Yo estaría encantada de colaborar con empresas e instituciones del País Vasco y explicar nuestros proyectos, como he hecho recientemente en Barcelona.

p.gongora@diario-elcorreo.com